El día que escapé del altar: una boda, un secreto y un destino inesperado

—¿Pero qué haces, Borja? —grité, con la voz quebrada, mientras el ramo temblaba en mis manos.

La iglesia de San Vicente estaba llena. Mi madre lloraba en silencio, mi padre apretaba los puños y los invitados cuchicheaban, algunos con móviles en alto grabando la escena. Borja, mi prometido, tambaleaba en el altar, la corbata torcida y el aliento impregnado de ginebra barata. Había llegado tarde, riendo con sus amigos, y ahora se burlaba de mi primo Luis por su acento andaluz delante de todos.

—¡Que se calle el cateto ese! —soltó Borja, tropezando con el escalón del altar. El cura intentó calmarlo, pero Borja lo apartó con un manotazo torpe. Sentí cómo se me rompía algo por dentro. No era sólo la vergüenza; era la certeza de que ese hombre no era el que yo quería para compartir mi vida.

Mi abuela Carmen, sentada en primera fila, me miró con esos ojos grises que todo lo ven. «No tienes que hacerlo si no quieres», susurró. Y entonces lo vi: Sergio, mi amigo de la infancia, el que siempre estuvo ahí cuando Borja desaparecía en las fiestas o me dejaba plantada por un partido del Madrid. Sergio me miraba desde el fondo de la iglesia, serio, con una mezcla de rabia y preocupación.

Me acerqué a Borja y le susurré:

—No puedo casarme contigo así.

Él soltó una carcajada y me empujó suavemente:

—¡Venga ya, Lucía! No seas dramática. Es sólo una fiesta.

Pero para mí no era sólo una fiesta. Era mi vida. Y no pensaba regalarla a alguien que no me respetaba ni a mí ni a los míos.

Salí corriendo por el pasillo central, entre murmullos y miradas atónitas. Sentí el aire frío de marzo en la cara al cruzar la puerta de la iglesia. Detrás de mí oí pasos rápidos: era Sergio.

—¿Estás bien? —me preguntó, jadeando.

—No puedo hacerlo, Sergio. No puedo casarme con él. No después de esto.

Sergio me miró a los ojos y asintió sin decir nada más. Me quitó el velo con delicadeza y lo dejó caer sobre el banco de piedra junto a la entrada.

—Ven conmigo —me dijo simplemente.

No lo dudé. Caminamos deprisa por las calles empedradas del pueblo, esquivando a los curiosos que salían a ver qué pasaba. Llegamos al coche de Sergio y arrancamos sin rumbo fijo. Yo lloraba en silencio, mientras él conducía sin preguntar nada.

—¿A dónde vamos? —pregunté al cabo de un rato.

—A donde tú quieras —respondió—. Pero lejos de aquí.

Paramos en un área de servicio cerca de Salamanca. Me miré en el espejo del baño: el maquillaje corrido, los ojos hinchados y el vestido blanco manchado de barro. Me senté en una mesa de plástico y Sergio pidió dos cafés con leche.

—¿Sabes? —dije al fin—. Siempre pensé que Borja cambiaría. Que dejaría de beber tanto, que aprendería a respetar a mi familia… Pero hoy me he dado cuenta de que estaba engañándome.

Sergio me cogió la mano por encima de la mesa.

—Lucía, tú mereces algo mejor. Siempre lo has merecido.

Me eché a llorar otra vez. No sólo por Borja, sino por todos los años que había pasado justificando lo injustificable: sus desplantes, sus borracheras, sus bromas pesadas delante de mis padres.

Esa noche dormimos en un hostal barato a las afueras de Valladolid. Compartimos habitación porque no había más libres. Me tumbé en la cama mirando al techo, repasando cada momento del día: las risas falsas durante el maquillaje, los nervios en el coche con mi padre, la mirada triste de mi madre cuando vio entrar a Borja tambaleándose…

A la mañana siguiente tenía decenas de mensajes en el móvil: algunos insultándome por «dejar plantado» a Borja; otros dándome ánimos; mi madre suplicando que volviera a casa; Borja enviando audios incoherentes entre lágrimas y gritos.

Sergio me llevó a desayunar churros con chocolate en una cafetería pequeña y luminosa. Allí me contó cómo siempre había sentido algo por mí pero nunca se atrevió a decírmelo porque yo estaba con Borja desde los diecisiete años.

—No quiero aprovecharme de este momento —me dijo—. Pero si alguna vez quieres intentarlo conmigo… aquí estaré.

Sentí una mezcla de alivio y miedo. Por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de que podía elegir mi propio destino.

Volvimos al pueblo unos días después. Mi familia estaba dividida: algunos me apoyaban; otros decían que había deshonrado el apellido. En el supermercado las vecinas cuchicheaban cuando pasaba; en la panadería me miraban con lástima o desprecio.

Pero yo ya no era la misma Lucía que aceptaba todo por miedo al qué dirán. Empecé a trabajar en la librería del pueblo y poco a poco fui reconstruyendo mi vida. Sergio venía cada tarde a verme y paseábamos juntos por el río Tormes hablando de todo y de nada.

Borja intentó volver varias veces: flores, cartas, promesas vacías… Pero yo ya había cerrado esa puerta para siempre.

Hoy, dos años después, escribo esto desde nuestra casa nueva en Salamanca. Sergio y yo vivimos juntos y estamos esperando nuestro primer hijo. A veces todavía sueño con aquel día en la iglesia y me despierto sudando, pero luego miro a Sergio dormido a mi lado y sé que tomé la decisión correcta.

¿De verdad debemos sacrificar nuestra felicidad por miedo al qué dirán? ¿Cuántas Lucías siguen atrapadas en relaciones tóxicas sólo por cumplir con las expectativas ajenas? ¿Y tú… te atreverías a huir del altar si tu corazón te lo pidiera?