La muñeca en la pared: secretos de mi nueva casa en Toledo

—¿Por qué huele a humedad aquí?—me pregunté, mientras arrastraba la última caja por el pasillo estrecho de mi nueva casa en Toledo. El eco de mis pasos se mezclaba con el crujido de la madera vieja. Había soñado con este momento: mi primer hogar propio, lejos del bullicio de Madrid y de los reproches constantes de mi madre, Carmen. Pero ese olor, esa sensación de que algo no encajaba, me acompañaba desde que crucé el umbral.

Esa misma tarde, mientras colgaba un cuadro de mi abuela Pilar, noté que la pared del salón sonaba hueca. Golpeé suavemente y, tras un impulso inexplicable, busqué un destornillador y empecé a desmontar el panel. No tardé en descubrir un pequeño hueco oculto. Dentro, envuelta en un trapo amarillento, apareció una muñeca de porcelana con los ojos desvaídos y una sonrisa torcida. Junto a ella, una nota escrita con letra temblorosa:

«No soy lo que parezco. Si has encontrado esto, ya es tarde.»

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Era una broma pesada? ¿O algo más? Llamé a mi amigo Luis, que siempre había sido escéptico con mis paranoias.

—¿Una muñeca en la pared? Venga ya, Ramón, seguro que es cosa de los anteriores dueños para asustar a los nuevos—se rió al otro lado del teléfono.

Pero yo no podía quitarme la imagen de la muñeca de la cabeza. Esa noche apenas dormí. Cada crujido de la casa me parecía un susurro. Al día siguiente, decidí preguntar a los vecinos. La primera fue Doña Rosario, la anciana del tercero.

—¿La casa del 2B? Ay, hijo… ahí vivía la familia de los Muñoz. Gente rara. La niña pequeña desapareció hace años y nunca se supo nada más—me dijo bajando la voz.

El corazón me latía con fuerza. ¿Y si la muñeca tenía algo que ver con esa desaparición? ¿Y si la nota era una advertencia?

Intenté seguir con mi vida normal: trabajo, compras en el mercado, saludos forzados en el portal. Pero cada vez que entraba en casa sentía que alguien me observaba. Una tarde, mientras limpiaba el polvo del salón, escuché un golpe seco en la habitación contigua. Corrí y encontré la muñeca caída en el suelo, aunque juraría que la había dejado bien colocada en una estantería.

Empecé a obsesionarme. Busqué información sobre los Muñoz en archivos locales y periódicos antiguos. Descubrí que la niña, Lucía, había desaparecido una noche de tormenta en 1987. La policía nunca encontró pruebas concluyentes. Su madre, Mercedes, fue ingresada en un hospital psiquiátrico poco después.

Una noche, mientras revisaba las fotos antiguas de la casa que encontré en el desván, vi algo que me heló la sangre: en una imagen familiar tomada en el salón, la muñeca estaba sentada sobre las rodillas de Lucía. Era la misma.

No podía más. Decidí llamar a mi madre para contarle todo.

—Ramón, hijo, deja de meterte esas cosas en la cabeza. Si tanto te inquieta, tira la muñeca y olvídate—me dijo con ese tono seco que siempre usaba cuando no quería escucharme.

Pero no podía tirarla. Algo me lo impedía. Sentía que debía descubrir la verdad.

Una tarde lluviosa, mientras el viento azotaba las ventanas y las luces parpadeaban, decidí volver a abrir el hueco de la pared. Busqué más a fondo y encontré otro papel arrugado:

«Perdóname, mamá. No quería irme. La muñeca me llama por las noches.»

Me temblaban las manos. ¿Y si Lucía nunca se había ido realmente? ¿Y si…?

De repente, escuché pasos en el pasillo. Me giré sobresaltado y vi a Doña Rosario asomada a mi puerta.

—¿Estás bien? He visto luz y pensé…

—Doña Rosario, ¿usted cree en fantasmas?—le pregunté sin pensar.

Ella me miró fijamente y suspiró.

—En esta casa han pasado cosas que es mejor no remover, hijo. Hay heridas que nunca cierran.

Esa noche soñé con Lucía. Me miraba desde el otro lado del salón, abrazando su muñeca y susurrando: «No soy lo que parezco».

Desde entonces, cada vez que paso por el pasillo siento su presencia. A veces creo escuchar risas infantiles o ver sombras moverse por el rabillo del ojo. Mis amigos dicen que estoy paranoico; mi madre insiste en que venda la casa y vuelva a Madrid.

Pero yo no puedo irme todavía. Necesito saber qué ocurrió realmente aquí. Necesito entender por qué esa muñeca sigue aquí después de tantos años.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestra casa guarda secretos más oscuros de lo que imagináis? ¿Qué haríais si os encontrarais algo así entre las paredes de vuestro hogar?