Abuelo, ¿por qué no quieres que seamos felices?
—Abuelo, ¿por qué no quieres que seamos felices?
La pregunta de Lucía, mi nieta de ocho años, retumbó en el salón como un trueno en mitad de la tormenta. Era una tarde de otoño en nuestro piso de Vallecas, y la televisión murmuraba de fondo mientras mi hija Carmen preparaba la cena. Yo estaba sentado en mi sillón de siempre, ese que huele a tabaco y a recuerdos, hojeando el periódico sin leer realmente nada. Lucía se acercó con sus ojos grandes y sinceros, y soltó esa pregunta como quien lanza una piedra al estanque: sin saber cuán profundas serán las ondas.
Me quedé helado. ¿Cómo podía explicarle a una niña que no era cuestión de querer o no querer? ¿Cómo contarle que a veces el pasado pesa tanto que uno se olvida de mirar hacia adelante? Carmen, al escuchar la pregunta, se giró desde la cocina y me miró con esa mezcla de reproche y cansancio que solo una hija puede tener para con su padre.
—Papá, deberías hablar más con ella —dijo Carmen, cortando cebolla con manos temblorosas—. No puedes seguir guardándotelo todo.
Pero yo no sabía por dónde empezar. Mi vida había sido un cúmulo de silencios. Desde pequeño aprendí que los hombres no lloran, que los problemas se resuelven trabajando duro y callando. Mi padre, Don Manuel, era un hombre seco, de campo, que nunca me dio un abrazo pero sí muchas órdenes. Cuando me casé con Mercedes, prometí que sería diferente. Pero la vida en Madrid no fue fácil. Trabajé de albañil durante cuarenta años, levantando edificios para otros mientras el nuestro se caía a pedazos por dentro.
Mercedes murió joven, y Carmen apenas tenía quince años. Yo me volví más duro aún, pensando que así la protegería del dolor. Pero lo único que conseguí fue alejarla. Cuando conoció a Juan, su marido, yo apenas le dirigí la palabra durante meses. No me gustaba ese chico de barrio, sin oficio ni beneficio. Discutimos tanto que Carmen se fue de casa antes de cumplir los veinte.
Años después volvió, separada y con Lucía en brazos. Yo ya era un viejo cansado y terco. Les abrí la puerta porque era lo correcto, pero nunca les abrí del todo el corazón. Y ahora Lucía me preguntaba por qué no quería que fueran felices.
—No es eso, Lucía —le dije al fin, con la voz áspera—. Es solo que a veces… uno no sabe cómo hacerlo mejor.
Ella me miró con tristeza y se fue a su cuarto. Carmen dejó la cena a medias y vino a sentarse frente a mí.
—Papá, tienes que dejar de vivir en el pasado. Lucía te necesita ahora. Yo también.
Sentí una punzada en el pecho. Recordé todas las veces que quise abrazar a Carmen y no lo hice; todas las palabras de cariño que se me quedaron atascadas en la garganta. ¿Por qué nos cuesta tanto decir te quiero? ¿Por qué el orgullo puede más que el amor?
Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces y paseé por el pasillo oscuro del piso, escuchando los ronquidos suaves de Lucía y los suspiros inquietos de Carmen desde su habitación. Me asomé al balcón y vi las luces lejanas del barrio, los coches pasando como fantasmas bajo la lluvia fina. Pensé en mi padre, en Mercedes, en todo lo que había perdido por no saber pedir perdón.
A la mañana siguiente preparé churros para Lucía. No soy buen cocinero, pero quería hacer algo especial. Cuando bajó al salón con su pijama de unicornios, le sonreí torpemente.
—Ven aquí, campeona —le dije—. Hoy desayunamos juntos.
Ella se sentó a mi lado y empezó a mojar el churro en el chocolate caliente. Me miraba de reojo, esperando algo más.
—Lucía —dije al fin—, a veces los abuelos cometemos errores. Yo he cometido muchos. Pero quiero que sepas que sí quiero que seas feliz. Más que nada en el mundo.
Ella sonrió tímida y me abrazó fuerte. Sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo.
Carmen apareció en la puerta y nos miró emocionada. Se acercó y nos abrazó a los dos.
—Gracias, papá —susurró—. Ya era hora.
Aquel día salimos los tres al parque del barrio. Jugamos al escondite entre los árboles amarillos del otoño madrileño. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar sin ese peso en el pecho.
Pero los fantasmas del pasado no desaparecen tan fácilmente. Una tarde recibí una carta del banco: iban a subastar el piso por las deudas acumuladas desde la enfermedad de Mercedes. No quise preocupar a Carmen ni a Lucía; intenté solucionarlo solo, como siempre había hecho. Pero esta vez era demasiado para mí.
Empecé a estar más callado y ausente. Carmen lo notó enseguida.
—¿Qué te pasa ahora? —me preguntó una noche mientras recogíamos la mesa—. No vuelvas a cerrarte en banda.
No pude más y rompí a llorar delante de ella por primera vez en mi vida adulta.
—Nos van a quitar la casa —sollozé—. He fallado otra vez.
Carmen me abrazó fuerte.
—No estamos solos, papá. Lo superaremos juntos.
Entre las dos buscaron ayuda: hablaron con una asistente social del barrio, organizaron una colecta entre vecinos y amigos del colegio de Lucía. Incluso Juan apareció para ofrecer algo de dinero; yo acepté a regañadientes pero agradecido.
Finalmente conseguimos aplazar la subasta y empezar un plan de pagos razonable. No fue fácil ni rápido, pero lo logramos juntos.
Hoy sigo sentado en mi sillón viejo, pero ya no leo el periódico solo por costumbre; ahora espero a que Lucía venga a contarme sus historias del colegio o a enseñarme sus dibujos. Carmen sonríe más seguido y hasta hemos recuperado algunas viejas fotos familiares para colgarlas en el pasillo.
A veces pienso en todo lo que perdimos por orgullo y silencio. Pero también pienso en lo mucho que hemos ganado al atrevernos a hablar y pedir ayuda.
¿De verdad merece la pena callar tanto? ¿Cuántas familias podrían salvarse si nos atreviéramos a decir lo que sentimos antes de que sea demasiado tarde?