El Último Día de Don Emilio

—¡Mira cómo tiembla el abuelo! —gritó uno de los chicos desde el fondo del aula, mientras los demás reían y algunos grababan con sus móviles. Sentí cómo la sangre me subía a la cara, pero no era de vergüenza, sino de impotencia. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿En qué momento mi pasión por enseñar se convirtió en una tortura diaria?

Me llamo Emilio García y durante treinta y ocho años fui profesor de literatura en el Instituto Cervantes, en el barrio de Carabanchel. Siempre pensé que la educación era la llave para cambiar el mundo, pero ese jueves de noviembre, mientras escuchaba las risas crueles de mis alumnos, sentí que todo mi esfuerzo había sido en vano.

—Por favor, guardad silencio —intenté decir con voz firme, aunque noté cómo me temblaban las manos. Nadie me escuchó. Un grupo de chicas se reía a carcajadas, señalando mi chaqueta anticuada. Uno de los chicos, Rubén, imitaba mi forma de andar encorvada.

—¡Don Emilio, cuéntenos otra historia de cuando Franco era joven! —bromeó otro, provocando una nueva ola de risas.

Miré a mi alrededor buscando una mirada cómplice, un gesto de apoyo. Pero solo encontré pantallas de móviles y ojos brillando con malicia. Sentí una punzada en el pecho. Recordé a mis antiguos alumnos: Marta, que ahora es abogada; Sergio, que me envió una carta desde Australia agradeciéndome por enseñarle a amar los libros. ¿Dónde estaban esos jóvenes ahora? ¿Por qué esta generación parecía tan distante?

Esa noche, al llegar a casa, mi mujer Carmen me esperaba con la cena puesta. Notó enseguida mi abatimiento.

—¿Otra vez han sido crueles contigo? —preguntó con suavidad.

No pude evitarlo. Las lágrimas brotaron sin control.

—No puedo más, Carmen. Me siento un viejo inútil. No me respetan. Me graban, se burlan… Hoy uno me llamó «carcamal» delante de todos.

Carmen me abrazó fuerte.

—Tú no eres ningún inútil. Has dado tu vida por esos chicos. No dejes que te quiten lo que eres.

Pero yo ya estaba roto por dentro. Esa noche apenas dormí. Me preguntaba si todo lo que había hecho durante mi carrera tenía sentido. ¿De qué servía enseñar poesía si nadie quería escuchar?

Al día siguiente, antes de salir hacia el instituto, Carmen me detuvo en la puerta.

—Emilio, si hoy tampoco puedes más… no tienes por qué seguir aguantando. Nadie te obliga.

Asentí en silencio y caminé hacia el metro con el corazón encogido. Durante el trayecto recordé mis primeros años como profesor: los nervios antes de entrar en clase, la ilusión por compartir a Machado y Lorca con adolescentes llenos de sueños. Ahora solo veía rostros indiferentes y móviles alzados como armas.

Al entrar en clase, sentí una tensión insoportable. Los murmullos comenzaron incluso antes de que pudiera saludar.

—¿Hoy también va a llorar, Don Emilio? —preguntó Rubén con una sonrisa torcida.

Me quedé quieto frente a la pizarra. Miré a cada uno de ellos intentando encontrar algo de humanidad en sus ojos. No la encontré.

—¿Sabéis? —dije al fin, con voz temblorosa—. Cuando era joven pensaba que podía cambiar el mundo desde esta aula. Que podía ayudaros a ser mejores personas… Pero hoy me doy cuenta de que he fracasado.

Un silencio incómodo llenó la sala por primera vez en semanas. Algunos bajaron la mirada; otros seguían grabando.

—No soy un viejo tonto —continué—. Soy alguien que ha dedicado su vida a vosotros. Pero ya no puedo más.

Dejé los libros sobre la mesa y salí del aula sin mirar atrás. Sentí las lágrimas correr por mis mejillas mientras recorría los pasillos vacíos del instituto. Al llegar a la sala de profesores, me desplomé en una silla y lloré como un niño.

El director, Don Luis, entró poco después.

—Emilio… ¿qué ha pasado?

Le conté todo entre sollozos: las burlas, los insultos, la indiferencia del resto del claustro.

—No puedo seguir así —dije—. Hoy presento mi dimisión.

Don Luis intentó convencerme para que lo reconsiderara, pero yo ya había tomado mi decisión. Esa tarde recogí mis cosas mientras algunos compañeros me abrazaban y otros evitaban mi mirada, incómodos ante mi derrota.

Al llegar a casa, Carmen me recibió con los brazos abiertos.

—Has hecho lo correcto —me susurró al oído—. Ahora piensa en ti.

Los días siguientes fueron extraños. Me sentía vacío, como si hubiera perdido una parte esencial de mí mismo. Recibí mensajes de antiguos alumnos al enterarse de mi marcha: palabras cálidas que me hicieron llorar otra vez.

Pero no pude evitar preguntarme: ¿qué está pasando en nuestra sociedad? ¿Por qué hemos perdido el respeto por quienes nos enseñan? ¿En qué momento dejamos de valorar la experiencia y la sabiduría?

Hoy escribo estas líneas desde mi pequeño despacho, rodeado de libros y recuerdos. Sigo amando la literatura y sigo creyendo en el poder transformador de la educación. Pero también sé que algo debe cambiar en nuestras aulas y en nuestros hogares.

¿De verdad queremos un mundo donde los mayores sean humillados y despreciados? ¿O todavía queda esperanza para recuperar el respeto y la empatía?

Quizá la respuesta esté en vosotros… ¿Qué pensáis? ¿Os habéis parado a pensar alguna vez cómo se siente alguien al otro lado del pupitre?