“Si su madre es tan rica, ¡que pague la pensión!” – Historia de una madre soltera en Vallecas

—¡Si su madre es tan rica, que pague la pensión y deje de dar pena!—. La voz de Carmen retumbó en la escalera, tan fuerte que hasta el ascensor pareció detenerse. Me quedé helada, con las bolsas del súper colgando de los dedos y el corazón encogido. No era la primera vez que escuchaba algo así, pero nunca tan directo, nunca tan cruel.

Me llamo Lucía, tengo treinta y seis años y vivo en un piso pequeño en Vallecas con mi hijo Álvaro, que tiene ocho. No soy rica, ni mucho menos. Trabajo limpiando oficinas por las mañanas y sirviendo copas en un bar por las noches. Mi madre, Mercedes, sí tiene algo más de dinero porque heredó un piso en Salamanca, pero jamás me ha dado más que lo justo para sobrevivir. Y aun así, para mis vecinos, soy la niña bien venida a menos, la que debería pagar todo y callar.

—No hagas caso, mamá —me dijo Álvaro esa noche mientras cenábamos tortilla francesa—. La gente es tonta.

Le sonreí, pero por dentro me moría de rabia. ¿Por qué tenía que escuchar esas cosas? ¿Por qué mi hijo tenía que crecer entre cuchicheos y miradas de reojo? Desde que su padre, Sergio, nos dejó por otra mujer y se fue a vivir a Málaga, todo ha sido cuesta arriba. La pensión llega tarde o no llega, y cuando reclamo me llaman interesada.

Una tarde, mientras esperaba a Álvaro en la puerta del colegio, se me acercó Pilar, la madre de una de sus amigas.

—Lucía, ¿has pensado en buscarte otro trabajo? Dicen que tu madre podría ayudarte más…

—Mi madre ya hace bastante —respondí seca—. Y yo trabajo lo que puedo.

Pilar bajó la mirada y se fue murmurando algo sobre “gente que se cree mejor”. Sentí ganas de gritarle que no tenía ni idea de nada, que no sabía lo que era contar monedas para comprar leche o inventarse excusas para no ir a cumpleaños porque no puedes comprar regalos.

Las noches eran peores. Cuando Álvaro dormía, yo repasaba facturas y cuentas en la mesa del salón. A veces lloraba en silencio para no despertarle. Otras veces me enfadaba conmigo misma por no haber elegido mejor al padre de mi hijo, por no haberme ido antes, por no ser suficiente.

Un día recibí una carta del juzgado: Sergio había solicitado reducir la pensión porque “la madre del menor dispone de recursos suficientes gracias a su familia”. Me temblaron las manos. Llamé a mi madre entre sollozos.

—No te preocupes, hija —me dijo Mercedes con su voz firme—. Si hay que ir a juicio, se va. Pero no te voy a dar dinero para que él se lave las manos.

—Mamá, no quiero tu dinero. Quiero justicia.

Colgué sintiéndome más sola que nunca. En el barrio empezaron los rumores: que si yo estaba forrá’, que si vivía de las rentas, que si era una aprovechada. Carmen me miraba con desprecio cada vez que coincidíamos en el portal.

Una noche, después del trabajo en el bar, me encontré a Sergio esperándome en la puerta.

—Lucía, tenemos que hablar —dijo sin mirarme a los ojos—. No puedo seguir pagando tanto. Además, tú tienes ayuda…

—¿Ayuda? ¿De quién? ¿De mi madre? ¿Sabes lo humillante que es pedirle dinero? ¿Sabes lo que es criar solo a tu hijo mientras tú te vas de vacaciones con tu nueva novia?

Sergio suspiró.—No es tan fácil para mí tampoco…

Le interrumpí.—¿Sabes qué no es fácil? Explicarle a tu hijo por qué su padre no viene a verle ni le llama por su cumpleaños.

Se fue sin decir nada más. Me quedé temblando bajo la farola rota de la esquina, sintiendo que el mundo entero se reía de mí.

Pasaron semanas hasta el juicio. Mi abogada, Marta, me animaba a no rendirme.

—Tienes derecho a esa pensión —me repetía—. No es limosna, es justicia para tu hijo.

El día del juicio sentí las miradas clavadas en mi espalda. Sergio llegó con corbata y cara de pena. Yo llevaba mi mejor vestido y el miedo metido en el cuerpo.

El juez escuchó los argumentos de ambos lados. Sergio insistía en que yo tenía apoyo familiar; yo expliqué cómo era mi día a día: los dos trabajos, las noches sin dormir, las facturas impagadas.

Al salir del juzgado me encontré con Carmen en el portal.

—¿Ya has cobrado lo tuyo? —me soltó con veneno.

No respondí. Subí las escaleras con Álvaro de la mano y sentí una mezcla de alivio y tristeza. Gané el juicio: Sergio tendría que seguir pagando lo mismo. Pero nada cambió realmente. Las miradas seguían ahí; los cuchicheos también.

Un sábado por la mañana encontré a Álvaro llorando en su cuarto.

—¿Qué te pasa?

—En el parque dicen que papá no me quiere porque tú le pides dinero…

Se me rompió el alma. Le abracé fuerte y le prometí que todo iría bien. Pero esa noche lloré hasta quedarme dormida.

A veces pienso en irme lejos, empezar de cero donde nadie conozca mi historia ni el apellido de mi madre. Pero entonces veo a Álvaro dormir tranquilo y sé que tengo que quedarme y luchar.

¿De verdad el dinero puede comprar la paz? ¿O solo sirve para levantar muros entre nosotros? ¿Cuántas madres como yo tienen que pelear cada día por algo tan básico como la dignidad?