¿Tenía derecho a echar a mi suegra de casa?

—¿Pero cómo puedes permitir que tu hijo coma eso? ¡Eso no es comida, Lucía!—. La voz de Carmen, mi suegra, retumbó en la cocina como un trueno. Mi hijo Mateo, con apenas seis años, me miró asustado mientras sostenía su bocadillo de jamón y tomate. Yo sentí cómo la rabia me subía por la garganta, pero me contuve. No era la primera vez que Carmen cruzaba esa línea invisible entre consejo y crítica, pero esta vez algo en mí se rompió.

Todo empezó dos semanas antes, con una llamada a las diez de la noche. —Lucía, cariño, ¿puedo quedarme unos días en vuestra casa?—. Su tono era dulce, casi suplicante. Mi marido, Álvaro, me miró con esa mezcla de resignación y cariño que sólo él sabe poner. —Mi madre no tiene a dónde ir ahora mismo—, me dijo. Y yo, como siempre, accedí. Porque en España, la familia es sagrada y nadie deja a su suegra en la calle.

Al principio todo fue cordial. Carmen llegó con su maleta roja y su perfume intenso de violetas. Los primeros días ayudaba en casa, cocinaba sus famosas lentejas y contaba historias de cuando Álvaro era pequeño. Pero pronto empezaron los comentarios: que si el salón estaba desordenado, que si Mateo veía demasiada televisión, que si yo no sabía planchar las camisas como Dios manda.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Carmen hablando por teléfono en el balcón. —Esta chica no sabe cuidar de una casa. Álvaro está más delgado desde que se casó con ella—. Sentí un nudo en el estómago. ¿Eso pensaba realmente de mí? ¿Eso le contaba a sus amigas?

Las discusiones se volvieron diarias. Álvaro intentaba mediar, pero siempre acababa poniéndose de parte de su madre. —Es mayor, Lucía, tienes que entenderla—. Pero yo ya no podía más. Mi casa, mi refugio, se había convertido en un lugar donde caminaba de puntillas.

El punto de inflexión llegó un sábado por la mañana. Carmen entró en mi habitación sin llamar y empezó a rebuscar en mis cajones buscando unas sábanas limpias. —Aquí tienes todo hecho un desastre—, murmuró. Sentí que me ardían las mejillas.

—Carmen, por favor, respeta mi espacio— le pedí con voz temblorosa.

Ella me miró con desprecio. —Si supieras llevar una casa como es debido, no tendría que hacerlo yo—.

Ese día exploté. Grité, lloré y le dije que ya no podía seguir así. Que necesitaba que se fuera. Carmen se marchó dando un portazo y Álvaro me miró como si yo fuera una extraña.

Esa noche apenas dormí. Escuchaba el eco de mis palabras rebotando en las paredes del salón vacío: «No puedo más». Me sentía culpable y liberada al mismo tiempo. ¿Había hecho lo correcto? ¿O había roto algo irremediablemente?

Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Álvaro apenas me hablaba y Mateo preguntaba por su abuela cada noche antes de dormir. Yo intentaba mantener la rutina: llevar a Mateo al colegio, trabajar desde casa, preparar la cena… pero todo tenía un sabor amargo.

Un día recibí una carta de Carmen. No era una disculpa, ni mucho menos. Era una lista de todo lo que, según ella, había hecho mal desde que entró en mi vida: cómo había cambiado a Álvaro, cómo había educado mal a Mateo, cómo había destruido la familia.

Me senté en la mesa del comedor y lloré como hacía años que no lloraba. Lloré por mí, por mi hijo, por Álvaro… pero sobre todo por esa familia ideal que nunca existió más allá de las fotos colgadas en la pared.

Hoy escribo esto mientras miro el reloj y espero a que Álvaro vuelva del trabajo. No sé si nuestra relación sobrevivirá a esto. No sé si algún día Carmen y yo podremos mirarnos a los ojos sin rencor.

Pero sí sé una cosa: todos tenemos un límite y el mío llegó ese sábado por la mañana.

¿Hice bien en echarla? ¿O debí aguantar un poco más por el bien de la familia? ¿Dónde está el equilibrio entre el respeto y la dignidad propia? Me gustaría saber qué haríais vosotros en mi lugar.