Siete Noches en Vela: Cómo el Insomnio Transformó a Mi Familia
—¿Otra vez despierto, Dario? —susurré en la penumbra, sintiendo el frío de la madrugada colarse por la ventana entreabierta. Él no respondió. Sentado al borde de la cama, con la mirada perdida en la nada, parecía no escucharme. Llevábamos seis noches así: yo fingiendo dormir para no preocupar a Lucía, nuestra hija de siete años, y él vagando por la casa como un fantasma.
La primera noche pensé que era estrés. Dario siempre había sido responsable, trabajador, el tipo de hombre que nunca olvida sacar la basura ni regar las plantas de mi madre cuando estamos de vacaciones. Pero algo había cambiado. Su rostro se volvió más pálido cada día, sus ojeras más profundas. Apenas hablaba. Cuando le pregunté si quería que fuéramos al médico, me contestó con un bufido:
—No necesito ayuda. Solo estoy cansado, Marta.
Pero yo sabía que no era solo cansancio. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Lucía empezó a preguntar por qué papá ya no le leía cuentos antes de dormir. Yo le inventaba excusas: “Papá está muy ocupado en el trabajo”, “Papá tiene que preparar una presentación importante”. Mentiras piadosas para protegerla de una verdad que ni yo misma entendía.
La séptima noche fue la peor. Desperté sobresaltada al escuchar un portazo. Corrí al salón y lo vi con una mochila en la mano.
—¿A dónde vas? —pregunté, con la voz temblorosa.
—No puedo más, Marta. Necesito irme unos días. A casa de mi madre —dijo sin mirarme a los ojos.
—¿Y Lucía? ¿Y yo? —sentí cómo se me rompía algo por dentro.
—No puedo cuidaros si ni siquiera puedo cuidar de mí mismo —respondió, y salió sin mirar atrás.
Me desplomé en el sofá, ahogada por el silencio. Lucía apareció en pijama, frotándose los ojos.
—¿Dónde está papá?
La abracé fuerte, intentando contener las lágrimas.
—Ha ido a ver a la abuela Carmen. Volverá pronto, cariño.
Pero los días pasaron y Dario no volvió. Ni una llamada, ni un mensaje. Su madre me decía que estaba descansando, que necesitaba espacio. Yo sentía rabia y miedo a partes iguales. ¿Cómo podía dejarme sola con todo? El colegio de Lucía, mi trabajo en la gestoría, las facturas acumulándose… y el peso insoportable de la incertidumbre.
En el barrio comenzaron los rumores. En la panadería, Pilar me miraba con lástima:
—Marta, si necesitas algo… ya sabes dónde estoy.
Hasta mi propia madre me reprochó:
—¿Cómo has dejado que esto pase? Los hombres necesitan sentirse útiles.
No entendían nada. Nadie veía las noches en vela, las discusiones susurradas para no despertar a Lucía, los silencios cada vez más largos en la mesa del desayuno.
Una tarde, mientras recogía a Lucía del colegio, me encontré con Raquel, una amiga de la infancia que ahora era psicóloga.
—Marta, ¿has pensado en pedir ayuda? El insomnio puede destrozar a cualquiera…
Me derrumbé allí mismo, en mitad de la acera. Raquel me abrazó y me habló de la importancia de cuidar también mi salud mental. Esa noche llamé a Dario. No contestó. Le mandé un mensaje: “Lucía te echa de menos. Yo también”.
Pasaron tres días hasta que recibí respuesta:
“Necesito tiempo. No sé si puedo volver”.
Sentí una mezcla de alivio y desesperación. Al menos estaba vivo. Pero ¿y nosotros? ¿Qué sería de nuestra familia?
Lucía empezó a tener pesadillas. Se despertaba gritando:
—¡No quiero que papá se vaya!
Yo intentaba ser fuerte, pero cada vez me costaba más mantener la fachada. En el trabajo cometí errores tontos; mi jefe me llamó la atención:
—Marta, si necesitas unos días…
Pero no podía permitírmelo. Tenía que seguir adelante por Lucía.
Una noche, mientras cenábamos solas, Lucía me miró fijamente:
—¿Mamá, papá ya no nos quiere?
Sentí un nudo en la garganta.
—Claro que sí, cariño. Solo está enfermo y necesita descansar.
Pero ni yo misma creía mis palabras.
Al cabo de dos semanas, Dario apareció por sorpresa una tarde lluviosa. Llamó al timbre como si fuera un desconocido. Abrí la puerta y lo vi más delgado, con barba de varios días y los ojos apagados.
—¿Podemos hablar? —preguntó con voz ronca.
Lucía corrió hacia él y lo abrazó llorando. Yo me quedé quieta, sin saber si abrazarlo o gritarle.
Nos sentamos en el salón. Dario habló por fin:
—No sabía cómo pedir ayuda. Me sentía atrapado… No dormía nada y todo me parecía una montaña imposible de escalar. No quería haceros daño… pero lo hice igual.
Yo lloré en silencio mientras él hablaba de su miedo a fracasar como padre y marido, del peso insoportable de las expectativas, del insomnio que le robaba hasta los recuerdos felices.
Esa noche dormimos los tres juntos en la cama grande. No solucionamos nada, pero al menos estábamos juntos.
Ahora han pasado meses desde aquella semana infernal. Dario va a terapia y yo también he aprendido a pedir ayuda cuando lo necesito. Nuestra familia no es perfecta; seguimos teniendo días malos y noches largas. Pero hemos aprendido que el amor no siempre es suficiente para curar todas las heridas… aunque sí puede ser el primer paso para empezar a sanar.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven en silencio este tipo de dolor? ¿Cuántas veces callamos por miedo al qué dirán? ¿Y si hablar fuera el primer paso para volver a encontrarnos?