Cuando mi hija Lucía me dijo que ya no me quería: Confesiones de una madre madrileña
—¡No quiero estar más contigo! ¡Quiero irme con papá! —me gritó Lucía, su carita roja y los ojos llenos de lágrimas, mientras apretaba con fuerza su peluche favorito. Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. El eco de sus palabras retumbó en mi cabeza, una y otra vez, como un martillo implacable. ¿En qué momento mi pequeña dejó de sentirme su refugio?
Era un jueves cualquiera en nuestro piso de Carabanchel, pero para mí fue el principio del fin. Llevábamos meses arrastrando la rutina de la separación: idas y venidas entre casas, mochilas que nunca se terminan de vaciar, silencios incómodos en la mesa. Pero nunca imaginé que Lucía, mi niña risueña, pudiera llegar a decirme algo así.
—Lucía, cariño, ¿por qué dices eso? —intenté acercarme, pero ella retrocedió como si yo fuera una extraña.
—¡Porque contigo todo es aburrido! ¡Papá me deja ver la tele hasta tarde y me compra chuches! —sollozó, dándome la espalda.
Me quedé allí, paralizada, sintiendo cómo la culpa me invadía. ¿De verdad estaba siendo tan mala madre? ¿Había perdido la batalla antes siquiera de entender las reglas del juego?
El divorcio con Sergio había sido un proceso largo y doloroso. Al principio intentamos mantener las formas por Lucía, pero las discusiones se colaban en cada rincón: quién tenía razón sobre los deberes, quién olvidó comprar el pan, quién debía recogerla del colegio. Al final, la convivencia se volvió imposible y él se fue a vivir a un piso cerca del Retiro.
Al principio, Lucía parecía llevarlo bien. Pero poco a poco empezó a cambiar: se volvió más callada conmigo y más efusiva con Sergio. Yo intentaba compensar con planes: tardes de cine, paseos por el parque, manualidades en casa. Pero nada parecía suficiente.
Una tarde, mientras recogía sus juguetes del salón, encontré un dibujo arrugado bajo el sofá. Era una casa con dos figuras sonrientes: Lucía y su padre. Yo no estaba. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Por qué no estoy aquí? —le pregunté esa noche al acostarla.
—No sé… —murmuró, encogiéndose de hombros—. Es que con papá es más divertido.
Me pasé la noche en vela, repasando cada momento en que había levantado la voz o perdido la paciencia. Recordé aquella vez que le prohibí ir a una fiesta de cumpleaños porque no había hecho los deberes. O cuando le quité la tablet por contestarme mal. ¿Estaba siendo demasiado estricta? ¿O simplemente no podía competir con la permisividad de Sergio?
Un sábado por la mañana, Sergio vino a buscarla para pasar el fin de semana juntos. Lucía salió corriendo al portal sin apenas despedirse. Me quedé mirando cómo se alejaban cogidos de la mano, sintiendo una punzada de celos y rabia.
Esa tarde llamé a mi amiga Carmen.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Siento que estoy perdiendo a mi hija.
—No digas eso, Ana —me consoló—. Los niños dicen cosas horribles cuando están enfadados. Dale tiempo.
Pero el tiempo solo parecía empeorar las cosas. Lucía empezó a rechazar mis abrazos y a encerrarse en su cuarto. Un día incluso me dijo que ojalá yo también me fuera como papá.
Empecé a dudar de todo: ¿debí luchar más por mi matrimonio? ¿Debí ceder en la custodia? ¿Estoy condenada a ser siempre «la mala»?
Una tarde lluviosa de noviembre, después de otra discusión por los deberes, Lucía explotó:
—¡Contigo siempre es todo normas! ¡Papá nunca me grita!
—¿Y qué hago yo entonces? ¿Te dejo hacer lo que quieras? —le respondí sin poder evitar que mi voz temblara.
Se hizo un silencio espeso. Lucía me miró con esos ojos grandes y tristes que heredó de mí.
—Solo quiero que estés contenta… —susurró al final.
Me senté a su lado y la abracé fuerte, aunque ella no respondió al principio. Sentí cómo las lágrimas me caían por las mejillas.
—Lo siento si no soy la madre perfecta —le dije—. Pero te quiero más que a nada en este mundo.
Esa noche dormimos juntas en mi cama. Por primera vez en semanas, sentí que quizá aún había esperanza.
Poco a poco empecé a cambiar mi enfoque. Dejé de intentar competir con Sergio y empecé a escuchar más a Lucía. Hablamos de sus miedos, de lo mucho que le dolía vernos separados. Le expliqué que los adultos también nos equivocamos y que no era culpa suya.
Un día me trajo un dibujo: éramos ella y yo abrazadas bajo un paraguas enorme mientras llovía corazones rojos.
—¿Te puedo pedir algo? —me dijo tímida—. ¿Podemos hacer pizza juntas esta noche?
Sonreí entre lágrimas y supe que estaba dando el primer paso para reconstruir nuestro vínculo.
Hoy sigo teniendo miedo de perderla. La herida sigue ahí, pero también la esperanza. Me pregunto cuántas madres españolas estarán pasando por lo mismo ahora mismo: sintiéndose insuficientes, luchando por el amor de sus hijos tras un divorcio doloroso.
¿De verdad podemos sanar estas heridas? ¿O estamos condenadas a vivir siempre con esa culpa? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?