Cuatro pisos de Lucía: la avaricia que rompió mi familia
—No puedes hacerme esto, Lucía. ¡Es la casa de mamá! —grité, con la voz rota, mientras sostenía entre las manos la carta del abogado. Mi hermana, sentada frente a mí en el salón donde crecimos, ni siquiera levantó la mirada de su móvil.
—Carmen, no dramatices. Es lo que hay. La ley me ampara —respondió ella, con esa frialdad que nunca le conocí hasta que papá murió y todo se volvió números y escrituras.
Recuerdo perfectamente el olor a café y a pan tostado de las mañanas en nuestra casa de Salamanca. Mamá siempre decía que ese piso era nuestro refugio, el lugar donde nada malo podía pasarnos. Pero todo cambió cuando papá falleció hace dos años. Lucía, que ya tenía cuatro pisos en propiedad —uno en Madrid, dos en Salamanca y otro en la playa de San Juan—, empezó a hablar de «optimizar» la herencia. Yo no entendía nada. ¿Optimizar? ¿Qué había que optimizar si mamá y yo solo queríamos seguir viviendo donde siempre?
La primera vez que Lucía mencionó vender la casa fue en una comida familiar. Mamá dejó caer el tenedor y yo sentí un nudo en el estómago.
—Lucía, hija, ¿pero cómo vamos a irnos de aquí? —preguntó mamá, con esa voz temblorosa que solo le sale cuando tiene miedo.
—Mamá, es lo mejor. Yo tengo derecho a mi parte y Carmen también. Si vendemos, todos salimos ganando —insistió Lucía, mirando su copa de vino como si hablara del tiempo.
Desde entonces, todo fue cuesta abajo. Reuniones con abogados, llamadas tensas, silencios eternos en la mesa del desayuno. Mamá empezó a encogerse, como si cada discusión le quitara un año de vida. Yo me sentía impotente, atrapada entre el deber de protegerla y la realidad legal que Lucía blandía como un arma.
Una tarde de noviembre, mientras llovía y el viento golpeaba las ventanas del salón, recibimos la carta: Lucía reclamaba judicialmente su parte del piso. Mamá rompió a llorar. Yo sentí rabia, vergüenza y una tristeza tan honda que me dolían los huesos.
—¿Por qué hace esto tu hermana? —me preguntó mamá una noche, mientras le preparaba una tila.
No supe qué responderle. ¿Por qué alguien que ya tiene tanto quiere más? ¿Por qué no puede ver lo que nos está haciendo?
Los meses siguientes fueron un infierno. Lucía dejó de venir por casa. Solo hablábamos a través de abogados. Yo iba al trabajo —soy profesora en un instituto— con el alma hecha jirones. Mis alumnos notaban mi tristeza; una vez, una chica me preguntó si estaba enferma.
En Navidad, intenté reunirnos para cenar juntas como siempre. Lucía no apareció. Mamá puso dos platos en la mesa y dejó el tercero vacío, como si aún esperara verla entrar por la puerta.
El juicio llegó en primavera. Recuerdo el frío del juzgado, el eco de los pasos en los pasillos y la mirada vacía de Lucía cuando nos cruzamos antes de entrar en sala.
—No es nada personal —me dijo al oído—. Es solo justicia.
Justicia… ¿Qué justicia es esa que deja a una madre anciana sin su casa? ¿Qué justicia es esa que enfrenta a dos hermanas hasta convertirlas en extrañas?
El juez dictaminó que debíamos vender el piso y repartir el dinero. Mamá se desmoronó. Yo sentí que me arrancaban las raíces.
Durante semanas busqué alternativas: comprarle su parte a Lucía (imposible con mi sueldo), pedir ayuda a familiares (todos se encogieron de hombros), incluso pensé en hipotecar mi futuro por quedarme donde siempre fui feliz.
Al final, tuvimos que irnos. Mamá y yo acabamos en un piso pequeño y oscuro cerca del hospital. Ella envejeció diez años en unos meses; yo me convertí en una sombra de lo que era.
Lucía vendió la casa a una pareja joven. Un día pasé por delante y vi las ventanas abiertas, cortinas nuevas, risas dentro… Sentí rabia y alivio al mismo tiempo: rabia por lo perdido, alivio porque al menos ya no tenía que luchar más.
A veces me pregunto si Lucía duerme tranquila en sus pisos vacíos o si alguna noche el silencio le pesa tanto como a mí el recuerdo de nuestra familia rota.
¿De verdad merece la pena perderlo todo por un poco más de dinero? ¿Qué queda cuando lo material lo arrasa todo?
¿Vosotros habéis vivido algo parecido? ¿Hasta dónde puede llegar la avaricia dentro de una familia?