El Regreso Inesperado: Entre Sombras y Verdades
—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Lucía? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, mezclada con el eco de mis tacones sobre el mármol frío. Eran las once y media de la noche, y yo apenas podía sostener la bolsa del supermercado y mi portátil. El cansancio me pesaba en los hombros, pero su tono me atravesó como una daga.
—No empecemos, Sergio. Sabes que el cierre de mes en la gestoría es una locura —respondí, intentando mantener la calma mientras dejaba las llaves en la entrada. Pero él ya estaba de pie, los brazos cruzados, la mandíbula tensa.
—Siempre tienes una excusa. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo en tu agenda? —Su voz se quebró un instante, y por primera vez vi algo más que rabia en sus ojos: vi miedo. Miedo a perderme, quizá. O miedo a perderse él mismo.
No contesté. Me limité a entrar en la cocina, encender la luz y dejar escapar un suspiro. El silencio se hizo espeso entre nosotros, como si cada palabra no dicha se pegara a las paredes de nuestro piso en Chamberí.
Aquella noche dormimos espalda contra espalda. Yo miraba el techo, repasando mentalmente cada decisión que me había traído hasta aquí: los años de estudio, el esfuerzo por conseguir un puesto fijo, las horas robadas al sueño y a los amigos. Y ahora, todo parecía tambalearse por un horario imposible y un amor que se desmoronaba poco a poco.
El viernes siguiente, salí antes del trabajo. Era raro, pero el jefe había tenido un gesto de humanidad tras ver mis ojeras. Cogí el metro con una mezcla de alivio y ansiedad; quería sorprender a Sergio, quizá cenar juntos, hablar sin prisas. Pero al abrir la puerta de casa, lo que encontré me dejó helada.
—¿Sergio? —llamé, dejando la chaqueta en el perchero. No hubo respuesta. Avancé hacia el salón y escuché risas ahogadas tras la puerta del dormitorio. Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Empujé la puerta y allí estaban: Sergio y Marta, mi mejor amiga desde la universidad, sentados demasiado cerca en la cama deshecha. El silencio fue absoluto durante unos segundos eternos.
—Lucía… —balbuceó Marta, apartándose bruscamente—. No es lo que parece.
Sergio bajó la mirada, incapaz de sostener mi dolor.
—¿Desde cuándo? —pregunté con voz temblorosa.
—Desde hace meses —admitió él finalmente—. Todo empezó cuando tú… cuando tú ya no estabas nunca.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Salí corriendo del piso sin saber adónde ir. Caminé sin rumbo por las calles de Madrid hasta que mis pasos me llevaron al Retiro. Me senté en un banco y lloré como una niña perdida.
Durante días no respondí llamadas ni mensajes. Mi madre vino desde Toledo al enterarse por Marta (ironías del destino) y me obligó a comer algo caliente en su pequeño apartamento de Lavapiés.
—Hija, la vida no siempre es justa —me dijo mientras me acariciaba el pelo—. Pero tienes que decidir si quieres ser víctima o protagonista de tu historia.
Aquellas palabras me calaron hondo. Decidí volver a casa para recoger mis cosas. Sergio no estaba; sólo encontré una nota suya pidiéndome perdón y deseándome suerte. Marta también intentó hablar conmigo varias veces, pero yo no podía perdonarla todavía.
Me mudé a un piso compartido en Malasaña con Clara y Andrés, dos desconocidos que pronto se convirtieron en mi refugio. Clara era enfermera y Andrés trabajaba en una librería; sus vidas eran tan distintas a la mía que me ayudaron a ver el mundo con otros ojos.
Poco a poco volví a salir con amigos, retomé viejas aficiones como la fotografía y empecé terapia para entender por qué había permitido que mi vida se redujera al trabajo y a un matrimonio vacío.
Un día recibí un mensaje inesperado:
—Lucía, soy Marta. Sé que no merezco tu perdón, pero necesito verte. Por favor.
Dudé mucho antes de aceptar. Nos encontramos en una cafetería cerca de Sol. Marta estaba demacrada; sus ojos rojos delataban noches sin dormir.
—Lo siento tanto… —dijo entre sollozos—. No sé cómo pude hacerte esto. Perdí tu amistad y ni siquiera sé si gané algo con Sergio.
La miré largo rato antes de responder:
—No sé si puedo perdonarte ahora mismo, pero tampoco quiero vivir anclada al rencor. Necesito tiempo.
Salí de allí sintiéndome más ligera. Por primera vez en meses, sentí que tenía el control sobre mi vida.
Con el paso del tiempo aprendí a estar sola sin sentirme sola. Empecé a salir con Diego, un compañero de trabajo que me enseñó que el amor no tiene que doler ni exigir sacrificios imposibles.
Hoy miro atrás y veo aquella noche como el principio de mi verdadera vida. Aprendí que nadie debe sacrificar su felicidad por miedo a estar solo o por cumplir expectativas ajenas.
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces permitimos que otros decidan por nosotros? ¿Cuánto estamos dispuestos a perder antes de empezar a vivir de verdad?