Entre el amor y el miedo: La llamada que nunca debí hacer
—¿Pero qué has hecho, mamá? —La voz de Pablo retumbó en el pasillo, como si cada palabra pesara más que la anterior. Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con las manos temblorosas y el corazón encogido. Había esperado este momento desde que marqué aquel número, pero nunca imaginé que dolería tanto.
Todo empezó hace dos meses, cuando vi a Pablo llegar a casa con los hombros caídos y la mirada perdida. Desde su divorcio con Lucía, mi hijo era una sombra de sí mismo. Apenas comía, evitaba a sus amigos y pasaba las noches viendo series antiguas en la televisión del salón. Yo intentaba animarle con sus platos favoritos —croquetas, tortilla de patatas, hasta churros los domingos— pero nada parecía devolverle la alegría.
Una tarde, mientras recogía la compra en el mercado de San Miguel, me encontré con Carmen, mi cuñada. Ella siempre ha sido directa, incluso brusca, pero esa vez su tono fue casi compasivo:
—Isabel, tu hijo necesita rehacer su vida. ¿Has pensado en hablar con Teresa, la casamentera? Ayudó a mi sobrina y ahora está felizmente casada.
Me reí para no llorar. ¿Una casamentera? Eso sonaba a otra época, pero Carmen insistió tanto que acabó dándome el teléfono de Teresa. Guardé el papel en el fondo del bolso, convencida de que nunca lo usaría.
Pero las noches se hacían largas y el silencio de Pablo era cada vez más pesado. Una madrugada, después de escucharle llorar en su habitación —creyendo que yo dormía—, saqué el papel y marqué el número.
—¿Dígame? —La voz de Teresa era cálida, casi maternal.
Le conté todo: la tristeza de Pablo, su miedo a volver a confiar en alguien, mi angustia al verle tan solo. Teresa me escuchó sin juzgarme y prometió ser discreta. Me sentí aliviada, como si por fin estuviera haciendo algo útil.
Durante semanas no pasó nada. Pablo seguía igual, pero yo tenía la esperanza secreta de que algo cambiaría. Hasta que una tarde llegó a casa furioso, con el móvil en la mano.
—¿Por qué Teresa tiene mi número? ¿Por qué sabe cosas de mí que solo tú podrías contarle?
No supe qué decir. La vergüenza me paralizó. Intenté explicarle que solo quería ayudarle, que no soportaba verle sufrir así.
—¡No soy un niño! —gritó—. ¡No puedes decidir por mí!
Se encerró en su cuarto y no salió ni para cenar. Esa noche apenas dormí. Me sentía una traidora, una madre entrometida incapaz de respetar los límites de su propio hijo.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Pablo apenas me dirigía la palabra. Yo intentaba acercarme con gestos pequeños —un café por la mañana, una nota en la nevera— pero él los ignoraba todos.
Una tarde, mientras doblaba ropa en el salón, escuché cómo hablaba por teléfono con su hermana Marta:
—No sé si podré perdonarla —decía—. Me siento manipulado, como si mi vida no fuera mía.
Marta intentó mediar entre nosotros:
—Mamá lo hizo porque te quiere —me dijo—. Pero tienes que entender que Pablo necesita espacio para decidir por sí mismo.
Me sentí aún peor. ¿Acaso el amor puede ser tan dañino? ¿Dónde está la línea entre cuidar y controlar?
Un domingo por la mañana, mientras preparaba churros como cada semana, Pablo entró en la cocina. Se quedó de pie junto a la puerta, mirándome en silencio.
—Mamá —dijo al fin—, sé que lo hiciste porque te preocupas por mí. Pero tienes que dejarme caer si hace falta. No puedes protegerme siempre.
Las lágrimas me brotaron sin remedio. Le pedí perdón una y otra vez, prometiendo no volver a cruzar esa línea.
Desde entonces nuestra relación es más distante. Pablo ha empezado a salir con amigos y parece estar mejor, pero entre nosotros hay una herida que aún no cicatriza del todo.
A veces me pregunto si hice lo correcto o si mi miedo fue más fuerte que mi confianza en él. ¿Hasta dónde debe llegar el amor de una madre? ¿Cuándo debemos aprender a soltar?