Entre Dos Fuegos: El Precio de Amar Demasiado

—¿Por qué no vienes más a casa, Álvaro? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras el reloj del salón marcaba las siete y media, la hora en que solía llegar cuando vivía aquí.

Él me miró, cansado, con esas ojeras que nunca había tenido antes de casarse con Lucía. —Mamá, ya te lo he dicho. Lucía y yo tenemos mucho trabajo, y además… —hizo una pausa— queremos nuestro espacio.

Sentí un nudo en el estómago. ¿Espacio? ¿Desde cuándo mi hijo necesitaba espacio lejos de mí? Desde que ella apareció, pensé. Desde que esa chica de sonrisa perfecta y modales fríos se metió en su vida. No lo dije en voz alta, claro. Pero lo sentía en cada fibra de mi cuerpo.

La primera vez que Lucía vino a casa fue para una comida de domingo. Mi marido, Antonio, intentó romper el hielo con sus chistes malos, pero ella apenas sonrió. Yo me esmeré en preparar cocido madrileño, el favorito de Álvaro. Lucía apenas probó bocado. “Es que soy vegetariana”, dijo, y sentí que todo el esfuerzo se desmoronaba como un castillo de naipes.

—No te preocupes, Carmen —me dijo después Antonio en la cocina—. Son cosas de los jóvenes.

Pero yo sí me preocupaba. Mucho. Cada vez que llamaba a Álvaro y no contestaba, imaginaba a Lucía mirándole con esos ojos suyos, diciéndole que no me cogiera el teléfono. Empecé a notar cómo se alejaba poco a poco: primero dejó de venir los miércoles a cenar tortilla; luego, los domingos se excusaba por cualquier cosa; después, ni siquiera me llamaba para felicitarme el santo.

Una tarde de otoño, decidí pasarme por su piso sin avisar. Llevaba una tarta de manzana recién hecha. Cuando Lucía abrió la puerta, puso cara de sorpresa.

—Hola, Carmen… No sabíamos que venías.

—Quería veros —dije, forzando una sonrisa—. He traído tarta.

Lucía miró hacia dentro. —Álvaro está en la ducha…

Me invitó a pasar, pero sentí el ambiente tenso, como si hubiera interrumpido algo importante. Cuando Álvaro salió, con el pelo mojado y cara de pocos amigos, supe que no era bienvenida.

—Mamá, la próxima vez avisa —me dijo en voz baja.

Esa noche lloré en silencio. Antonio me abrazó sin decir nada. Él siempre había sido más pragmático: “Déjales vivir su vida”, repetía. Pero yo no podía. No quería perder a mi hijo.

Empecé a buscar excusas para verle: le llamaba para preguntarle por recetas que ya conocía, le pedía ayuda con el ordenador aunque sabía manejarlo perfectamente. A veces funcionaba; otras veces, Lucía contestaba y me decía que estaban ocupados.

Un día, durante una comida familiar en casa de mi hermana Pilar, la tensión estalló. Lucía llegó tarde y apenas saludó. Yo no pude evitar hacer un comentario:

—Parece que últimamente tienes muchas cosas más importantes que la familia.

Lucía me miró fijamente. —Carmen, la familia también es lo que Álvaro y yo estamos construyendo juntos.

Sentí como si me hubieran dado una bofetada. Álvaro intervino:

—Mamá, por favor…

Me levanté de la mesa y fui al baño a llorar. Escuché murmullos fuera: mi hermana intentando calmar los ánimos, Antonio suspirando resignado.

Esa noche recibí un mensaje de Álvaro: “Mamá, tenemos que hablar”.

Nos vimos en una cafetería del centro. Él llegó serio, con las manos entrelazadas sobre la mesa.

—Mamá —empezó—, te quiero mucho. Pero necesito que entiendas que ahora mi vida es con Lucía. No quiero elegir entre vosotras.

Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Cómo podía pedirme eso? ¿Acaso no era yo la que le había dado todo?

—¿Y yo qué? —le pregunté—. ¿Dónde quedo yo?

Él bajó la mirada. —Sigues siendo mi madre. Pero tienes que dejarme vivir mi vida.

Salí de allí sintiéndome vacía. Durante semanas apenas dormí. Me obsesioné con cada detalle: si Lucía le cuidaba bien, si comía suficiente, si era feliz…

Un día recibí una llamada inesperada: Lucía estaba en el hospital por una caída tonta en casa. Fui corriendo sin pensarlo dos veces. Cuando llegué, Álvaro estaba solo en la sala de espera.

—Gracias por venir —me dijo—. Lucía está bien, solo ha sido un susto.

Nos sentamos juntos en silencio. Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi hijo me necesitaba de verdad.

Cuando Lucía salió del hospital, fui a verla varias veces para ayudarla con las tareas de casa. Poco a poco empezamos a hablar más allá de los formalismos: sobre su trabajo como profesora, sobre sus miedos e inseguridades… Descubrí que no era tan fría como pensaba; simplemente tenía otra forma de querer.

Con el tiempo entendí que mi afán por proteger a Álvaro era también una forma de controlarlo. Que mi amor podía asfixiar si no aprendía a soltar.

Ahora veo a Álvaro y Lucía cada semana para comer juntos. A veces echo de menos aquellos días en los que él era solo mío; pero también sé que he ganado una hija más.

A veces me pregunto: ¿cuándo deja una madre de ser imprescindible para convertirse en espectadora? ¿Hasta dónde llega el amor antes de convertirse en egoísmo?