El día que mi hermana dejó de ser mi hermana
—¿Eres tú, Marta? —La voz al otro lado del teléfono era seca, casi mecánica—. Soy del Hospital General. Tu hermana Lucía ha tenido un accidente. Necesitamos que vengas a recogerla cuanto antes.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No por miedo, ni siquiera por preocupación inmediata, sino por el peso de todo lo que esa llamada significaba. Lucía y yo llevábamos años sin hablarnos. Desde aquella Navidad en la que, entre gritos y platos rotos, ella eligió a papá y yo a mamá. Desde entonces, cada una vivía en su trinchera, lanzando miradas frías en los cumpleaños y evitando coincidir en las comidas familiares.
Miré por la ventana. La lluvia caía con furia sobre las calles de Madrid, arrastrando hojas y recuerdos. Mi marido, Álvaro, me observaba desde el sofá, con ese gesto de quien sabe que algo importante está a punto de romperse.
—¿Qué pasa? —preguntó, sin apartar la vista del libro.
—Es Lucía. Ha tenido un accidente. Quieren que vaya al hospital.
Álvaro cerró el libro con cuidado. —¿Vas a ir?
No supe qué responder. ¿Por qué debería? ¿Por qué ahora, después de todo? Recordé la última vez que la vi: fue en el entierro de mamá. Lucía llegó tarde, con los ojos hinchados y la voz temblorosa. No cruzamos palabra. Solo un asentimiento frío, como dos desconocidas obligadas a compartir un mismo dolor.
Cogí el abrigo y salí sin decir nada más. El trayecto al hospital fue un desfile de recuerdos: las tardes jugando en el Retiro, las peleas por la última croqueta en casa de la abuela, las confidencias adolescentes bajo las sábanas… y luego, el silencio. El silencio que se instaló entre nosotras cuando papá se fue con otra mujer y mamá se hundió en una tristeza infinita.
Al llegar al hospital, el olor a desinfectante me golpeó como una bofetada. En la sala de espera, una enfermera me miró con compasión.
—¿Eres la hermana de Lucía?
Asentí.
—Está despierta, pero muy alterada. Ha preguntado por ti varias veces.
Me sorprendió. ¿Por mí? ¿Después de todo?
Entré en la habitación y allí estaba ella: pálida, con una venda en la frente y los ojos llenos de lágrimas.
—Marta… —su voz era apenas un susurro—. Pensé que no vendrías.
No supe qué decirle. Me senté a su lado, sintiendo cómo el resentimiento luchaba con la compasión dentro de mí.
—¿Qué ha pasado?
Lucía bajó la mirada.—Me caí por las escaleras del metro. Estaba distraída… pensando en mamá.
El silencio se hizo espeso entre nosotras. Quise abrazarla, pero mis brazos no respondieron.
—¿Por qué me llamaste a mí? —pregunté al fin.
Lucía sollozó.—No tengo a nadie más. Papá está en Valencia con su nueva familia… Y tú… tú eres mi hermana, aunque me odies.
Sentí una punzada en el pecho. ¿La odiaba? ¿O solo odiaba lo que nos había pasado?
Pasaron horas en las que apenas hablamos. Yo miraba por la ventana; ella jugaba nerviosa con el borde de la sábana. Al caer la noche, una enfermera entró para decirnos que Lucía podía irse si alguien se hacía responsable.
—¿Te vienes a casa? —pregunté, casi sin pensarlo.
Lucía me miró sorprendida.—¿De verdad?
Asentí. No sabía si era lo correcto, pero tampoco podía dejarla sola en ese estado.
En casa, Álvaro preparó una sopa caliente y Lucía se acurrucó en el sofá como cuando éramos niñas. Por primera vez en años, sentí que algo se aflojaba dentro de mí.
Esa noche hablamos hasta tarde. Hablamos de mamá, de papá, de todo lo que nunca nos dijimos. Lucía lloró al confesarme que siempre se sintió culpable por elegir a papá; yo lloré al admitir que nunca supe cómo perdonarla.
—¿Crees que algún día podremos ser hermanas de verdad otra vez? —me preguntó Lucía con voz temblorosa.
No supe qué responderle entonces. Pero mientras la veía dormir en el sofá, tan frágil y tan sola, entendí que quizá el perdón no es un acto grandioso ni un momento épico; quizá es solo esto: quedarse cuando todo duele, tender una mano cuando menos te lo esperas.
Hoy, semanas después, Lucía y yo seguimos reconstruyendo lo nuestro. No es fácil; hay días en los que el pasado pesa demasiado. Pero cada vez que dudo, recuerdo aquella tarde de lluvia y hospital y me pregunto: ¿Hasta dónde llega el deber hacia la familia? ¿De verdad podemos dejar atrás los errores y empezar de nuevo?
¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede perdonar todo cuando se trata de sangre?