El llanto interminable del piso 3B: Un secreto en la escalera

—¡Por favor, calla ya! —gritó una voz áspera desde el otro lado de la pared, seguida de un portazo que hizo temblar los cristales de mi ventana. Eran las dos de la madrugada y otra vez el llanto desgarrador de la niña del piso 3B me atravesaba el pecho como un cuchillo. Me llamo Lucía, tengo 38 años y vivo en un edificio antiguo del barrio de Chamberí, en Madrid. Hasta hace unos meses, mi mayor preocupación era si el ascensor funcionaría o si la vecina del primero dejaría otra vez la basura en el rellano. Pero desde que empezó aquel llanto, nada volvió a ser igual.

Al principio, pensé que sería una rabieta pasajera, algo normal en cualquier familia. Pero las noches se sucedían y el llanto no cesaba. A veces era un sollozo ahogado; otras, un grito desesperado que helaba la sangre. En el portal, los vecinos cuchicheaban: «¿Has oído a la niña?», «¿No debería alguien hacer algo?». Pero nadie se atrevía a llamar a la puerta de 3B. El miedo a meterse donde no le llaman es muy español, supongo.

Una tarde, al volver del trabajo, me crucé con Carmen, la portera. Bajita y siempre vestida de negro, me miró con ojos cansados.
—Lucía, ¿tú sabes algo de los del 3B? La niña no sale nunca al patio.
—No sé nada, Carmen. Solo escucho… ya sabes.
—A mí me da mala espina ese hombre —susurró—. La madre apenas se deja ver.

Esa noche, el llanto fue aún más fuerte. Me levanté de la cama y pegué la oreja a la pared. Escuché golpes sordos y una voz masculina diciendo: «¡Te lo has buscado!». Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Y si estaba pasando algo grave? ¿Y si nadie hacía nada por miedo o por costumbre?

Al día siguiente, en la panadería, me encontré con Teresa, la vecina del 4A.
—Lucía, ¿tú también lo oyes? —me preguntó con voz temblorosa.
—Sí… No puedo dormir. Estoy pensando en llamar a la policía.
—¿Y si nos equivocamos? ¿Y si solo es una niña difícil?

Esa duda me torturó durante días. En España nos han enseñado a no meternos en casa ajena, pero… ¿y si el silencio era complicidad?

Una tarde lluviosa de noviembre, decidí subir al 3B. Llamé al timbre con el corazón desbocado. Abrió la puerta un hombre alto, con barba descuidada y ojos inyectados en sangre.
—¿Qué quieres? —gruñó.
—Perdona… Soy Lucía, tu vecina de abajo. Es que… anoche se escucharon muchos ruidos y…
Me interrumpió con una carcajada seca.
—Son cosas de críos. ¿Nunca has tenido hijos?
Antes de que pudiera responder, cerró la puerta de un portazo.

Bajé las escaleras temblando. Esa noche no dormí. El llanto volvió a sonar, más débil, como si la niña ya no tuviera fuerzas para gritar. Pensé en mi propia infancia, en los veranos en casa de mis abuelos en Segovia, en cómo mi madre me abrazaba cuando tenía miedo. ¿Quién abrazaba a esa niña?

Al día siguiente, reuní valor y llamé al 016 para pedir consejo. Me dijeron que podía denunciar de forma anónima si sospechaba maltrato infantil. Dudé. ¿Y si era solo mi imaginación? Pero el recuerdo del llanto me empujó a hacerlo.

La policía vino dos días después. Nadie supo quién les avisó. Escuchamos golpes en la puerta del 3B y voces firmes: «Policía Nacional, abra la puerta». El edificio entero contuvo la respiración. Después de unos minutos eternos, sacaron a la niña envuelta en una manta azul. Tenía los ojos hinchados y no soltaba la mano de una mujer pálida —su madre— que lloraba en silencio.

El hombre fue esposado y bajado por las escaleras entre murmullos y miradas furtivas. Durante días, el edificio estuvo en silencio absoluto. Nadie quería hablar del tema abiertamente, pero todos sabíamos que algo había cambiado para siempre.

Unas semanas después, recibí una carta anónima bajo mi puerta: «Gracias por no mirar hacia otro lado». No sé si fue la madre o algún vecino que supo lo que hice. Desde entonces, cada vez que escucho un llanto en la calle o veo una mirada triste en el metro, me pregunto cuántas historias como la del 3B pasan desapercibidas por miedo o indiferencia.

A veces me despierto sobresaltada por el silencio y pienso: ¿Cuántas veces callamos por miedo? ¿Cuántas veces podríamos cambiar una vida solo con atrevernos a preguntar? ¿Y tú? ¿Te atreverías a intervenir o preferirías mirar hacia otro lado?