Cuando el amor de madre se convierte en soledad: Mi hija me echó de casa
—¡Mamá, ya está bien! No puedes seguir aquí —gritó Lucía mientras yo, temblando, sostenía la maleta con ambas manos.
El frío del portal se colaba por mis huesos, pero el hielo de sus palabras era aún más cortante. No podía creerlo. Hace apenas un año, firmé ante notario la cesión del piso en Lavapiés, convencida de que era lo mejor para ella. “Así tendrás seguridad, hija”, le dije entonces, mientras ella me abrazaba y lloraba de alegría. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Recuerdo perfectamente aquel día. Lucía acababa de romper con su novio, estaba sin trabajo y yo, como madre, sentí que debía protegerla. Mi marido, Antonio, había fallecido hacía tres años y desde entonces todo el peso de la familia recaía sobre mí. “No te preocupes, mamá, cuando encuentre trabajo te ayudaré con todo”, me prometió Lucía. Yo quería creerla. Siempre quise creer en mi hija.
Pero la vida en Madrid no es fácil. Los meses pasaron y Lucía empezó a cambiar. Llegaba tarde, traía amigos a casa sin avisar y cada vez me hablaba con más desdén. “Eres una antigua, mamá. No entiendes nada”, me soltaba cuando intentaba hablar con ella sobre sus horarios o su falta de responsabilidad.
Una noche, después de una discusión especialmente dura por el desorden del piso, Lucía me gritó:
—¡Este piso ahora es mío! Si no te gusta cómo vivo, puedes irte.
Me quedé muda. ¿Cómo podía decirme eso? ¿No era yo su madre? ¿No le había dado todo lo que tenía? Pensé que era el calor del momento, que al día siguiente se arrepentiría. Pero no fue así. Al contrario, las cosas empeoraron.
Empezó a dejarme notas en la nevera: “No entres en mi habitación”, “No toques mis cosas”, “No invites a tus amigas”. Yo intentaba no llorar delante de ella, pero cada vez que cerraba la puerta de mi cuarto sentía que se me partía el alma.
Una tarde de domingo, mientras preparaba una tortilla de patatas —su plato favorito desde niña—, Lucía apareció en la cocina con una expresión fría y distante.
—Mamá, he estado pensando… Creo que deberías buscarte otro sitio donde vivir. Quiero independencia.
Me quedé paralizada, con la espumadera en la mano. No supe qué decir. ¿Independencia? ¿Después de todo lo que había hecho por ella?
Intenté hablar con mi hermana Pilar, pero ella vive en Valencia y tiene su propia familia. “Carmen, ven unos días si quieres, pero sabes que aquí no hay espacio para las dos”, me dijo por teléfono. Sentí una soledad tan grande que apenas podía respirar.
Los días siguientes fueron una pesadilla. Lucía dejó de dirigirme la palabra y empezó a traer a un chico nuevo cada noche. El ambiente se volvió irrespirable. Finalmente, esta mañana, mientras recogía mis cosas para ir al mercado, Lucía me interceptó en el pasillo.
—Mamá, tienes hasta esta tarde para irte. Ya he cambiado la cerradura.
No sé cómo llegué al portal. Solo recuerdo el portazo y el eco de mis pasos bajando las escaleras. Afuera llovía y yo no tenía a dónde ir.
Me senté en un banco frente al portal y abrí la maleta: dos mudas de ropa, una foto de Antonio y yo en la playa de Benidorm y un sobre con los papeles del piso —ahora a nombre de Lucía—. Lloré como no lo hacía desde que murió mi marido.
Pensé en llamar a mi amiga Mercedes, pero hace años que no hablamos. Me sentí vieja y desamparada en una ciudad que ya no reconozco. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿En qué momento el amor se convierte en distancia? ¿Por qué los hijos olvidan tan rápido todo lo que hemos hecho por ellos?
Caminé sin rumbo por las calles mojadas de Madrid mientras repasaba cada decisión tomada: ¿fui demasiado blanda? ¿Debí poner límites antes? ¿O simplemente este es el destino de las madres solas?
Al caer la noche encontré refugio en un hostal barato cerca de Atocha. La habitación olía a humedad y las paredes estaban llenas de grietas, pero al menos tenía un techo sobre mi cabeza. Me tumbé en la cama y abracé la foto de Antonio.
—¿Qué harías tú en mi lugar? —le susurré al retrato—. ¿Habrías sido más firme con Lucía? ¿O también habrías caído en la trampa del amor incondicional?
No dormí esa noche. Pensé en todas las madres que conozco: en Rosario, que cuida sola a su nieto porque su hija se fue a Alemania; en Teresa, que vive con miedo a molestar a sus hijos; en tantas mujeres invisibles que entregan todo y reciben tan poco a cambio.
A la mañana siguiente fui a Servicios Sociales. Me atendió una mujer joven llamada Marta.
—¿Tiene usted algún familiar cercano? —me preguntó con voz amable.
—Solo una hija… pero ya no cuento para ella —respondí intentando no llorar.
Marta me miró con compasión y me ofreció un café caliente.
—No está sola, Carmen. Hay muchas mujeres como usted —me dijo—. Podemos ayudarla a encontrar un piso compartido o una residencia temporal.
Sentí algo parecido a la esperanza por primera vez en semanas. Quizá no todo estaba perdido.
Ahora escribo estas líneas desde una pequeña habitación compartida con otra señora mayor llamada Dolores. Ella también fue expulsada por su hijo tras cederle el piso familiar en Vallecas. Hablamos durante horas sobre nuestros hijos, nuestras vidas y nuestros errores.
A veces pienso que nos han educado para darlo todo sin esperar nada a cambio. Pero ¿dónde queda nuestra dignidad? ¿Hasta qué punto debemos sacrificarlo todo por los hijos?
Hoy he decidido empezar de nuevo. No sé si algún día Lucía entenderá lo que ha hecho ni si volveremos a hablarnos. Pero sí sé que merezco respeto y cariño, igual que cualquier madre.
¿Y vosotros? ¿Hasta dónde llegaríais por vuestros hijos? ¿Creéis que el amor incondicional justifica cualquier sacrificio?