No era mi hijo, pero su dolor me cambió para siempre
—¿Por qué tengo que hacerme cargo yo? —grité, con la voz rota, mientras mi madre me miraba desde el otro lado de la mesa del comedor. El reloj marcaba las once y media de la noche y en la casa sólo se oía el zumbido del frigorífico y mi respiración agitada. Mi padre, con los ojos bajos, no decía nada. Mi hermana Lucía había muerto hacía apenas una semana y Samuel, su hijo de ocho años, estaba en la habitación de invitados, abrazado a un peluche que ya olía a lágrimas.
Nunca quise ser madre. Ni siquiera tía responsable. Mi vida era mi trabajo en el bufete de abogados en el centro de Madrid, mis viajes a Barcelona por reuniones, mis cenas improvisadas en Malasaña con amigos que no preguntaban demasiado. Pero ahora, de repente, todos esperaban que yo me hiciera cargo de Samuel. «Es tu sangre», decían. «Lucía habría hecho lo mismo por ti». Pero Lucía siempre fue la generosa, la que se volcaba con todos, incluso conmigo cuando discutíamos por tonterías.
—Mamá, no puedo —susurré—. No sé cuidar de un niño. No tengo tiempo ni paciencia. ¿Por qué no se queda con vosotros?
Mi madre me miró con una mezcla de tristeza y reproche.
—Somos mayores, Carmen. Samuel necesita a alguien joven, alguien que pueda acompañarle en el colegio, en la vida…
Me levanté bruscamente y salí al balcón. Madrid seguía viva bajo mis pies: coches, risas lejanas, luces de neón. Yo sólo quería desaparecer.
Esa noche no dormí. Me quedé sentada en el sofá, mirando la puerta cerrada de la habitación donde Samuel dormía. Recordé cuando Lucía y yo éramos niñas y jugábamos a inventar historias en el parque del Retiro. Ella siempre era la heroína; yo, la villana. Ahora me sentía igual: la mala de esta historia.
A la mañana siguiente, Samuel apareció en el salón con los ojos hinchados.
—¿Dónde está mamá? —preguntó con voz temblorosa.
No supe qué decirle. Me limité a abrazarle torpemente y a preparar unas tostadas que no probó.
Los días siguientes fueron un caos: llamadas del colegio, papeles de la herencia, visitas al psicólogo infantil. Yo iba a trabajar como un autómata y volvía a casa para encontrarme con un niño silencioso que apenas comía y se pasaba las tardes mirando por la ventana.
Una tarde, mientras intentaba ayudarle con los deberes de matemáticas —algo que nunca se me dio bien—, Samuel rompió a llorar.
—No quiero vivir aquí —sollozó—. Quiero volver con mamá.
Me quedé paralizada. Sentí una rabia absurda hacia Lucía por haberme dejado este marrón. Pero también una punzada de culpa. ¿Qué clase de persona era yo?
Empecé a evitarle. Me refugiaba en el trabajo y le dejaba con mi madre o con alguna vecina del edificio. Pero cada vez que volvía a casa y veía su mochila tirada en el pasillo, sentía un nudo en el estómago.
Un viernes por la noche, después de una discusión especialmente dura con mi jefe —que no entendía mis ausencias— llegué a casa y encontré a Samuel sentado en el suelo del baño, abrazando sus rodillas.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, cansada.
—No quiero molestar —susurró—. Sé que no quieres que esté aquí.
Algo se rompió dentro de mí. Me arrodillé a su lado y le abracé fuerte, más fuerte de lo que nunca había abrazado a nadie.
—Perdóname —dije entre lágrimas—. No sé hacerlo mejor. Pero voy a intentarlo, te lo prometo.
A partir de ese día todo cambió poco a poco. Empecé a llevarle al parque los sábados, aunque odiara los columpios llenos de niños gritones. Aprendí a cocinar su plato favorito: tortilla de patatas sin cebolla. Fui a hablar con su profesora para entender cómo podía ayudarle más en clase.
No fue fácil. Mi familia seguía opinando sobre cada decisión: que si debía apuntarle a fútbol, que si necesitaba un psicólogo mejor, que si yo no era suficientemente cariñosa. Mis amigos dejaron de llamarme para salir; algunos incluso me dijeron que estaba desperdiciando mi vida por un niño que ni siquiera era mío.
Pero Samuel empezó a sonreír otra vez. Un día me trajo un dibujo: él y yo cogidos de la mano bajo un sol enorme y torcido. Lo colgué en la nevera y lo miraba cada mañana antes de ir al trabajo.
La burocracia fue otro infierno: papeles interminables para la tutela legal, entrevistas con asistentes sociales que me miraban como si esperaran que fallara en cualquier momento.
Una tarde recibí una llamada inesperada: el padre biológico de Samuel quería verle. No había aparecido en años; Lucía siempre había dicho que era mejor así. Dudé mucho antes de aceptar el encuentro.
Nos vimos en una cafetería cerca del parque del Oeste. El hombre llegó tarde y olía a alcohol. Samuel se aferró a mi mano durante toda la conversación.
—No puedo hacerme cargo —dijo él sin mirarnos a los ojos—. Sólo quería saber cómo estaba.
Sentí una mezcla de alivio y rabia. Cuando salimos, Samuel me miró muy serio:
—¿Te vas a ir tú también?
Me agaché hasta quedar a su altura.
—No pienso irme a ningún sitio —le prometí—. Pase lo que pase, aquí estoy.
Han pasado dos años desde aquella noche en el baño. Samuel ya no es ese niño asustado; ahora corre por la casa riendo y me llama «tita-mamá» cuando quiere algo especial para cenar. Yo he aprendido a vivir sin tanto control y he descubierto una parte de mí que ni sabía que existía.
A veces me pregunto: ¿qué significa realmente ser familia? ¿Es cuestión de sangre o de amor? ¿Cuántos niños como Samuel esperan que alguien les diga simplemente: «Aquí estoy»?