Lo que pensaban nuestros vecinos: Una historia de amor, prejuicios y un muro
—¿Has visto cómo miran desde la ventana, Lucía? —me susurró mi marido, Álvaro, mientras clavábamos la última tabla del porche. El sudor me caía por la frente, pero lo que más pesaba era esa mirada constante de los vecinos, los Ortega, como si cada golpe de martillo fuera una declaración de intenciones.
No era la primera vez que sentía sus ojos clavados en nosotros. Desde que empezamos a construir la casa en este pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, los rumores no habían dejado de crecer. “Seguro que lo hacen para que su hija y nuestro hijo acaben juntos”, escuché decir a Carmen Ortega una tarde en la panadería. Me ardieron las mejillas, pero fingí no oírlo.
Mi madre siempre decía: “Lucía, no te preocupes tanto por los chicos. Estudia, trabaja, sé independiente”. Pero el destino tenía otros planes. Álvaro y yo nos enamoramos en el instituto, entre exámenes de selectividad y paseos por el parque. Nadie apostaba por nosotros. “Eso no dura”, decían. Pero aquí estamos, quince años después, con dos hijos y una casa que levantamos con nuestras propias manos.
La tensión con los Ortega empezó cuando nuestra hija mayor, Sofía, cumplió catorce años. De repente, todo lo que hacía era motivo de comentario. Si saludaba a Marcos Ortega en la plaza, si se reía demasiado alto en el recreo… Todo era analizado al milímetro. Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, Carmen se acercó a la valla.
—Lucía, ¿no crees que Sofía y Marcos pasan demasiado tiempo juntos? Ya sabes cómo son los adolescentes…
Me mordí la lengua para no contestar mal. ¿Por qué tenía que justificar la amistad de mi hija? ¿Por qué todo el mundo asumía que había un plan oculto detrás de cada gesto?
Esa noche, en la cena, le conté a Álvaro lo sucedido.
—No entiendo por qué les importa tanto —dije frustrada—. ¿Acaso no tienen suficiente con sus propios problemas?
Álvaro suspiró y me tomó la mano.
—La gente necesita hablar para no mirar sus propias miserias. Pero no podemos dejar que eso nos afecte.
Pero sí nos afectaba. Los comentarios se colaban en casa como el polvo por las rendijas. Sofía empezó a encerrarse más en su cuarto. Un día la encontré llorando.
—Mamá, ¿por qué todos piensan que Marcos y yo estamos juntos? Solo somos amigos…
La abracé fuerte. Sentí rabia e impotencia. ¿Cómo protegerla de algo tan intangible como los prejuicios?
Las cosas empeoraron cuando descubrimos que los Ortega habían levantado un muro más alto entre nuestras parcelas sin avisar. Álvaro se enfadó mucho.
—Esto ya es demasiado —dijo golpeando la mesa—. No tienen derecho.
Intenté calmarle, pero yo también sentía una mezcla de tristeza y traición. Habíamos compartido meriendas, fiestas del pueblo, incluso alguna Navidad. ¿Cómo podían pensar tan mal de nosotros?
Un domingo por la mañana, decidí enfrentarme a Carmen. La encontré en el mercado.
—Carmen, ¿podemos hablar un momento?
Me miró con desconfianza.
—Dime.
—¿Por qué habéis levantado ese muro? ¿Qué os hemos hecho?
Ella bajó la mirada y suspiró.
—No es por vosotros… Es por Marcos. Últimamente está muy rebelde y… bueno, mi marido piensa que es mejor así.
Vi en sus ojos miedo y cansancio. De repente entendí que detrás de sus prejuicios había inseguridad y temor a perder el control sobre su hijo.
Esa noche hablé con Sofía y le conté lo que había pasado.
—A veces los adultos tenemos miedo de lo que no entendemos —le dije—. Pero eso no justifica que te hagan daño.
Sofía me abrazó y lloró en silencio. Yo también lloré. Lloré por ella, por mí, por todos los muros invisibles que levantamos sin darnos cuenta.
Con el tiempo, los rumores se fueron apagando. Sofía y Marcos siguieron siendo amigos, aunque más discretos. Nosotros aprendimos a vivir con las miradas y los comentarios, aunque nunca dejaron de doler del todo.
A veces me pregunto si algún día aprenderemos a dejar de juzgar a los demás por lo que creemos saber. ¿Cuántas historias se han roto por culpa de un rumor? ¿Cuántos muros hemos levantado sin darnos cuenta?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido el peso de las miradas ajenas sobre tu vida?