Cuando la familia no basta: Mi madre vive a dos calles, pero sigo necesitando una niñera

—¿Otra vez me llamas para esto, Lucía? —La voz de mi madre, seca, retumba en el altavoz mientras intento calmar a Mateo, que llora desconsolado en mis brazos. Son las siete y media de la tarde, mi marido aún no ha salido del trabajo y yo llevo tres días sin dormir más de dos horas seguidas. Mi madre vive a dos calles, pero su distancia emocional parece un océano.

—Mamá, solo necesito que vengas un rato. Tengo fiebre y Mateo no para de llorar… —mi voz tiembla, más por el cansancio que por la fiebre.

—Lucía, hija, yo ya he criado a mis hijos. Bastante tengo con lo mío. ¿Por qué no le pides ayuda a Pablo? —corta la llamada antes de que pueda responder.

Me quedo mirando el móvil con los ojos llenos de lágrimas. Pablo, mi marido, trabaja en una gestoría en el centro de Madrid. Sale de casa antes de que amanezca y vuelve cuando Mateo ya duerme. No es culpa suya, pero a veces siento que crío sola a nuestro hijo.

Recuerdo cuando nos conocimos en la universidad Complutense. Éramos inseparables, soñábamos con viajar por Europa, montar una cafetería en Malasaña, tener hijos y vivir cerca de nuestras familias para que nuestros hijos crecieran rodeados de abuelos y primos. La realidad es otra: Pablo y yo apenas nos vemos y mi familia está cerca solo en el mapa.

Esa noche, mientras Mateo duerme por fin tras horas de llanto, me siento en el sofá y abro el grupo de WhatsApp familiar. Mi hermana Marta manda una foto de sus gemelas vestidas iguales. Todos responden con corazones y risas. Yo escribo: “Hoy Mateo tiene fiebre y yo también. ¿Alguien puede venir mañana un rato?” Nadie responde.

Al día siguiente, Pablo llega a casa con ojeras profundas y una bolsa del supermercado.

—¿Cómo está Mateo? —pregunta mientras deja la compra en la encimera.

—Igual. Y yo peor —respondo sin mirarle.

—¿Has llamado a tu madre?

—Sí. Dice que está ocupada.

Pablo suspira y se pasa la mano por el pelo. Sé que está tan cansado como yo, pero no puedo evitar sentirme sola. En España siempre se habla del apoyo familiar, de los abuelos que recogen a los niños del cole, de las comidas los domingos… Pero en mi casa, cada uno va a lo suyo.

Esa tarde decido buscar una niñera por internet. Me siento culpable: ¿cómo voy a pagarle a una desconocida para cuidar a mi hijo cuando su abuela vive a dos calles? Pero no puedo más. Encuentro un anuncio: “Marina, 52 años, experiencia con bebés”. La llamo temblando.

—Hola Marina, soy Lucía. Busco ayuda para cuidar a mi hijo unas horas…

—Claro, cariño. ¿Cuándo quieres que vaya?

La voz cálida de Marina me hace llorar otra vez. Quedamos para el día siguiente.

Por la noche le cuento a Pablo:

—He contratado una niñera.

—¿Una niñera? ¿No crees que tu madre se va a enfadar?

—¿Enfadarse? Ni siquiera responde a mis mensajes —le digo con rabia contenida.

Pablo me abraza en silencio. Sé que él también siente la presión de las expectativas familiares. Su madre vive en Valencia y apenas llama; su padre falleció hace años.

Al día siguiente Marina llega puntual. Es una mujer menuda, con el pelo corto y una sonrisa tranquila.

—Tú vete a dormir un rato, Lucía. Yo me encargo de Mateo —me dice mientras lo acuna con una naturalidad que me desarma.

Me tumbo en la cama y lloro hasta quedarme dormida. Cuando despierto, Marina está cantando una nana y Mateo sonríe por primera vez en días.

Esa tarde recibo un mensaje de mi madre: “¿Qué tal Mateo?” No respondo.

Los días pasan y Marina se convierte en mi salvación. Habla poco pero escucha mucho. Un día le pregunto:

—¿Tienes hijos?

—Sí, dos. Pero viven lejos. A veces echo de menos que me necesiten —me responde con tristeza.

Me doy cuenta de que no soy la única que se siente sola rodeada de gente.

Un domingo decido ir a casa de mi madre con Mateo. Llamo al timbre y espero. Abre la puerta con cara de sorpresa.

—¿Qué haces aquí?

—Quería verte —respondo simplemente.

Nos sentamos en el salón mientras Mateo juega en el suelo.

—Mamá, ¿por qué nunca quieres ayudarme? —pregunto al fin, con voz baja.

Ella suspira largo rato antes de contestar:

—Lucía, cuando tú eras pequeña yo tampoco tuve ayuda. Tu abuela siempre estaba ocupada o enferma. Me acostumbré a hacerlo todo sola… Y ahora no sé cómo ayudarte sin sentirme culpable por no haberlo hecho mejor contigo.

La miro sorprendida. Nunca había hablado así conmigo.

—No quiero reprocharte nada, mamá. Solo necesito sentir que no estoy sola —le digo mientras las lágrimas me corren por las mejillas.

Mi madre se acerca y me abraza torpemente. Es un abrazo incómodo pero sincero.

Esa noche pienso mucho en lo que me ha dicho. Quizá arrastramos heridas invisibles de generación en generación. Quizá esperamos demasiado los unos de los otros porque nos han enseñado que la familia es la solución para todo… pero nadie nos enseña cómo pedir ayuda ni cómo darla sin sentirnos culpables o insuficientes.

Ahora Marina viene tres tardes por semana y mi madre llama alguna vez para preguntar por Mateo. No es perfecto, pero es un comienzo.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres hay como yo, rodeadas de familia pero solas? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda sin sentirnos fracasadas? ¿Y si la verdadera valentía es reconocer que necesitamos apoyo más allá de los lazos de sangre?