La visita inesperada: Cuando el pasado llama a la puerta
—¿Por qué ahora, Lucía? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras sostenía el móvil con fuerza, como si pudiera romperse en cualquier momento.
Al otro lado, su respiración era entrecortada. —No tengo a dónde ir, Marta. Solo será por unos días, te lo prometo.
No supe decir que no. Lucía había sido mi mejor amiga en la universidad, antes de que la vida nos separara. Ahora, después de casi diez años sin vernos, me pedía refugio para ella y su hijo, Pablo. Mi marido, Andrés, no estaba convencido, pero yo insistí. “Es solo por unos días”, repetí, sin saber que esas palabras serían el principio del fin.
La primera noche fue incómoda. Pablo lloraba mucho y Lucía parecía ausente, perdida en sus pensamientos. Mi hija, Alba, de ocho años, miraba todo con ojos grandes y silenciosos. Andrés se encerró en el despacho y yo intenté mantener la calma, preparando una cena que nadie terminó.
—¿Te pasa algo? —le pregunté a Lucía mientras recogíamos los platos.
Ella bajó la mirada. —Solo estoy cansada. Gracias por todo, Marta.
Pero algo no encajaba. Al día siguiente, encontré a Pablo jugando con los medicamentos de mi suegra en el baño. Me asusté tanto que grité y Lucía vino corriendo. —¡No puedes dejarlo solo! —le reproché.
Ella se echó a llorar. —No puedo más, Marta. No puedo…
Esa noche, después de acostar a los niños, Andrés me miró serio:
—No podemos seguir así. Esto no es una pensión. Alba está nerviosa y tú no duermes.
—Solo necesita ayuda —susurré—. No podemos darle la espalda.
Pero los días pasaron y la tensión crecía. Lucía apenas hablaba y Pablo tenía rabietas constantes. Una tarde, mientras preparaba la merienda, escuché un golpe seco en el salón. Corrí y vi a Alba llorando en el suelo; Pablo le había tirado un coche de juguete a la cabeza.
—¡Esto no puede seguir! —gritó Andrés esa noche—. O se van mañana o me voy yo.
Me sentí desgarrada. ¿Cómo elegir entre mi familia y una amiga desesperada?
Esa madrugada, encontré a Lucía sentada en la cocina, con la mirada perdida y una copa de vino en la mano.
—¿Qué te pasa realmente? —le pregunté.
Ella rompió a llorar. —Me han echado del trabajo… Mi ex no paga la pensión… Estoy sola… No sé qué hacer…
La abracé fuerte, pero sentí el peso de su desesperación como una losa sobre mis hombros.
Al día siguiente, llamé a Servicios Sociales sin que ella lo supiera. Me sentí traidora, pero ya no podía más. Vinieron dos días después y hablaron con Lucía durante horas. Cuando se marcharon, ella me miró con odio y tristeza.
—¿Has sido tú? —susurró.
No supe qué decirle.
Esa noche hizo las maletas y se fue sin despedirse. Pablo lloraba desconsolado mientras salían por la puerta.
Durante semanas reinó un silencio incómodo en casa. Alba tenía pesadillas y Andrés apenas me hablaba. Yo me sentía culpable por haber traicionado a mi amiga y por haber puesto en peligro a mi familia.
Un mes después recibí una carta de Lucía desde un centro de acogida. Me decía que me perdonaba, que entendía lo que había hecho y que esperaba algún día poder volver a empezar.
A veces me pregunto si hice lo correcto. ¿Hasta dónde llega la lealtad? ¿Dónde está el límite entre ayudar y destruir lo que más quieres?
¿Vosotros qué habríais hecho? ¿Se puede ser buena amiga y buena madre al mismo tiempo?