Corazón en la mano: Historia de una donación y sus cicatrices

—¿Estás segura de lo que vas a hacer, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo del hospital, tan fría como las baldosas bajo mis pies.

No respondí. Miré a través del cristal empañado de la sala de espera, donde la lluvia golpeaba con furia la ventana. Mi bata blanca estaba arrugada, mis manos temblaban. El reloj marcaba las seis y media de la mañana. A esa hora, la mayoría de la gente duerme; yo estaba a punto de cambiar el destino de una familia que apenas conocía.

Mateo tenía nueve años y unos ojos enormes, llenos de miedo y esperanza. Su madre, Carmen, llevaba semanas durmiendo en una silla junto a su cama. Yo era su enfermera en el Hospital General de Salamanca. Había visto demasiados niños perder la batalla contra el tiempo, pero Mateo… Mateo tenía algo especial. Quizá era su manera de apretar mi mano cuando le dolía, o cómo me preguntaba si los ángeles también llevaban mascarilla.

La decisión la tomé una noche de guardia, mientras le cambiaba el suero. El trasplante era su única opción. Nadie en su familia era compatible. Yo sí. Firmé los papeles sin decírselo a nadie. Ni a mi novio, Sergio, ni a mi madre, ni siquiera a mi hermana pequeña, Marta.

—¿Por qué no lo consultaste con nosotros? —me reprochó Sergio cuando se enteró—. ¿Y si te pasa algo? ¿Y si luego quieres tener hijos?

No supe qué contestar. ¿Era egoísta por querer salvar una vida? ¿O egoísta por no pensar en los míos?

La noticia corrió por el hospital como pólvora. Algunos compañeros me miraban con admiración; otros, con recelo. La jefa de planta me llamó a su despacho.

—Lucía, esto es muy generoso, pero ¿estás preparada para las consecuencias? No solo físicas…

No lo estaba. Nadie lo está nunca.

El día de la operación, Carmen me abrazó llorando.

—No sé cómo agradecerte esto… Eres un ángel.

Yo solo asentí, tragando lágrimas. Mi madre no vino al hospital ese día. Sergio tampoco. Marta sí: se sentó a mi lado antes de entrar al quirófano y me susurró:

—Siempre has sido la valiente de la familia… pero prométeme que no te vas a olvidar de ti misma.

El quirófano olía a desinfectante y miedo. Recuerdo el frío en la espalda cuando me pusieron la anestesia. Recuerdo soñar con Mateo corriendo por un parque, riendo, mientras yo lo miraba desde lejos.

Desperté con un dolor sordo en el costado y la garganta seca. Carmen entró corriendo en cuanto pudo:

—¡Ha salido bien! Mateo está bien…

Lloramos juntas. Por primera vez sentí que todo había valido la pena.

Pero después vinieron los silencios incómodos en casa. Sergio se distanció; decía que ya no podía confiar en mí si era capaz de tomar decisiones tan grandes sola. Mi madre apenas me hablaba; decía que había puesto en riesgo mi futuro por un niño ajeno.

En el hospital, algunos padres me miraban como si fuera una santa; otros susurraban que estaba loca. Empecé a sentirme sola entre la multitud.

Mateo mejoró rápido. Volvió a sonreír, a dibujarme corazones en las manos cuando venía a revisión. Carmen me invitó a su casa para celebrar su décimo cumpleaños. Allí vi a toda su familia reunida, agradeciéndome entre lágrimas y abrazos. Pero yo sentía un vacío extraño, como si hubiera dejado una parte de mí en ese quirófano que nadie más podía ver.

Una tarde, Marta vino a verme mientras yo preparaba café en la cocina.

—¿Te arrepientes? —me preguntó en voz baja.

Me quedé mirando el vapor subir de la taza.

—No lo sé —susurré—. A veces siento que he hecho lo correcto… otras veces me siento perdida.

—Quizá eso es lo que significa ser valiente —dijo ella—: hacer lo correcto aunque duela.

Los meses pasaron. Sergio y yo terminamos. Mi madre tardó mucho en perdonarme; aún hoy evita hablar del tema. En el hospital me asignaron otra planta para evitar rumores y miradas incómodas.

Pero cada vez que veo a Mateo correr por los pasillos en sus revisiones, cada vez que Carmen me abraza con gratitud silenciosa, siento que el dolor y la soledad han valido la pena.

A veces me pregunto si volvería a hacerlo sabiendo todo lo que vendría después. ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por los demás? ¿Y quién decide dónde está el límite entre el amor y el sacrificio?