Entre las paredes de la casa de los García: Mi vida con los suegros
—¿Otra vez has dejado los platos sin fregar, Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, retumba en la cocina, rebotando entre los azulejos fríos y el olor a café recalentado.
Me quedo quieta, con las manos húmedas y el estropajo a medio camino entre el fregadero y la encimera. Podría contestar, podría decirle que he estado toda la mañana buscando trabajo por internet, que he llevado a los niños al colegio, que he hecho la compra y que no me ha dado tiempo. Pero no lo hago. Solo asiento, como cada día, tragando saliva y sintiendo cómo una punzada de rabia me sube por el pecho.
Vivir en casa de los García nunca fue mi plan. Cuando Javier —mi marido— y yo nos quedamos sin trabajo tras el cierre de la tienda de informática donde trabajábamos, su padre nos ofreció quedarnos «hasta que os recuperéis». Eso fue hace dos años. Ahora somos cinco adultos y dos niños compartiendo un piso antiguo en pleno centro de Salamanca, con techos altos y paredes tan finas que hasta los suspiros se escuchan.
Al principio pensé que sería fácil. Carmen parecía amable, incluso cariñosa con los niños. Pero pronto empezaron los comentarios: que si no cocino como ella, que si dejo las cosas fuera de sitio, que si no sé organizarme. Su marido, Antonio, es más silencioso pero igual de presente; siempre sentado en su butaca del salón, mirando la televisión o leyendo el periódico, pero atento a todo lo que ocurre.
—Lucía, ¿has visto mis llaves? —pregunta Javier desde el pasillo.
—No, cariño. ¿Has mirado en la entrada?
—¡Siempre están donde no deben! —grita Carmen desde la cocina.
A veces siento que no tengo un rincón propio. Nuestra habitación es pequeña y está llena de cajas con nuestras cosas. Los niños duermen en el cuarto que antes era de Javier y su hermano Pablo, quien ahora vive en Madrid y solo viene por Navidad. Cada vez que Pablo aparece, Carmen lo recibe como a un héroe caído en combate. A mí me mira como si fuera la culpable de que su hijo mayor haya tenido que volver a casa.
Las discusiones son constantes. Por la comida, por el uso del baño, por la televisión. Una noche, mientras cenábamos tortilla y ensalada, Carmen soltó:
—En esta casa siempre hemos cenado a las nueve, no a las diez como hacéis vosotros.
Javier intentó mediar:
—Mamá, Lucía tiene razón, los niños tienen actividades hasta tarde…
—¡Pues que se adapten! —respondió ella tajante.
A veces pienso en marcharme. Pero ¿adónde? El alquiler en Salamanca está por las nubes y nuestros ahorros se han ido en facturas y comida. Mis padres viven en un pueblo de Ávila y no tienen espacio para cuatro más. Además, Javier insiste en que «solo es cuestión de tiempo» hasta que encuentre trabajo estable.
Pero el tiempo pasa y yo me siento cada vez más invisible. Hay días en los que ni siquiera me reconozco al mirarme al espejo del baño compartido. Me veo ojerosa, con el pelo recogido a toda prisa y una tristeza pegada a la piel como una segunda camiseta.
Una tarde de domingo, mientras ayudaba a mi hijo Marcos con los deberes, escuché a Carmen hablando con una vecina en el rellano:
—Esta chica… no sé si mi hijo ha acertado casándose con ella. No sabe llevar una casa.
Sentí un nudo en el estómago. Quise salir y gritarle que yo también tengo derecho a equivocarme, a estar cansada, a no ser perfecta. Pero me quedé quieta, tragando lágrimas para no preocupar a los niños.
Antonio rara vez interviene. Solo una vez me sorprendió llorando en la cocina y me dijo:
—No te lo tomes tan a pecho, Lucía. Carmen es así desde siempre.
Pero eso no ayuda. No cuando cada día es una batalla silenciosa por un poco de respeto o simplemente por un rato de paz.
Javier intenta animarme:
—Cariño, aguanta un poco más. Pronto saldremos de aquí.
Pero yo ya no sé cuánto más puedo aguantar. Siento que mi matrimonio se resiente; discutimos por tonterías, nos hablamos menos. Los niños preguntan por qué estamos siempre «enfadados».
El otro día Marcos me dijo:
—Mamá, ¿por qué la abuela siempre te regaña?
No supe qué contestar.
He intentado hablar con Carmen. Le propuse repartir las tareas o buscar momentos para estar solas y charlar. Pero ella siempre tiene prisa o cambia de tema:
—No te preocupes, Lucía. Ya me encargo yo.
Y así seguimos: ella controlando todo y yo sintiéndome cada vez más pequeña.
A veces sueño con tener mi propia casa, aunque sea pequeña y lejos del centro. Un lugar donde nadie me juzgue por cómo cocino o por si dejo los platos sin fregar una noche. Un sitio donde pueda respirar tranquila.
Pero mientras tanto sigo aquí, entre estas paredes llenas de recuerdos ajenos y silencios incómodos. Me pregunto si algún día podré volver a ser yo misma o si esta convivencia acabará por rompernos del todo.
¿Alguien más ha sentido alguna vez que su vida se ha quedado atrapada entre las paredes de otra familia? ¿Cómo se sobrevive cuando tu hogar ya no te pertenece?