La promesa de Lucía: Una carta para mamá
—Por favor, señora Carmen, ¿puedo llamar a mi hermano? —pregunté con la voz temblorosa, apretando la carta arrugada entre mis manos pequeñas. La asistenta social me miró con esa mezcla de lástima y prisa que tanto odiaba. —Lucía, ya sabes que no es posible hoy. Quizá la semana que viene. Anda, ve a jugar con los demás niños.
No fui. Me senté en el rincón del patio, donde el sol apenas llegaba, y abrí la carta que había escrito la noche anterior. «Querida mamá, prometo portarme bien si vienes a buscarme. No romperé más los vasos ni esconderé los deberes. Solo quiero estar contigo y con Diego. Por favor, mamá, ven pronto. Te quiero mucho. Lucía».
Tenía siete años y ya sabía lo que era esperar en vano. Desde que la policía nos separó a Diego y a mí aquella noche en nuestro piso de Vallecas, mi mundo se había convertido en una sucesión de casas ajenas, camas frías y adultos que hablaban de mí como si no estuviera delante.
—¿Tú crees que alguien va a querer adoptarte? —me preguntó un día Marta, una niña mayor del centro—. Eres muy mayor ya. Los bebés tienen más suerte.
No respondí. Solo apreté más fuerte mi carta y pensé en Diego, en su risa contagiosa y en cómo me abrazaba cuando mamá lloraba en la cocina porque no llegaba a fin de mes.
La familia de acogida con la que vivía ahora era amable, pero distante. Mercedes, la madre, me preparaba bocadillos de nocilla y me compró una mochila nueva para el colegio. Pero nunca me abrazaba ni me llamaba «cariño» como hacía mamá. Su marido, don Antonio, apenas me dirigía la palabra. Sus hijos, Álvaro y Sofía, me miraban como si fuera un mueble más.
—¿Por qué no puedo quedarme aquí para siempre? —le pregunté una tarde a Mercedes.
—Lucía, nosotros solo te cuidamos un tiempo hasta que encuentren una solución para ti —respondió sin mirarme a los ojos.
Esa noche lloré en silencio bajo las sábanas. Me sentía invisible, como si flotara en un limbo donde nadie quería quedarse conmigo demasiado tiempo.
Un día, en el colegio, la profesora Pilar nos pidió que escribiéramos una redacción sobre nuestra familia. Miré el papel en blanco y sentí un nudo en el estómago. ¿Qué iba a escribir? ¿Que mi madre estaba enferma y no podía cuidarnos? ¿Que mi padre se fue cuando yo tenía tres años? ¿Que mi hermano estaba en otro centro y yo solo podía verle una vez al mes?
Al final escribí: «Mi familia es Diego. Es mi hermano pequeño y le echo mucho de menos. Cuando sea mayor quiero tener una casa grande para vivir juntos».
Pilar leyó mi redacción y me abrazó fuerte al final de la clase. Fue el primer abrazo sincero que recibí en meses.
Pasaron las semanas y cada vez veía menos a Diego. Las visitas se cancelaban por «problemas logísticos» o porque «no era conveniente». Empecé a tener pesadillas: soñaba que Diego se olvidaba de mí o que encontraba otra hermana mejor.
Una tarde de lluvia, mientras Mercedes hablaba por teléfono en la cocina, escuché mi nombre:
—Sí, Lucía está bien… No, no sabemos nada aún… Sí, lo sé…
Me acerqué despacio y escuché cómo decía: —Pobrecilla, ojalá encuentre pronto una familia…
Me encerré en el baño y rompí a llorar. ¿Por qué nadie quería quedarse conmigo? ¿Era tan difícil quererme?
Esa noche decidí escribir otra carta, esta vez dirigida a quien quisiera leerla:
«Hola, soy Lucía. Tengo siete años y busco una familia que me quiera mucho. Prometo portarme bien y ayudar en casa. No necesito juguetes caros ni ropa nueva, solo quiero abrazos y cuentos antes de dormir. Si tienes un hueco en tu corazón para mí, aquí estoy esperándote».
Al día siguiente le di la carta a Carmen, la asistenta social.
—¿Puedo ponerla en internet? —pregunté con esperanza.
Carmen sonrió triste: —No funciona así, Lucía… Pero prometo que haré todo lo posible para ayudarte.
Pasaron los meses y nada cambiaba. Empecé a portarme mal en clase: tiraba los lápices al suelo, contestaba a los profesores… Pensé que así alguien se fijaría en mí, aunque fuera para regañarme.
Un día recibí una visita inesperada: era Teresa, una mujer de unos cuarenta años con el pelo rizado y ojos amables.
—Hola Lucía —dijo sentándose a mi lado—. He leído tu carta…
Me quedé muda.
—¿Te gustaría venir a pasar un fin de semana conmigo? Tengo un perro muy travieso y una habitación llena de cuentos.
No supe qué decir. Miré a Carmen buscando permiso; ella asintió sonriendo.
Ese fin de semana fue el mejor de mi vida: Teresa me llevó al Retiro, me enseñó a hacer bizcocho y me leyó cuentos hasta quedarme dormida abrazada a su perro Nico.
Pero cuando llegó el domingo por la tarde y tuve que volver con Mercedes, sentí que el corazón se me partía otra vez.
Las semanas siguientes Teresa vino a verme muchas veces. Hablábamos de todo: del colegio, de Diego, de mis miedos… Poco a poco empecé a confiar en ella.
Un día me preguntó:
—Lucía, ¿te gustaría vivir conmigo para siempre?
No pude evitar llorar de alegría y miedo al mismo tiempo.
—¿Y Diego? —pregunté bajito—. ¿Podría venir también?
Teresa me abrazó fuerte:
—Haré todo lo posible para que estéis juntos algún día. Te lo prometo.
Hoy escribo esto desde mi nueva habitación, rodeada de libros y dibujos. Echo de menos a Diego cada día, pero ahora sé que no estoy sola. Teresa me quiere como soy: imperfecta, ruidosa, soñadora…
A veces me pregunto si algún día podré perdonar a mamá por no luchar más por nosotros o si Diego me recordará cuando volvamos a vernos.
¿De verdad los niños como yo merecemos tantas pruebas antes de encontrar un hogar? ¿Cuántos abrazos perdidos caben en el corazón de una niña?