El precio de la sangre: Cuando el dinero amenaza a la familia
—¡No me lo puedo creer, Sergio! ¿De verdad vas a hacer esto? —grité, con la voz quebrada, mientras mi madre se tapaba la cara con las manos y mi padre miraba al suelo, derrotado.
Sergio, mi hermano pequeño, me sostuvo la mirada con una mezcla de rabia y vergüenza. —Lucía, no es justo que siempre tenga que ser yo el que se quede sin nada. Vosotros ya tenéis vuestras vidas hechas. Yo solo quiero empezar la mía con Marta, pero sin dinero no puedo casarme ni tener un piso.
La escena era casi surrealista: estábamos en el salón de la casa donde crecimos, esa casa de ladrillo visto en las afueras de Valladolid, con las cortinas amarillas y el reloj de pared marcando las seis y media. El aire estaba cargado de reproches no dichos y de miedo a lo que podía pasar.
Mi madre, Carmen, rompió el silencio con un sollozo: —Hijos míos, ¿por qué tenéis que pelearos por esto? Esta casa es lo único que tenemos…
Pero Sergio no cedía. —Mamá, no pido nada que no sea mío. Si algún día vais a repartir la herencia, ¿por qué no ahora? Así puedo casarme tranquilo y vosotros seguís aquí. Solo quiero mi parte.
Mi padre, Antonio, se levantó despacio del sillón. Su voz sonó cansada, como si cada palabra le costara años de vida: —Sergio, hijo, ¿no ves que nos partes el alma? Esta casa es nuestro refugio. Si la vendemos o la hipotecamos para darte dinero, ¿dónde vamos a ir?
Yo sentía una mezcla de rabia y tristeza. Sergio siempre había sido el mimado, el pequeño al que todos protegíamos. Pero ahora parecía otro: frío, calculador, dispuesto a romperlo todo por un puñado de euros. Me acerqué a él y le hablé en voz baja:
—¿De verdad crees que Marta quiere casarse contigo si esto significa destrozar nuestra familia? ¿No ves lo que nos estás pidiendo?
Sergio bajó la mirada por un instante. —No lo entiendes, Lucía. Vosotros tenéis trabajo fijo, hipoteca pagada… Yo solo tengo esta oportunidad. Marta quiere una boda digna y un piso donde empezar juntos. Si no puedo dárselo, igual ni se casa conmigo.
Sentí una punzada de compasión y otra de rabia. ¿Era justo que él cargara con esa presión? ¿O era egoísta por poner su felicidad por encima de todos?
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre apenas comía; mi padre salía a caminar durante horas para no estar en casa. Yo intentaba mediar, pero cada conversación acababa en gritos o en silencios dolorosos.
Una tarde, llamé a Marta para intentar entender su punto de vista. Nos vimos en una cafetería del centro.
—Marta, ¿de verdad necesitas una boda tan grande? ¿No podéis esperar o buscar otra solución?
Ella me miró con ojos sinceros pero firmes: —Lucía, yo quiero casarme con Sergio porque le quiero. Pero también quiero empezar bien, sin tener que vivir en casa de tus padres o en un piso cutre. No es solo por mí; es por los dos. Y Sergio me ha dicho que puede conseguir el dinero…
—¿Aunque eso signifique romper su familia?
Marta suspiró: —No quiero eso. Pero tampoco quiero renunciar a nuestros sueños por miedo a discutir.
Volví a casa más confundida que nunca. Esa noche, escuché a mis padres discutir en voz baja en la cocina:
—Antonio, ¿y si le damos algo? No todo… pero una parte pequeña…
—Carmen, si cedemos ahora, mañana será peor. Y Lucía también tiene derecho.
Me encerré en mi cuarto y lloré como hacía años que no lloraba. Recordé los veranos jugando con Sergio en el jardín, las Navidades todos juntos… ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Pasaron semanas de tensión insoportable. Un día recibí un mensaje de Sergio: “¿Puedes venir al parque? Necesito hablar contigo”.
Fui sin saber qué esperar. Lo encontré sentado en un banco, cabizbajo.
—Lucía… He hablado con Marta. Vamos a hacer una boda pequeña y buscar un alquiler barato. No quiero seguir así. Prefiero empezar con poco antes que perderos.
Me abrazó fuerte y lloramos juntos. Sentí alivio pero también una tristeza profunda por todo lo perdido.
En casa hubo un silencio extraño durante días. Nadie hablaba del tema, pero todos sabíamos que algo se había roto para siempre.
Ahora miro a mi hermano y veo a alguien distinto: más adulto, pero también más solo. Y me pregunto si algún día podremos volver a ser la familia que fuimos.
¿Vale la pena sacrificar la paz familiar por dinero? ¿O hay heridas que nunca se curan del todo?