Tres veces madre en un año: Mi lucha, mi verdad

—¿Otra vez, Lucía? ¿No tienes vergüenza? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, tan fría como el suelo de barro bajo mis pies. El olor a café quemado flotaba en el aire, mezclándose con la tensión. Yo apretaba la taza entre las manos, temblando, mientras mi padre miraba por la ventana fingiendo no escuchar.

No sabía cómo explicarlo. Ni siquiera yo entendía cómo había pasado. En menos de un año, tres hijos. No eran trillizos, no era una historia de milagros médicos ni de fertilidad asistida. Era la vida, la mía, desbordada por decisiones precipitadas, por noches largas y silencios demasiado ruidosos.

La primera vez que sentí la vida crecer dentro de mí fue en febrero. Aquel invierno fue especialmente duro en nuestro pueblo de Ciudad Real. Mi marido, Andrés, trabajaba en el campo y apenas nos veíamos. Cuando nació Martina, la alegría fue tan intensa como el miedo. Pero apenas dos meses después del parto, volví a quedarme embarazada. Nadie lo entendía. Ni yo misma.

—¿No sabes cómo se evitan estas cosas? —me espetó mi hermana Carmen cuando se enteró del segundo embarazo.

Me sentí sola. Las vecinas cuchicheaban en la plaza, los amigos dejaron de llamarme. Andrés intentaba animarme, pero él también estaba superado. Cuando nació Lucas, en diciembre, Martina aún no caminaba. Y entonces, como una broma cruel del destino, dos meses después volví a ver las dos rayitas en el test de embarazo. No podía ser. Pero era.

El médico del centro de salud me miró con una mezcla de lástima y reproche.

—Lucía, tienes que cuidarte más. Esto no es bueno para ti ni para los niños.

No era bueno para nadie, pero ya estaba hecho. Cuando nació Sofía, en octubre del año siguiente, yo era una sombra de mí misma: ojeras profundas, manos agrietadas por el frío y el jabón barato, el pelo recogido siempre en un moño desordenado.

Mi madre dejó de hablarme durante semanas. Mi suegra venía a casa solo para criticarme:

—Las mujeres de antes sí que sabían criar hijos… No como tú, que los tienes como quien colecciona sellos.

Lloré muchas noches en silencio, abrazada a mis bebés mientras Andrés dormía agotado. Me preguntaba si era una mala madre, si mis hijos crecerían avergonzados de mí. La soledad era un pozo sin fondo.

Pero entonces Martina empezó a decir sus primeras palabras. Lucas me sonreía con esa boca desdentada que solo tienen los bebés felices. Sofía se aferraba a mi dedo con una fuerza que parecía imposible para alguien tan pequeño. Y ahí encontré mi fuerza.

Empecé a salir al parque aunque las miradas me atravesaran como cuchillos. Aprendí a ignorar los susurros y las risas ahogadas detrás de las cortinas. Me hice amiga de Pilar, una vecina mayor que siempre tenía palabras amables y galletas caseras para mis hijos.

—No escuches a nadie, Lucía —me decía—. Cada familia es un mundo y tú eres la reina del tuyo.

Poco a poco, empecé a perdonarme. A entender que nadie tiene derecho a juzgarme sin conocer mi historia. Que mis hijos no son una vergüenza ni un error: son mi mayor logro.

Un día, mientras cambiaba pañales y preparaba purés al mismo tiempo, escuché a Martina reírse a carcajadas porque Lucas le tiró el chupete a Sofía. Me reí con ellos por primera vez en mucho tiempo.

Andrés empezó a llegar antes del trabajo para ayudarme con los baños y las cenas. Mi madre volvió a visitarnos y me trajo croquetas calientes envueltas en papel de periódico.

—No sé cómo lo haces —me dijo una tarde mientras veía a los niños jugar—. Pero eres más fuerte de lo que crees.

Ahora sé que tenía razón. Sigo teniendo miedo muchas veces: miedo al futuro, a no poder darles todo lo que merecen, a fallarles como madre. Pero también tengo esperanza. Porque cada día que pasa veo crecer a mis hijos y siento que todo este esfuerzo tiene sentido.

A veces me pregunto: ¿Por qué la gente es tan rápida para juzgar y tan lenta para tender una mano? ¿Cuántas mujeres como yo se sienten solas por culpa del qué dirán? ¿Y si empezáramos a apoyarnos más y criticarnos menos?