Abuelo, ¿Por Qué No Quieres Que Vivamos Mejor?

—Abuelo, ¿por qué no quieres que vivamos mejor?— La voz de Lucía retumbó en el salón como un trueno inesperado. Tenía solo nueve años, pero sus ojos grandes y serios me atravesaron como cuchillos. Me quedé helado, con la taza de café temblando entre mis manos. Mi hija Marta, sentada al otro lado de la mesa, bajó la mirada. Su marido, Sergio, apretó los labios y se levantó para mirar por la ventana, fingiendo que no escuchaba.

No supe qué responder. ¿Cómo explicarle a una niña que el miedo a perder lo poco que tienes puede ser más fuerte que el deseo de avanzar? ¿Cómo decirle que cada vez que Marta me pedía ayuda para pagar la luz o el alquiler, sentía que el suelo se abría bajo mis pies?

Hace apenas unos meses, la vida era otra. Yo, Manuel, jubilado de Correos en un barrio obrero de Madrid, vivía tranquilo con mi pensión modesta y mis rutinas: el dominó en el bar de Paco, los paseos por el parque, las tardes de fútbol en la radio. Pero la crisis volvió a golpear a mi familia. Marta perdió su trabajo en la tienda de ropa del centro; Sergio llevaba meses encadenando contratos basura en la construcción. Los niños, Lucía y su hermano pequeño Álvaro, empezaron a venir cada tarde a mi casa porque sus padres no podían permitirse la extraescolar ni la merienda.

Al principio, ayudaba sin pensar. Un billete aquí, una compra allá. Pero pronto las llamadas se hicieron más frecuentes. Marta me llamaba cada mañana: “Papá, ¿puedes adelantarme algo para la compra?” “Papá, nos han cortado el gas.” “Papá, ¿puedes quedarte con los niños esta semana?”

Me sentía responsable de todo. Y también culpable. ¿Había fallado como padre? ¿No les había enseñado a luchar? ¿O era yo el egoísta por querer guardar algo para mí?

Una noche, después de cenar, Marta me miró con los ojos rojos de tanto llorar.
—Papá, tenemos que hablar.

Sergio se sentó a su lado, serio.
—Mira, Manuel —dijo él—. No queremos abusar de ti. Pero estamos pensando en mudarnos contigo una temporada. Solo hasta que salgamos adelante.

Sentí un nudo en el estómago. Mi piso era pequeño; apenas dos habitaciones y un salón donde apenas cabíamos todos cuando venían a comer los domingos. Pero vi la desesperación en sus caras. Y cedí.

Los días siguientes fueron un caos. Los niños correteaban por todas partes; Sergio llegaba tarde y cansado; Marta intentaba mantener el orden y buscar trabajo desde el móvil. Yo me refugiaba en la cocina, preparando guisos como los que hacía mi madre en tiempos peores.

Pero la tensión crecía. Una tarde escuché a Marta llorar en el baño. Me acerqué y la oí decirle a Sergio:
—No puedo más. Mi padre nos mira como si fuéramos una carga.

Me dolió más de lo que podía admitir. ¿Era cierto? ¿Me estaba volviendo un viejo amargado?

Empecé a evitarles. Salía más tiempo al parque; me apunté a clases de ajedrez en el centro de mayores. Pero cada vez que volvía a casa y veía las mochilas tiradas en el pasillo y los platos sin fregar, sentía una mezcla de rabia y ternura.

Una noche discutimos fuerte. Marta quería usar mis ahorros para pagar una deuda del banco.
—¡Es para los niños! —gritó ella—. ¡No entiendes nada!
—¡Son mis ahorros! —respondí—. ¡Toda mi vida trabajando para tener algo para cuando yo falte!

Lucía escuchó todo desde la puerta. Al día siguiente me hizo esa pregunta: “Abuelo, ¿por qué no quieres que vivamos mejor?”

Esa noche no dormí. Recordé mi infancia en Vallecas, cuando compartíamos colchón entre cinco hermanos y mi madre hacía milagros con un trozo de pan duro y un poco de aceite. Recordé cómo juré que mis hijos nunca pasarían hambre ni frío. Pero ahora veía a Marta desesperada y a mis nietos creciendo entre discusiones y silencios.

Al día siguiente llevé a Lucía al parque.
—¿Sabes? —le dije— Cuando era pequeño, mi padre también tenía miedo. Miedo a perderlo todo. Por eso a veces parece que no quiero ayudaros… pero es solo miedo.
Ella me abrazó fuerte.

Esa tarde reuní a toda la familia en el salón.
—He estado pensando —dije—. No tengo todas las respuestas ni puedo solucionarlo todo. Pero vamos a buscar ayuda juntos: servicios sociales, asociaciones del barrio… Y vamos a repartirnos las tareas aquí en casa para que esto no sea un caos.

Marta lloró otra vez, pero esta vez fue distinto: me abrazó como cuando era niña.

No sé si hicimos bien o mal. Solo sé que el amor duele, pero también salva.

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde debe llegar un abuelo por su familia?