Volver a empezar a los cincuenta y tres: La historia de Carmen de Salamanca

—¿De verdad vas a salir así, mamá? —La voz de mi hija Lucía retumbó en el pasillo mientras yo me miraba al espejo, ajustando el pañuelo rojo que hacía años no me atrevía a ponerme. Tenía cincuenta y tres años y, por primera vez en mucho tiempo, sentía mariposas en el estómago. No era por el pañuelo, ni por la ropa. Era porque iba a reencontrarme con Andrés, un antiguo compañero de la universidad al que no veía desde hacía más de tres décadas.

—¿Y por qué no? —le respondí, intentando sonar segura, aunque por dentro temblaba. Lucía me miró como si hubiera dicho una locura. Mi marido, Enrique, ni siquiera levantó la vista del periódico. Últimamente, parecía que vivíamos en universos paralelos.

La vida en Salamanca siempre había sido tranquila, casi predecible. Me casé joven, tuve dos hijos, trabajé como administrativa en una pequeña gestoría y, cuando los niños crecieron, mi vida se redujo a rutinas: la compra en el mercado central, las tardes de café con las vecinas, las cenas silenciosas con Enrique. Pero aquel mensaje de Andrés lo cambió todo: “¿Te gustaría tomar un café y recordar viejos tiempos?”

El café estaba lleno de gente, pero cuando vi a Andrés junto a la ventana, sentí que el tiempo retrocedía. Había envejecido, claro, pero su sonrisa seguía siendo la misma. Hablamos durante horas: de nuestros hijos, del trabajo, de los sueños que dejamos atrás. Me preguntó si era feliz y no supe qué responder. Me limité a mirar mis manos y cambiar de tema.

Esa noche no pude dormir. La pregunta de Andrés me perseguía: ¿Era feliz? ¿O simplemente estaba acostumbrada a no serlo? Al día siguiente, mientras preparaba la comida, Enrique entró en la cocina.

—¿Con quién quedaste ayer? —preguntó sin mirarme.

—Con un amigo de la universidad —respondí, intentando sonar natural.

—¿Y para qué? —Su tono era seco, casi acusador.

—Para hablar. Para recordar…

No dijo nada más. Pero desde ese día, el silencio entre nosotros se volvió más denso. Lucía empezó a hacerme preguntas incómodas: “¿Estás bien?”, “¿Te pasa algo?”, “¿Vas a dejar a papá?”

Yo misma no tenía respuestas. Solo sabía que algo dentro de mí había despertado. Empecé a salir más: retomé las clases de pintura que había abandonado al casarme, me apunté a un grupo de senderismo y volví a leer novelas que me hacían soñar con otros mundos. Andrés y yo seguimos viéndonos, primero como amigos, luego como algo más. Me sentía viva y culpable al mismo tiempo.

Una tarde de domingo, mientras preparaba la tortilla para cenar, Enrique me miró fijamente.

—¿Vas a seguir viéndolo?

No pude mentirle.

—Sí —dije bajito—. Porque contigo ya no soy feliz.

El silencio fue brutal. Enrique salió de la cocina y escuché cómo se cerraba la puerta del dormitorio. Lucía lloró cuando se lo conté; mi hijo Pablo me llamó egoísta desde Madrid. Mis amigas dejaron de invitarme a sus meriendas. De repente, era una mujer sola en una ciudad pequeña donde todos se conocen y todos juzgan.

Hubo días en los que pensé en rendirme. En volver atrás y pedir perdón por haber querido algo más. Pero entonces recordaba la pregunta de Andrés y la respuesta que finalmente me atreví a darme: merecía ser feliz, aunque fuera tarde.

Andrés me propuso irnos juntos a vivir a un pueblo cerca de la sierra de Francia. Dudé mucho: ¿cómo iba a empezar de cero con más de cincuenta años? ¿Cómo iba a dejar atrás todo lo conocido? Pero lo hice. Alquilamos una casa pequeña con jardín y aprendí a plantar tomates y cuidar gallinas. Por primera vez en años, reí hasta llorar y lloré sin miedo a ser juzgada.

Mis hijos tardaron meses en hablarme sin reproches. Mi exmarido rehízo su vida antes que yo. Salamanca siguió su curso sin mí. Pero yo aprendí que la vida no se acaba después de los cincuenta; solo cambia el escenario y los actores principales.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven atrapadas en rutinas que ya no les hacen felices? ¿Cuántas callan sus deseos por miedo al qué dirán? ¿Y si nos atreviéramos todas a buscar nuestra propia felicidad, aunque sea tarde?