Cuando el Amor se Convierte en Fortaleza: La Historia de Lucía y Sergio

—¿Por qué a mí, Sergio? ¿Por qué ahora? —La voz de Lucía temblaba mientras sostenía la carta del hospital entre sus manos. Era una tarde de noviembre, fría y gris, y el salón olía a café recién hecho y a miedo. Yo no supe qué decir. Me limité a abrazarla, sintiendo cómo su cuerpo se deshacía en mis brazos, como si el diagnóstico hubiese borrado de golpe todos nuestros planes.

Hasta ese día, nuestra vida era sencilla. Vivíamos en un piso modesto en Vallecas, con nuestros dos hijos, Marta y Álvaro. Yo trabajaba como administrativo en una gestoría y Lucía era profesora de primaria. Nos quejábamos de lo típico: el alquiler, los deberes de los niños, el tráfico de la M-30. Pero todo eso se volvió insignificante cuando escuchamos esas palabras: esclerosis múltiple.

Las primeras semanas fueron un torbellino de médicos, pruebas y lágrimas. Recuerdo una noche en particular. Lucía estaba sentada en la cama, mirando por la ventana. —No quiero que me veas débil —susurró—. No quiero que los niños me vean así. Me senté a su lado y le cogí la mano. —No eres débil, Lucía. Eres la persona más fuerte que conozco. Pero no tienes que luchar sola.

A partir de entonces, nuestra rutina cambió por completo. Yo aprendí a hacer trenzas para Marta porque Lucía ya no podía levantar bien los brazos. Aprendí a cocinar lentejas como las hacía mi suegra, aunque nunca me salían igual. Aprendí a pedir ayuda, algo que siempre me había costado horrores. Mi madre venía a casa dos veces por semana para ayudar con los niños y las tareas. Mi cuñado, Fernando, se ofreció a llevar a Lucía a las sesiones de rehabilitación cuando yo no podía salir antes del trabajo.

Pero no todo era solidaridad y comprensión. Hubo días en los que sentí rabia, impotencia, incluso celos de las familias que veía en el parque, corriendo tras sus hijos sin preocuparse por nada más que la merienda. Hubo noches en las que discutíamos por tonterías: por el ruido de la tele, por el desorden en la cocina, por quién debía recoger a Álvaro del fútbol. Una vez, después de una discusión especialmente tensa, Lucía me gritó: —¡No quiero ser una carga! Si quieres irte, vete ahora.

Me quedé helado. La miré a los ojos y vi el miedo detrás de su furia. Me arrodillé frente a ella y le dije: —No me voy a ir a ninguna parte. Esto lo vamos a pasar juntos, aunque nos cueste la vida.

Los niños también notaron el cambio. Marta empezó a tener pesadillas y Álvaro se volvió más callado. Una tarde, mientras le ayudaba con los deberes, me preguntó: —Papá, ¿mamá se va a morir? Sentí un nudo en la garganta. —No lo sé, hijo. Pero vamos a hacer todo lo posible para que esté bien mucho tiempo.

La familia se volcó con nosotros, pero no todos los amigos supieron estar a la altura. Algunos dejaron de llamarnos; otros evitaban hablar del tema cuando venían a casa. Me dolió descubrir quiénes estaban solo para las cervezas y quiénes realmente nos querían.

Un día, Lucía decidió volver al colegio para dar clases unas horas a la semana. Fue duro al principio; necesitaba ayuda para subir las escaleras y se cansaba enseguida. Pero sus alumnos la recibieron con dibujos y cartas de ánimo. —Me siento viva otra vez —me confesó una noche—. Aunque sea solo por unas horas.

La enfermedad avanzaba despacio pero implacable. Hubo días buenos y días malos. Días en los que Lucía podía salir a pasear conmigo por el Retiro y días en los que no podía levantarse del sofá. Aprendimos a celebrar las pequeñas victorias: una tarde sin dolor, una comida en familia sin lágrimas.

Una mañana de primavera, mientras peinaba a Marta antes de ir al colegio, ella me miró seria y me dijo: —Papá, eres muy bueno haciendo trenzas… pero prefiero cómo las hace mamá. Sonreí y le respondí: —A mí también me gustan más las suyas… pero mientras tanto, tendrás que conformarte conmigo.

A veces pienso en todo lo que hemos perdido: viajes que nunca haremos, sueños que tuvimos que dejar atrás. Pero también pienso en lo que hemos ganado: una familia más unida, una fuerza que nunca imaginé tener, un amor que resiste incluso cuando todo parece derrumbarse.

Ahora, cada noche antes de dormir, le doy la mano a Lucía y le susurro: —Gracias por seguir aquí conmigo. Ella sonríe y me aprieta los dedos con la poca fuerza que le queda.

¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar por amor? ¿Cuántos sacrificios estamos dispuestos a hacer antes de rendirnos? Yo todavía no tengo la respuesta… ¿y vosotros?