¿Por qué tengo que ser yo la que cuide de ella? Una historia sobre heridas familiares que nunca sanan

—¿Por qué tienes que ser siempre tan egoísta, Lucía? —La voz de mi hermano Sergio retumbó en el pasillo, tan fría y cortante como el viento de enero en Madrid.

Me quedé quieta, con las llaves temblando en la mano. Mi madre, postrada en la habitación, tosía suavemente. El olor a medicamentos y sopa fría impregnaba el aire. Cerré los ojos un segundo, intentando no llorar. ¿Egoísta? ¿Yo? ¿Después de toda una vida siendo la sombra de mi hermano, la hija invisible, la que nunca era suficiente?

—No puedo hacerlo, Sergio —susurré, apenas audible—. No puedo dejar mi trabajo, mi vida… No puedo ser yo la que se quede aquí para siempre.

Él bufó, cruzándose de brazos. —Siempre igual. Mamá te necesita y tú solo piensas en ti. ¿Sabes lo que diría papá si estuviera vivo?

Sentí un nudo en la garganta. Papá. El único que alguna vez me miró con ternura, que me defendía cuando mamá me ignoraba o me comparaba con Sergio. Pero papá ya no estaba y, desde su muerte, la casa se había vuelto aún más fría.

Me apoyé contra la pared, mirando los cuadros familiares: Sergio con su título universitario, Sergio en su boda, Sergio con mamá en la playa. Yo apenas aparecía en las fotos. Siempre detrás, siempre desenfocada.

—¿Por qué no puedes hacerlo tú? —pregunté, con la voz rota—. Tienes un trabajo flexible, vives cerca…

Sergio me miró como si hubiera dicho una barbaridad.—Yo tengo una familia, Lucía. Dos niños pequeños. No puedo dejarlo todo. Además… —hizo una pausa— Mamá siempre ha confiado más en ti para estas cosas.

Solté una carcajada amarga.—¿En mí? ¿De verdad crees eso? Siempre fuiste su favorito. Yo solo estaba aquí para no molestar.

El silencio cayó entre nosotros como una losa. Desde la habitación, mamá llamó mi nombre con voz débil.

Entré despacio. Su rostro estaba pálido y cansado. Me miró con esos ojos grises que tantas veces me juzgaron.—Lucía, hija… ¿Vas a quedarte conmigo?

No supe qué responder. Sentí rabia y tristeza mezcladas. Recordé todas las veces que de niña le llevaba dibujos y ella apenas los miraba; cómo celebraba cada logro de Sergio mientras a mí me decía: «Tienes que esforzarte más».

—No lo sé, mamá —dije al fin—. No sé si puedo.

Ella suspiró.—Siempre tan complicada…

Salí al balcón a respirar aire fresco. Madrid seguía su ritmo ajeno a mi dolor: coches pitando, vecinos discutiendo por el fútbol, niños jugando en el parque. Me pregunté cuántas hijas estarían viviendo lo mismo: sacrificando sus sueños por una madre que nunca supo quererlas igual.

Esa noche dormí mal. Soñé con mi infancia: cumpleaños olvidados, tardes sola en mi cuarto mientras Sergio jugaba con mamá al parchís. Desperté con los ojos húmedos y el corazón encogido.

Al día siguiente, mi tía Carmen vino a casa.—Lucía, cariño… Todos estamos preocupados por tu madre. Pero también por ti. No tienes por qué cargar tú sola con esto.

—¿Y quién lo hará si no? Sergio no quiere y nadie más se ofrece.

Carmen me abrazó.—A veces hay que pensar en una misma. No eres mala hija por querer vivir tu vida.

Pero la culpa me devoraba por dentro. En el trabajo no podía concentrarme; mis amigas notaban que estaba ausente.—¿Por qué no pides ayuda profesional? —me sugirió Marta—. Hay residencias buenas, cuidadoras…

Pero en mi familia eso era tabú. «A las madres se las cuida en casa», repetía mamá desde siempre.

Una tarde, después de otra discusión con Sergio —esta vez por teléfono— exploté:

—¡Basta! No voy a dejar mi vida por mamá. Ya lo hice demasiadas veces sin que nadie lo notara. Si tú no puedes ayudar, buscaremos otra solución.

Colgué temblando. Lloré como hacía años no lloraba.

Esa noche fui a ver a mamá. Estaba más débil que nunca.—Lucía… ¿Por qué estás tan distante?

Me senté junto a su cama.—Mamá, toda la vida he intentado ser la hija que querías y nunca lo he conseguido. Ahora me pides que renuncie a todo por ti… No puedo más.

Ella me miró largo rato.—Siempre fuiste tan sensible…

—No soy débil —le respondí—. Solo estoy cansada de no ser vista.

Por primera vez vi un destello de comprensión en sus ojos.—Quizá no he sido justa contigo…

No dije nada más. Me marché sabiendo que algo había cambiado dentro de mí.

Al final contratamos a una cuidadora y yo volví a mi piso pequeño pero mío, con mis plantas y mis libros. Sergio dejó de hablarme durante meses; mamá apenas preguntaba por mí cuando llamaba.

Pero yo empecé a respirar de nuevo. A veces la culpa vuelve como un eco lejano, pero también siento alivio y una extraña paz.

¿Es egoísmo elegir tu propio bienestar cuando toda la vida te han pedido sacrificarte? ¿Cuántas hijas más viven atrapadas entre el deber y el deseo de ser vistas y queridas tal como son?