Mi Padre, Mi Decisión: El Precio de una Elección Imposible
—¿De verdad vas a negarle esto a tu propio padre?— La voz de mi madre retumbó en la cocina, tan fría como la losa bajo mis pies. Yo apretaba la taza de café con fuerza, como si así pudiera evitar que mis manos temblaran. Mi hermana Marta me miraba desde la puerta, con los ojos enrojecidos y una mezcla de rabia y súplica en la mirada.
No respondí. ¿Qué podía decir? ¿Que no podía salvarle la vida al hombre que me había destrozado la infancia? ¿Que cada vez que escuchaba su nombre sentía un nudo en el estómago, como si tuviera quince años otra vez y él estuviera gritando en el pasillo?
Mi padre, Antonio Sánchez, era un hombre duro, de esos que crecieron en la posguerra y aprendieron a sobrevivir a base de callos en las manos y palabras afiladas. Nunca supo pedir perdón. Cuando era niña, sus gritos llenaban la casa como un trueno. A veces era por las notas del colegio, otras porque no encontraba el mando de la tele. Recuerdo una vez, tendría yo ocho años, que rompí un vaso sin querer. Él me agarró del brazo y me zarandeó tan fuerte que me dejó un moratón durante días. Mi madre siempre decía: “Es su forma de querer”. Pero yo nunca lo sentí así.
Años después, cuando por fin me fui a estudiar a Salamanca, juré que no volvería a esa casa más que lo estrictamente necesario. Pero España es pequeña y las familias, aún más. Las Navidades eran un campo minado; bastaba una copa de vino para que todo estallara. Marta siempre intentaba mediar, pero yo sabía que ella también tenía cicatrices, aunque las escondiera mejor.
El año pasado, todo cambió. Mi padre enfermó de los riñones. Al principio pensé que era otra excusa para llamar la atención, pero cuando le vi en el hospital, tan delgado y pálido, sentí una punzada de compasión. El médico fue claro: necesitaba un trasplante o no sobreviviría mucho tiempo.
—Lucía, eres compatible —me dijo mi madre una tarde, mientras pelaba patatas para la cena—. Eres su única esperanza.
Me quedé helada. ¿Cómo podía pedirme eso? ¿Cómo podía mi familia esperar que le diera una parte de mí al hombre que me había hecho tanto daño?
Las semanas siguientes fueron un infierno. Mi padre no decía nada; sólo me miraba con esos ojos grises, llenos de orgullo y miedo. Marta me llamaba cada noche:
—No puedes dejarle morir, Lucía. Es nuestro padre.
—¿Y dónde estaba él cuando yo necesitaba un padre? —le respondía yo—. ¿Dónde estaba cuando llorábamos en silencio para que no nos oyera?
Pero la culpa es pegajosa. Me perseguía en sueños, en el metro camino al trabajo, en cada conversación con mi pareja, Sergio. Él intentaba apoyarme:
—No tienes ninguna obligación con él —me decía—. Nadie puede exigirte esto.
Pero yo sentía el peso de generaciones sobre mis hombros; el deber familiar, el qué dirán del pueblo, las miradas en misa los domingos.
El día que tomé la decisión fue uno de los más duros de mi vida. Llamé a mi madre y le dije que no podía hacerlo. Que no iba a donar mi riñón. Que lo sentía, pero tenía que pensar en mí por primera vez.
El silencio al otro lado del teléfono fue peor que cualquier grito.
—Eres una egoísta —susurró mi madre antes de colgar.
Desde entonces, la familia se rompió en dos. Marta dejó de hablarme; mis tíos me miran con desprecio cuando paso por el mercado; incluso mi abuela se negó a felicitarme por mi cumpleaños. Mi padre sigue en lista de espera, cada vez más débil. A veces pienso en ir a verle al hospital, pero no tengo fuerzas.
He perdido a casi toda mi familia por esta decisión. Pero también he ganado algo: la certeza de que merezco cuidar de mí misma. No soy menos hija por protegerme del daño; no soy menos persona por negarme a sacrificarme por quien nunca me protegió.
A veces me despierto en mitad de la noche y me pregunto: ¿Habría sido diferente si él hubiera pedido perdón? ¿Si alguna vez hubiera reconocido el dolor que causó?
¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad hacia quienes nos hicieron daño? ¿Dónde está el límite entre el perdón y la dignidad?
¿Vosotros qué haríais? ¿Seríais capaces de perdonar y darlo todo por vuestra familia… aunque os lo hubieran quitado todo antes?