Un cumpleaños inolvidable: El precio de un sueño materno
—¿De verdad vas a gastarte todos tus ahorros en una fiesta, mamá? —La voz de Luis retumbó en el salón, mezclándose con el eco de los pasos de Carmen, que cruzaba los brazos y me miraba con esa mezcla de incredulidad y reproche que tan bien dominaba.
Me quedé quieta, con el teléfono aún en la mano, el corazón latiéndome fuerte. Acababa de reservar el salón del centro cultural del barrio para mi setenta cumpleaños. Era mi sueño desde hacía años: reunir a toda la familia, los amigos de la infancia, los vecinos de siempre. Una noche para celebrar la vida, para sentirme viva. Pero ahora, frente a la mirada dura de mi hijo y el silencio gélido de mi nuera, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—Es mi dinero, Luis. He trabajado toda la vida para esto —dije, intentando que mi voz no temblara.
Luis suspiró, se pasó la mano por el pelo y me miró como si fuera una niña caprichosa. —Mamá, podrías ayudar a los niños con ese dinero. ¿Sabes lo que cuesta una matrícula universitaria hoy en día? Carmen y yo estamos ahogados con la hipoteca, los gastos… ¿No puedes esperar un poco más?
Carmen no dijo nada, pero su silencio era más elocuente que cualquier palabra. Me sentí pequeña, egoísta. Pero también cansada. Cansada de esperar siempre, de ponerme siempre la última.
—Llevo toda la vida esperando —susurré—. Siempre he pensado primero en vosotros. Pero esta vez… esta vez quiero pensar en mí.
Luis negó con la cabeza y salió del salón. Escuché cómo se cerraba la puerta del piso con un portazo seco. Carmen me miró un segundo más antes de seguirle. Me quedé sola, con el eco de mis palabras flotando en el aire.
Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces a mirar la lista de invitados, a repasar mentalmente los platos que quería encargar al catering, a imaginarme bailando un pasodoble con mis amigas del centro de mayores. Pero cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Luis, decepcionado y enfadado.
Los días siguientes fueron un desfile de llamadas incómodas y mensajes cortos. Mi hija Ana me llamó desde Valencia:
—Mamá, ¿de verdad vas a hacer una fiesta tan grande? ¿No crees que es mucho lío para ti?
—No te preocupes, hija. Ya está todo organizado —mentí.
—Bueno… Si tú lo tienes claro… —dijo Ana, pero su tono era distante.
El día del cumpleaños llegó con un cielo gris y una humedad pegajosa. El salón estaba precioso: guirnaldas doradas, mesas largas llenas de flores y fotos antiguas, una orquesta pequeña afinando instrumentos en una esquina. Los primeros en llegar fueron mis amigas del barrio: Pilar, Concha y Mercedes. Me abrazaron fuerte, me llenaron de besos y risas.
Pero las horas pasaban y las sillas reservadas para mi familia seguían vacías. Miraba el reloj cada pocos minutos. Los invitados preguntaban por Luis, por Ana, por los nietos. Yo sonreía y decía que llegarían más tarde.
A las nueve de la noche, cuando ya habían servido el segundo plato y la música sonaba alta, recibí un mensaje de Luis: “No vamos a ir. Lo siento.”
Sentí un nudo en el estómago. Salí al patio para respirar aire fresco. Mercedes me siguió y me abrazó sin decir nada.
—¿Sabes? —me dijo al oído— A veces hay que elegir entre los sueños y la paz. Pero nadie debería tener que renunciar siempre a lo que desea.
Volví al salón y bailé hasta que me dolieron los pies. Reí con mis amigas, brindé por los años vividos y por los que vendrán. Pero al llegar a casa, cuando apagué las luces y me senté en el sofá vacío, las lágrimas cayeron sin remedio.
Al día siguiente encontré una carta bajo la puerta. Era de Carmen:
“Entiendo que quieras celebrar tu vida, pero nos duele sentirnos apartados. Quizá no supimos decirlo bien. Ojalá podamos hablarlo algún día.”
Guardé la carta en el cajón junto a las fotos del cumpleaños. No sé si hice bien o mal. Solo sé que por una noche fui feliz como hacía años no lo era.
Ahora miro las sillas vacías en el comedor y me pregunto: ¿Vale la pena perseguir un sueño si eso significa perder a quienes amas? ¿O es justo pedirle a una madre que renuncie siempre a sí misma?