Traición en la sobremesa: El relato de Carmen de Valladolid

—¿Por qué tienes ese mensaje en tu móvil, Luis? —pregunté con la voz temblorosa, el móvil aún en mi mano, la pantalla iluminando la penumbra de la cocina.

Luis me miró, primero sorprendido, luego derrotado. El olor a lentejas aún flotaba en el aire, pero ya nada olía igual. Mi hija Lucía, de quince años, subía las escaleras con los auriculares puestos, ajena al terremoto que acababa de sacudir nuestra casa de Valladolid.

—Carmen, no es lo que piensas… —balbuceó él, pero ya era tarde. Había leído cada palabra. Cada promesa. Cada mentira.

Me senté en la silla de madera, esa que tantas veces había ocupado para corregir deberes o tomar café con mi madre. Ahora era un lugar extraño, frío. Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté, sin mirarle. El silencio fue su respuesta. El reloj de pared marcaba las seis y cuarto. El tiempo parecía haberse detenido.

Luis se sentó frente a mí. Sus manos temblaban. —Carmen, por favor…

—¿Cuánto tiempo llevas engañándome? —repetí, esta vez más fuerte.

—Desde hace un año —susurró.

Un año. Doce meses de cenas familiares, vacaciones en la playa de San Vicente, cumpleaños y aniversarios. Todo teñido por la mentira. Sentí una rabia sorda subir por mi garganta.

—¿Y Lucía? ¿También le has mentido a ella? ¿A tu propia hija?

Luis bajó la cabeza. No podía mirarme a los ojos. Yo tampoco podía mirarle a él sin sentir náuseas.

Esa noche dormí en el sofá. O fingí dormir. Escuché a Luis llorar en silencio en nuestra habitación. Escuché a Lucía reírse viendo vídeos en su móvil. Y escuché mi propio corazón romperse una y otra vez.

Al día siguiente, mi madre vino a casa. Me bastó una mirada para que supiera que algo iba mal.

—¿Qué te pasa, hija? —me preguntó mientras preparaba café.

—Luis me ha engañado —dije sin rodeos. Mi madre se quedó quieta, la cafetera humeando entre sus manos.

—¿Con quién?

—Con una compañera del trabajo. Se llama Marta.

Mi madre suspiró y me abrazó fuerte. —No estás sola, Carmen. Pase lo que pase, aquí estoy.

Pero yo me sentía sola. Más sola que nunca. En el supermercado, en el trabajo del centro de salud donde soy administrativa, incluso en el parque donde solía pasear con Lucía los domingos por la tarde.

Las semanas pasaron como un vendaval. Luis se fue a vivir con su hermano Andrés mientras decidíamos qué hacer. Lucía dejó de hablarme durante días; me culpaba a mí por haber destapado todo.

—¡Si no hubieras mirado su móvil, nada de esto habría pasado! —me gritó una tarde, tirando la puerta de su habitación.

Me senté en el pasillo y lloré hasta quedarme sin lágrimas. ¿Era yo la culpable? ¿Por no haberme dado cuenta antes? ¿Por haber querido saber la verdad?

En el trabajo, mis compañeras notaron mi tristeza. Pilar me invitó a tomar un café después del turno.

—Carmen, tienes que pensar en ti —me dijo.— No puedes cargar con todo el peso tú sola.

Pero yo no sabía cómo hacerlo. Toda mi vida había girado en torno a mi familia: las comidas del domingo con mis suegros en Parquesol, los partidos de baloncesto de Lucía los sábados por la mañana, las noches de cine en casa… Ahora todo eso era un recuerdo doloroso.

Un día recibí un mensaje de Luis: “¿Podemos hablar? Echo de menos a Lucía”. Dudé antes de responderle. Quedamos en una cafetería cerca del Pisuerga. Él llegó antes que yo; parecía más viejo, más cansado.

—Carmen, lo siento mucho —dijo nada más verme.— No quería haceros daño.

—Pero lo hiciste —respondí.— Y ahora no sé si podré perdonarte algún día.

Luis asintió en silencio. Hablamos largo rato sobre Lucía, sobre cómo podíamos ayudarla a entender lo que había pasado. Por primera vez desde el día de la traición, sentí un atisbo de compasión por él… y por mí misma.

Esa noche hablé con Lucía sentadas en su cama, rodeadas de peluches y pósters de grupos españoles.

—Sé que estás enfadada conmigo —le dije.— Pero esto no es culpa tuya ni mía. A veces los adultos cometemos errores muy grandes.

Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas.— ¿Vamos a volver a ser una familia?

No supe qué responderle. Solo la abracé fuerte y le prometí que siempre estaríamos juntas pase lo que pase.

Poco a poco empecé a reconstruirme. Volví a salir con amigas del instituto; retomé mis clases de yoga; incluso me atreví a viajar sola un fin de semana a Salamanca para visitar a mi prima Elena. Aprendí a disfrutar del silencio y de mi propia compañía.

Luis y yo seguimos hablando por Lucía. A veces discutimos; otras veces conseguimos reírnos recordando anécdotas del pasado. No sé si algún día podré perdonarle del todo, pero sí sé que no quiero vivir anclada al rencor.

Hoy escribo estas líneas sentada en la misma cocina donde todo se rompió. La luz entra por la ventana y Lucía me llama desde el salón para ver una película juntas.

Me pregunto: ¿Es posible volver a confiar después de una traición tan profunda? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrarse? ¿Vosotros qué pensáis?