Siete años bajo el mismo techo: la historia de Lucía y su suegra
—¿Y ahora qué vas a hacer, Lucía? —me preguntó mi hermana Carmen, con esa mezcla de preocupación y reproche que sólo una hermana mayor sabe usar.
Me quedé mirando la maleta abierta sobre la cama, las prendas apiladas sin orden, como mi vida. El eco de la pregunta retumbaba en mi cabeza. ¿Qué iba a hacer? Había pasado siete años viviendo en el piso de mi exsuegra, Doña Pilar, en el barrio de Chamberí, creyendo que ese pequeño refugio era mío por derecho. Pero ahora, con una carta de desahucio en la mano y el corazón hecho trizas, me sentía más sola que nunca.
Todo empezó cuando terminé la carrera de Filología Hispánica en la Complutense. Mi madre siempre decía que estudiar letras era condenarse a la precariedad, pero yo soñaba con ser profesora. Fue entonces cuando conocí a Álvaro en una fiesta universitaria. Era divertido, guapo y tenía esa seguridad que a mí me faltaba. Nos casamos rápido, demasiado rápido según Carmen. “No corras tanto, Lucía”, me decía. Pero yo sólo quería sentirme parte de algo.
La familia de Álvaro era distinta a la mía. Su madre, Doña Pilar, era una mujer elegante, de esas que nunca pierden la compostura. Al principio me acogió con los brazos abiertos. Cuando Álvaro y yo nos separamos —apenas dos años después de casarnos—, fue ella quien me ofreció quedarme en su piso mientras encontraba trabajo estable. “Aquí tienes tu casa”, me dijo con una sonrisa que entonces creí sincera.
Los primeros meses fueron tranquilos. Yo daba clases particulares y buscaba plaza en algún instituto público. Doña Pilar viajaba mucho a Santander y apenas nos cruzábamos. Pero con el tiempo, su actitud cambió. Empezó a dejar notas en la nevera: “No olvides limpiar el baño”, “La luz está muy cara, apaga más”. Pequeños recordatorios que se fueron convirtiendo en reproches velados.
Una noche, mientras cenábamos juntas, soltó:
—Lucía, ya va siendo hora de que vayas pensando en independizarte, ¿no crees?
Me atraganté con la sopa. No supe qué decir. ¿Independizarme? ¿De dónde? ¿Con qué dinero? Mi contrato de interina era temporal y apenas llegaba a fin de mes.
—Estoy buscando —mentí—. Pero ya sabes cómo está todo…
Ella asintió, pero sus ojos decían otra cosa. Desde entonces, el ambiente se volvió irrespirable. Cada vez que llegaba tarde del trabajo encontraba alguna indirecta: las llaves cambiadas de sitio, la calefacción apagada en pleno enero, comentarios sobre “la gente que se acomoda”.
Carmen venía a verme los domingos y siempre me preguntaba lo mismo:
—¿Por qué no te vienes a casa unos meses?
Pero yo no quería volver al piso familiar en Vallecas. Sentía que sería un fracaso admitir que no había podido salir adelante sola.
Un día, al volver del instituto donde cubría una baja, encontré a Doña Pilar esperándome en el salón con una carta en la mano.
—Lucía, tienes dos meses para irte. Mi sobrina Marta necesita el piso.
No lloré delante de ella. Me limité a asentir y subí a mi habitación. Pero esa noche lloré como una niña pequeña. Lloré por mi matrimonio fallido, por mi dependencia, por todas las veces que esperé que alguien viniera a salvarme.
Las semanas siguientes fueron un desfile de cajas y recuerdos empaquetados a toda prisa. Carmen me ayudó a buscar habitaciones en pisos compartidos por el centro. “No es para siempre”, me repetía. Pero yo sentía que todo lo que había construido se desmoronaba.
El día que me fui, Doña Pilar ni siquiera salió a despedirse. Sólo escuché su voz desde la cocina:
—Cierra bien la puerta al salir.
En el portal, Carmen me abrazó fuerte.
—No estás sola, Lucía. Pero tienes que aprender a pedir ayuda antes de que sea tarde.
Ahora vivo en un piso compartido con tres desconocidas: Ana, una enfermera gallega; Rocío, estudiante de arquitectura; y Teresa, una actriz sevillana que siempre llega tarde y nunca paga el wifi a tiempo. No es ideal, pero al menos es mío… o casi.
A veces pienso en Doña Pilar y siento rabia. ¿Cómo pudo echarme después de tantos años? ¿No éramos familia? Pero luego me doy cuenta de que fui yo quien se acomodó a una situación insostenible por miedo al cambio.
Hoy he decidido apuntarme a unas oposiciones para secundaria. No sé si aprobaré, pero por primera vez en mucho tiempo siento que tengo el control sobre mi vida.
¿Hasta qué punto debemos esperar que los demás nos salven? ¿Cuándo es el momento de dejar de ser huéspedes en la vida ajena y empezar a construir la propia? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa mezcla de rabia y alivio al romper con el pasado?