No te regalé el piso, solo te dejé vivir en él: Historia de una madre, una hija y los límites del amor

—No es tuyo, Lucía. No lo entiendes. Nunca te lo he regalado, solo te dejé vivir aquí porque eres mi hija—. Mi voz temblaba, pero intentaba mantenerme firme. Lucía me miraba desde el otro lado del salón, con los ojos llenos de rabia y lágrimas contenidas. El piso, ese piso antiguo de Lavapiés con las baldosas hidráulicas que crujen al caminar, parecía más pequeño que nunca.

A veces me pregunto en qué momento se rompió todo. Quizá fue cuando murió mi madre y heredé este piso, o tal vez mucho antes, cuando Lucía empezó a distanciarse de mí tras la separación con su padre. Pero aquel día, cuando le entregué las llaves y le dije: “Puedes quedarte aquí mientras te estabilizas”, no imaginé que años después acabaríamos discutiendo por algo tan frío como la propiedad.

Lucía tenía veintiséis años cuando se mudó. Acababa de terminar la carrera de Psicología y trabajaba en una cafetería mientras buscaba algo mejor. Yo vivía en Alcorcón con mi pareja, Antonio, y pensé que sería bueno que ella tuviera su espacio en Madrid. “Así podrá empezar su vida adulta sin agobios”, me repetía. Pero la vida adulta no es tan sencilla.

Al principio todo fue bien. Venía a verme los domingos, me llamaba para pedirme recetas o para contarme alguna anécdota del trabajo. Pero poco a poco las llamadas se hicieron menos frecuentes. Cuando le preguntaba si necesitaba algo, me respondía con monosílabos. “Estoy bien, mamá”.

Hasta que un día recibí una carta del banco. Lucía había dejado de pagar la comunidad y el seguro del piso. Fui a verla esa tarde, preocupada y algo enfadada.

—¿Por qué no me has dicho nada?— le pregunté al entrar.

Ella estaba sentada en el sofá, rodeada de papeles y facturas.

—No quería preocuparte. Estoy buscando otro trabajo, pero no sale nada—. Su voz era apenas un susurro.

Me senté a su lado y le cogí la mano.

—Lucía, este piso es una responsabilidad. No puedo hacerme cargo de todo yo sola.

Ella apartó la mirada y murmuró:

—Siempre me lo echas en cara…

A partir de ahí, las discusiones se volvieron habituales. Si yo le recordaba que debía pagar la comunidad, ella me acusaba de controlarla. Si le sugería buscar una compañera de piso para compartir gastos, se ofendía.

Un día, después de una discusión especialmente dura, Lucía me gritó:

—¡Tú nunca me has dado nada! ¡Siempre has puesto condiciones a todo! ¡Ni siquiera este piso es realmente mío!

Me quedé helada. ¿De verdad pensaba eso? ¿No veía todo lo que había hecho por ella?

Esa noche no pude dormir. Recordé mi propia juventud, cuando mis padres me dejaron vivir en este mismo piso mientras estudiaba Magisterio. Ellos también pusieron condiciones: “Cuida el piso, paga los gastos, no traigas a cualquiera”. Yo lo acepté sin rechistar porque sabía que era un privilegio. Pero Lucía… Lucía era diferente. Había crecido en otra época, con otras expectativas.

Las semanas pasaron y la tensión aumentó. Antonio me decía que debía ser más dura con ella.

—Si sigue así, nunca aprenderá a valerse por sí misma— insistía él.

Pero yo no podía echarla a la calle. Era mi hija.

Un sábado por la tarde fui al piso sin avisar. Al entrar, encontré a Lucía llorando en la cocina. Me acerqué y la abracé sin decir nada. Estuvimos así un buen rato.

—Mamá… No sé qué hacer con mi vida— sollozó.

Sentí un nudo en el estómago. Por primera vez vi a mi hija no como una adulta caprichosa, sino como una joven perdida y asustada.

—Vamos a buscar una solución juntas— le dije suavemente.

Durante las semanas siguientes intentamos organizarnos: hicimos un presupuesto, buscamos trabajos y hasta hablamos con una asistente social sobre ayudas al alquiler para jóvenes. Pero la herida seguía ahí: Lucía sentía que yo no confiaba en ella; yo sentía que ella no valoraba el esfuerzo que suponía mantener ese piso.

Una tarde, mientras tomábamos café en el balcón, Lucía me miró fijamente:

—¿Por qué nunca me has dado el piso? ¿Por qué siempre tienes que tener el control?

Me quedé callada unos segundos antes de responder:

—Porque tengo miedo de perderte si te lo doy… y miedo de perderte si no lo hago.

Ella bajó la mirada y suspiró.

—A veces siento que este piso es una cárcel… pero también es lo único que tengo.

Las palabras se quedaron flotando entre nosotras como un secreto incómodo.

Hoy sigo sin saber si hice bien o mal al dejarle vivir aquí sin regalarle el piso. La relación con Lucía sigue siendo complicada: hay días buenos y días malos. A veces pienso en venderlo todo e irme lejos; otras veces sueño con volver a ser una familia unida como antes.

¿Dónde está el límite entre ayudar y sobreproteger? ¿Hasta qué punto debemos sacrificar nuestra tranquilidad por los hijos? No sé si alguna vez encontraré respuestas… ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?