La herencia de la abuela: un hogar partido en dos
—¿Cómo que el piso es para Luis? —pregunté, con la voz temblando, mientras miraba a mi suegra a los ojos.
Era una tarde de domingo, de esas en las que el sol se cuela por las cortinas y parece que nada malo puede pasar. Pero allí estábamos, sentados alrededor de la mesa del salón, con mi marido, Andrés, y su hermano menor, Luis. Mi suegra, Carmen, sostenía una carpeta azul entre las manos. Nadie comía. Nadie sonreía.
—Es lo mejor para todos —dijo Carmen, sin mirarme—. Luis está solo, necesita estabilidad. Vosotros ya tenéis vuestra vida hecha.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Nuestra vida hecha? Vivimos en un estudio de treinta metros cuadrados en Vallecas, con nuestro hijo Mateo durmiendo en una cuna pegada a la cama. Andrés apretó mi mano bajo la mesa, pero no dijo nada. Siempre ha sido así: callado ante su madre, incapaz de enfrentarse a ella.
Luis bajó la mirada, incómodo. Tenía veintisiete años y acababa de perder su trabajo en una tienda de móviles. Siempre fue el favorito de Carmen, el niño mimado que nunca tuvo que esforzarse demasiado. Yo lo sabía, todos lo sabíamos, pero nunca imaginé que llegaría a esto.
—Mamá, pero… —intentó decir Andrés.
—No hay nada más que hablar —lo interrumpió ella—. Ya está decidido. El notario viene la semana que viene.
Salimos de esa casa como si nos hubieran echado a la calle. Mateo lloraba en el carrito y yo sentía que me faltaba el aire. En el metro, Andrés no levantó la vista del suelo. Yo quería gritarle, sacudirlo, preguntarle por qué no había defendido a su familia. Pero solo pude llorar en silencio.
Esa noche no dormí. Miraba el techo desconchado del estudio y pensaba en todas las veces que ayudamos a Carmen: cuando enfermó y pasamos semanas turnándonos para cuidarla; cuando Luis desaparecía durante días y éramos nosotros quienes la consolábamos. ¿Eso no valía nada?
Los días siguientes fueron una pesadilla. Carmen dejó de llamarnos. Luis evitaba nuestros mensajes. Andrés se encerró en sí mismo y Mateo empezó a preguntar por su abuela. Yo me sentía invisible, como si nuestra familia fuera menos importante solo porque no éramos los preferidos.
Una tarde, mientras recogía los juguetes del suelo, escuché a Andrés hablando por teléfono con su madre:
—Mamá, no es justo… Sí, ya sé… Pero Mateo también es tu nieto…
Me acerqué a la puerta y escuché cómo Carmen le decía que debía pensar en Luis, que nosotros somos fuertes y saldremos adelante. Sentí rabia, una rabia sorda y antigua, como si siempre hubiéramos sido los segundos.
Empecé a buscar pisos de alquiler más grandes, pero los precios eran imposibles. Lloré frente al ordenador mientras veía anuncios de habitaciones compartidas y pisos sin ascensor. ¿Eso era lo que nos merecíamos?
Un día decidí enfrentarme a Carmen. Fui sola a su casa, con el corazón en un puño.
—Carmen —le dije—, no vengo a pedirte nada para mí. Pero Mateo merece tener una abuela presente. No puedes borrarnos así.
Ella me miró con frialdad:
—No entiendes lo difícil que ha sido para mí tomar esta decisión.
—¿Difícil? —repliqué—. Lo difícil es ver cómo tu familia se rompe por una firma.
Salí de allí sintiéndome derrotada pero también liberada. Al menos había dicho lo que sentía.
Las semanas pasaron y la distancia se hizo costumbre. Andrés empezó a hablar más con Mateo sobre su abuela como si fuera alguien lejano. Yo intenté llenar ese vacío con juegos y cuentos antes de dormir.
Un día recibimos una carta: era la invitación a la firma ante notario. Andrés no quería ir, pero yo insistí.
En la notaría, Luis no podía mirarnos a los ojos. Carmen firmó los papeles con manos temblorosas. Cuando todo terminó, me acerqué a Luis:
—Espero que algún día entiendas lo que esto significa para nosotros.
Él solo asintió, sin decir palabra.
Volvimos al estudio y esa noche Andrés lloró por primera vez desde todo aquello. Me abrazó fuerte y me pidió perdón por no haber sabido defendernos mejor.
Pasaron los meses y aprendimos a vivir con menos expectativas y más amor entre nosotros tres. Encontré un trabajo extra limpiando casas para ahorrar algo más cada mes. Andrés empezó a buscar cursos para mejorar su situación laboral.
A veces Mateo pregunta por su abuela y yo le digo que las familias son complicadas pero que nosotros siempre estaremos juntos pase lo que pase.
Hoy escribo esto mirando por la ventana del estudio mientras Mateo duerme y Andrés lee en silencio. Sigo preguntándome si alguna vez podré perdonar esa injusticia o si aprenderé a vivir con ella como una cicatriz más.
¿De verdad una firma puede romper una familia? ¿O somos nosotros quienes decidimos si dejamos que eso ocurra?