Cenizas y cicatrices: La historia de Lucía en el barrio de Vallecas
—¡Mamá! ¡Mamá, despierta!—grité mientras el sonido de la sirena de la ambulancia se acercaba por la ventana del séptimo piso. El olor a vino barato impregnaba el aire del salón, mezclándose con el miedo y la rabia que me quemaban por dentro. Mi padre, Julián, se tambaleaba junto a la puerta, los ojos vidriosos y la voz rota: —No era mi intención, Lucía… yo…
Pero ya no podía escucharle. Solo veía a mi madre, Carmen, tendida en el suelo, la mejilla hinchada y la sangre manchando su bata de flores. Tenía catorce años y sentí que el mundo se partía en dos: antes y después de aquel golpe. Esa noche, mientras los sanitarios se llevaban a mi madre y los vecinos cuchicheaban en el rellano del bloque de Vallecas, juré que nunca sería una víctima. Ni de él, ni de nadie.
Los días siguientes fueron un desfile de trabajadores sociales, policías y miradas de lástima. Mi abuela Rosario vino desde Alcorcón para quedarse conmigo. —Lucía, hija, tienes que ser fuerte. Tu madre te necesita—me decía mientras me preparaba un café con leche que sabía a consuelo y resignación.
Pero yo no quería consuelo. Quería justicia. Quería que mi padre pagara por lo que había hecho. Cuando le detuvieron, le vi por última vez desde el pasillo del juzgado. Me miró con una mezcla de vergüenza y súplica. Yo aparté la mirada.
El barrio no olvida. En el instituto, algunos compañeros me miraban con compasión; otros murmuraban a mis espaldas: —Esa es la hija del borracho que casi mata a su mujer…
Intenté refugiarme en los estudios, pero la rabia me devoraba por dentro. Mi hermano pequeño, Sergio, apenas hablaba. Se encerraba en su cuarto con los cascos puestos y evitaba cualquier conversación sobre papá. Mi madre volvió del hospital con la cara marcada y el alma rota. No quería denunciarle al principio. —Es tu padre, Lucía… Todos cometemos errores—susurraba entre lágrimas.
—¿Errores? ¡Casi te mata!—le grité una noche, incapaz de contener el dolor.
El tiempo pasó, pero las heridas no cerraban. Mi madre empezó a trabajar limpiando portales para sacar adelante la casa. Yo cuidaba de Sergio y hacía lo posible por mantenernos a flote. Pero cada vez que escuchaba pasos pesados en la escalera o risas de hombres borrachos en la calle, el miedo volvía como un puñal.
A los diecisiete años conocí a Raúl en una fiesta del barrio. Era divertido, cariñoso y parecía entender mi dolor sin palabras. Me enamoré como solo se enamoran quienes han conocido el abismo: con desesperación y esperanza a partes iguales. Pero pronto descubrí que Raúl también arrastraba sus propios fantasmas: celos, inseguridades y una rabia contenida que a veces explotaba en gritos y portazos.
Una noche discutimos porque llegué tarde del trabajo. Raúl me agarró del brazo con fuerza y vi en sus ojos el mismo brillo oscuro que había visto en mi padre años atrás. Me solté de un tirón y salí corriendo bajo la lluvia, temblando de miedo y rabia.
—No voy a permitirlo—me repetí una y otra vez mientras caminaba sin rumbo por las calles mojadas de Vallecas.
Al día siguiente terminé con Raúl. Lloró, suplicó, prometió cambiar. Pero yo ya no era la niña asustada de catorce años. Había aprendido a reconocer las señales del peligro.
Mi madre nunca volvió a hablar de mi padre. Sergio creció callado y distante; se fue a trabajar a un taller en Leganés y apenas venía por casa. Yo estudié Trabajo Social porque quería ayudar a otras chicas como yo, chicas que crecen entre gritos y golpes y aprenden demasiado pronto lo que significa tener miedo.
A veces me encuentro con mi padre en sueños. Me pide perdón una y otra vez, pero yo no sé si puedo perdonarle. Hace unos meses recibí una carta suya desde la cárcel de Soto del Real. Decía que estaba arrepentido, que pensaba en nosotros cada día, que ojalá pudiera volver atrás.
La leí una y otra vez antes de romperla en mil pedazos.
Hoy tengo veintisiete años y trabajo en un centro de atención a víctimas de violencia de género en Madrid. Cada vez que una chica entra por la puerta con los ojos llenos de miedo reconozco algo de mí misma en ella. Les digo lo que me habría gustado escuchar entonces: —No tienes la culpa. No estás sola.
A veces me pregunto si algún día podré perdonar de verdad a mi padre. Si podré mirar atrás sin sentir rabia ni dolor. Si es posible reconstruir lo que otros destruyeron.
¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede perdonar a quien nos rompió el alma? ¿O algunas cicatrices nunca dejan de doler?