Las reglas de mi suegra: el día que casi me rompo por proteger a mis hijos
—¿Por qué siempre tiene que ser así, Carmen? —escuché la voz de mi hija Lucía, temblorosa, mientras apartaba el plato sin apenas tocarlo.
Era domingo y la mesa estaba llena: mi marido Antonio, mis hijos Lucía y Pablo, mi cuñada Teresa con su marido y, por supuesto, la reina de la casa: mi suegra, Doña Rosario. El aroma del cocido madrileño flotaba en el aire, pero el ambiente era tan denso que costaba respirar.
Doña Rosario cortó el silencio con su voz seca:
—A ver, Lucía, no empieces otra vez. Pablo es el mayor y es normal que reciba primero su regalo. Así ha sido siempre en esta familia.
Miré a mi hija. Tenía once años y los ojos llenos de lágrimas contenidas. Pablo, con trece, bajó la mirada, incómodo. Antonio apretó los labios, como siempre que su madre imponía sus reglas absurdas. Yo sentí una rabia sorda crecer en mi pecho.
No era la primera vez. Desde que nacieron mis hijos, Doña Rosario había dejado claro que solo Pablo merecía su atención. A Lucía la trataba como si fuera invisible. En Navidad, los regalos para Pablo eran caros y envueltos con esmero; para Lucía, un libro cualquiera o una bufanda tejida a desgana. En su cumpleaños, Pablo recibía una tarta de chocolate casera; Lucía, una tarta comprada en el supermercado. Y siempre la misma excusa: “Así se ha hecho en esta casa”.
—Mamá —dije en voz baja, intentando no perder los nervios—, ¿no crees que Lucía también merece sentirse especial?
Doña Rosario me miró con esa mezcla de superioridad y desdén que solo las suegras españolas saben perfeccionar.
—No te metas en lo que no entiendes, Carmen. En mi época las cosas eran así. El mayor lleva el apellido adelante.
Antonio carraspeó, pero no dijo nada. Teresa miró su móvil fingiendo no escuchar. Sentí que estaba sola en esa batalla.
Esa noche, mientras acostaba a Lucía, ella me preguntó:
—¿Por qué la abuela no me quiere?
Me rompí por dentro. ¿Cómo explicarle a una niña que hay tradiciones injustas? ¿Cómo protegerla del dolor de sentirse menos?
—La abuela es… complicada —le dije, acariciándole el pelo—. Pero yo te quiero más que a nada en el mundo.
Lucía asintió en silencio. Pero sus ojos seguían tristes.
Los días siguientes fueron un infierno. Pablo empezó a sentirse culpable por los privilegios que recibía. Lucía se volvió más callada. Yo discutía con Antonio cada noche:
—¡No podemos permitir esto! —le gritaba—. ¡Es nuestra hija!
Él se encogía de hombros:
—Es mi madre… No va a cambiar ahora.
Pero yo sí podía cambiar algo. Así que llamé a Doña Rosario y le pedí hablar a solas.
Nos vimos en su piso del barrio de Chamberí. Me recibió con frialdad.
—¿Qué quieres ahora?
Respiré hondo.
—Quiero que trate a Lucía igual que a Pablo. No voy a permitir más desprecios.
Se rió con amargura.
—Tú no entiendes nada de esta familia. Aquí siempre ha sido así: el mayor es el importante.
—Pues en mi casa no —le respondí—. Y si sigue así, no volveremos a sus comidas.
Me miró como si yo fuera una loca.
—¿Vas a romper la familia por una tontería?
—No es una tontería para Lucía —dije firme—. Ni para mí.
Salí temblando del piso. Sabía que había cruzado una línea peligrosa.
Esa Navidad no fuimos a su casa. Antonio estaba tenso; Teresa me llamó para decirme que estaba exagerando. Pero yo sentí alivio: por primera vez en años, mis hijos abrieron sus regalos sin comparar quién tenía más o menos.
Pasaron semanas sin noticias de Doña Rosario. Hasta que un día apareció en nuestra puerta con una caja de pastas y dos regalos idénticos envueltos en papel dorado.
—He pensado… —dijo sin mirarme a los ojos— que quizá…
Lucía la abrazó sin dudarlo. Pablo sonrió aliviado. Yo sentí una mezcla de victoria y tristeza: ¿cuántos años habíamos perdido por culpa de una tradición absurda?
Ahora, cada vez que veo a mis hijos jugar juntos, me pregunto: ¿cuántas familias españolas siguen atrapadas en reglas injustas? ¿Cuántas madres callan para no romper la paz? ¿Hasta dónde llegarías tú para proteger a tus hijos?