Nada más que dormir y comer: El día que mi mundo se rompió en dos

—¿De verdad, Lucía? ¿Otra vez la casa hecha un desastre? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo mientras yo intentaba acunar a Martina, que lloraba desconsolada en mis brazos. El reloj marcaba las siete y media de la tarde y yo aún no había comido. Sentí un nudo en el estómago, mezcla de hambre y rabia.

—Sergio, llevo todo el día con la niña. No he parado ni un minuto —le respondí, tratando de mantener la calma, aunque mi voz temblaba.

Él bufó, dejó caer la mochila sobre el sofá y me miró con esa mezcla de cansancio y decepción que últimamente era su única expresión.

—Pero si la niña solo duerme y come. ¿Qué haces tú todo el día? —dijo, casi escupiendo las palabras.

En ese momento, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿De verdad pensaba eso? ¿No veía mis ojeras, mis manos temblorosas, la montaña de ropa sin doblar, los platos apilados en el fregadero? ¿No veía que yo también me estaba desmoronando?

Martina seguía llorando. La paseé por el pasillo, intentando calmarla. Mi madre siempre decía que los bebés sienten el nerviosismo de sus madres. Y yo estaba hecha un manojo de nervios. Desde que nació Martina, hace apenas dos meses, no había dormido más de tres horas seguidas. Había días en los que ni siquiera me duchaba. Y sin embargo, ahí estaba Sergio, convencido de que yo no hacía nada.

Recuerdo cuando nos conocimos en la universidad de Salamanca. Él era divertido, atento, siempre dispuesto a escucharme. Pero desde que nació nuestra hija, algo cambió entre nosotros. Las noches se volvieron eternas, los días monótonos y llenos de tareas invisibles. Y yo me sentía cada vez más sola.

Esa noche, después de acostar a Martina —por fin dormida tras una hora de llanto—, me senté en la cocina con una taza de café frío entre las manos. Sergio entró y se quedó mirándome en silencio.

—Mira, Lucía… No quería decirlo así. Es solo que llego cansado del trabajo y esperaba… no sé…

—¿Esperabas qué? ¿Que te recibiera con una sonrisa y la cena lista? —le corté, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos—. ¿Sabes cuántas veces he querido salir corriendo? ¿Sabes lo sola que me siento?

Él bajó la mirada. Por un momento pensé que iba a acercarse, a abrazarme como hacía antes. Pero solo suspiró y salió del cuarto.

Esa noche no dormimos juntos. Yo me quedé en la habitación con Martina y él en el sofá. El silencio entre nosotros era más pesado que cualquier discusión.

Al día siguiente, mi madre vino a casa. Me encontró llorando en el baño mientras Martina dormía en su cuna.

—Hija, tienes que hablar con él —me dijo mientras me abrazaba—. Esto no puede seguir así.

Pero ¿cómo se habla cuando sientes que nadie te escucha? ¿Cómo explicarle a alguien que cada minuto del día es una lucha contra el cansancio, la culpa y el miedo a no ser suficiente?

Esa tarde, mientras paseaba a Martina por el parque del barrio —el único momento en el que sentía algo parecido a la paz— vi a otras madres con sus carritos. Algunas reían entre ellas; otras tenían la misma mirada perdida que yo. Me pregunté cuántas estarían viviendo lo mismo en silencio.

Por la noche, Sergio llegó más tarde de lo habitual. Se sentó frente a mí en la mesa del comedor y rompió el silencio:

—He hablado con Pablo en el trabajo… Su mujer también está de baja por maternidad. Dice que está agotada todo el día…

Le miré sin decir nada.

—No lo entiendo —continuó—. Mi madre siempre decía que criar hijos era lo más bonito del mundo…

—¿Y quién cuidaba de ti cuando eras pequeño? —le pregunté.

Se quedó callado. Por primera vez vi en sus ojos algo distinto: duda, quizá culpa.

—No lo sé… Supongo que mi madre…

—¿Y crees que era fácil para ella?

No respondió. Se levantó y fue a ver a Martina. La cogió en brazos y se quedó mirándola largo rato.

Esa noche hablamos mucho. Le conté cómo me sentía: invisible, agotada, perdida. Él me escuchó en silencio y luego me pidió perdón. Pero las palabras no bastan para curar heridas tan profundas.

Los días siguientes fueron una mezcla de pequeños gestos: Sergio empezó a ayudar más en casa, a levantarse alguna noche para calmar a Martina, a preguntarme cómo estaba de verdad. Pero aún así, había algo roto entre nosotros.

Una tarde, mientras doblaba ropa en silencio, escuché a Sergio hablar por teléfono con su madre:

—Mamá, ¿cómo lo hacías tú cuando éramos pequeños? Lucía está agotada… Yo no lo entiendo…

Me asomé a la puerta y vi cómo su madre le respondía algo que no pude oír bien. Pero vi lágrimas en los ojos de Sergio.

Esa noche se acercó a mí y me abrazó fuerte.

—Lo siento —me susurró—. No sabía lo difícil que era esto.

Lloré en sus brazos como no lo había hecho desde hacía años.

Hoy Martina tiene seis meses. Las cosas no son perfectas entre Sergio y yo, pero hemos aprendido a hablar más y juzgar menos. A veces pienso en todas las Lucías que hay ahí fuera, sintiéndose solas e incomprendidas mientras crían a sus hijos.

¿De verdad la maternidad es solo dormir y comer? ¿Cuántas veces hemos juzgado sin saber lo que pasa detrás de una puerta cerrada?