Con una maleta y dos hijos bajo la lluvia: Mi renacer en Madrid

—¡No te atrevas a salir por esa puerta, Lucía!— rugió Andrés, su voz retumbando por todo el piso mientras la lluvia golpeaba los cristales con furia. Mis manos temblaban, apretando el asa de la maleta azul que había preparado a escondidas. Martina, mi hija mayor, me miraba con los ojos abiertos como platos, y el pequeño Diego sollozaba en silencio, aferrado a mi pierna.

No respondí. No podía. Si decía una palabra más, me derrumbaría. Sentí el peso de los años de gritos, de silencios forzados, de noches en vela esperando que él no volviera borracho. Miré a mis hijos y supe que no podía fallarles. Abrí la puerta y la lluvia nos envolvió como un manto frío. Bajamos las escaleras corriendo, los tres empapados antes de llegar a la calle.

No tenía plan. Solo sabía que no podía quedarme ni un minuto más. Caminamos bajo la lluvia por las calles de Vallecas, buscando refugio. El móvil vibró en mi bolsillo: mensajes de mi madre, de mi hermana Carmen. «¿Dónde estás? ¿Por qué haces esto? Andrés está destrozado.» Nadie preguntó cómo estaba yo. Nadie preguntó por los niños.

Esa noche dormimos en el portal de un edificio. Martina tiritaba y Diego no dejaba de llorar. Me sentí la peor madre del mundo. Pero al menos estábamos vivos.

Al día siguiente fui a Servicios Sociales. La trabajadora social, Mercedes, me miró con compasión y cansancio. «No eres la primera ni serás la última, Lucía. Pero esto no va a ser fácil.» Nos dieron una habitación en un albergue para mujeres maltratadas. Compartíamos baño con otras cinco madres y sus hijos. El olor a humedad y lejía era constante.

Las primeras semanas fueron un infierno. Diego enfermó de bronquitis y tuve que llevarlo al hospital en metro, con Martina dormida sobre mi regazo porque no tenía con quién dejarla. Mi familia me dio la espalda: «Eso son cosas de pareja, Lucía. No deberías haberlo hecho así», decía mi madre por teléfono antes de colgarme.

Busqué trabajo de lo que fuera: limpiando casas, cuidando ancianos, repartiendo folletos en la Puerta del Sol. Cada euro era una victoria, pero nunca suficiente para salir del albergue. Martina empezó a tartamudear y Diego se hacía pis en la cama todas las noches. Me sentía culpable por todo.

Una tarde, mientras fregaba escaleras en un edificio del barrio Salamanca, escuché a dos vecinas hablar:
—¿Has visto a esa chica nueva? Siempre tiene cara de cansada.
—Normal, con dos críos y sola… Seguro que algo habrá hecho para acabar así.

Me ardieron las mejillas de vergüenza e impotencia. ¿Por qué siempre es culpa nuestra? ¿Por qué nadie pregunta qué nos ha pasado?

Pasaron los meses y Mercedes me animó a apuntarme a un curso de auxiliar de geriatría. «Tienes que pensar en el futuro, Lucía.» Yo solo pensaba en llegar viva al día siguiente, pero acepté. Por las noches estudiaba mientras los niños dormían.

Un día recibí una carta del juzgado: Andrés pedía la custodia compartida. Me temblaron las piernas. ¿Cómo podía atreverse después de todo? Lloré durante horas, pero fui a la cita con una abogada del centro de mujeres. «Tienes que ser fuerte, Lucía. No estás sola.» Pero yo me sentía más sola que nunca.

El juicio fue un suplicio. Andrés lloró ante el juez, diciendo que yo le había quitado a sus hijos por venganza. Mi madre testificó a su favor: «Mi hija siempre ha sido muy impulsiva.» Sentí que me arrancaban el alma.

Al final, el juez dictaminó que los niños se quedaban conmigo, pero Andrés tendría visitas supervisadas. Salí del juzgado temblando, sin saber si reír o llorar.

Poco a poco, las cosas empezaron a mejorar. Conseguí un trabajo fijo en una residencia de ancianos y alquilé un pequeño piso en Carabanchel. Era viejo y oscuro, pero era nuestro hogar. Martina volvió a sonreír y Diego dejó de mojar la cama.

Un domingo por la tarde, mientras preparábamos tortilla de patatas juntos, Martina me abrazó por detrás:
—Mamá, ¿ya no vamos a volver con papá?
Me quedé helada unos segundos antes de responder:
—No, cariño. Ahora estamos bien aquí.

A veces todavía sueño con aquella noche bajo la lluvia. Siento el frío en los huesos y el miedo en el pecho. Pero también siento orgullo: sobrevivimos.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas porque nadie las escucha? ¿De verdad todos tenemos la fuerza para empezar desde cero? ¿O solo sobrevivimos porque no nos queda otra opción?

¿Y tú? ¿Crees que cualquiera podría hacerlo? ¿O es cuestión de suerte y apoyo?