El Baby Shower Que Rompió Mi Mundo

—¿Por qué tienes esa cara, Lucía? —le pregunté a mi hermana mientras entraba en el salón, donde los globos rosas y blancos colgaban del techo como promesas de felicidad.

Ella me miró con una mezcla de compasión y nerviosismo. Yo, con mi barriga de siete meses, apenas podía moverme con soltura entre las mesas llenas de pasteles y regalos. Sofía, mi mejor amiga desde el instituto, había organizado todo con tanto cariño que sentía que no merecía tanta dicha. O eso creía hasta ese momento.

—Nada, Naomi. Es solo que… —Lucía bajó la voz—. ¿Has visto a Álvaro?

Mi corazón dio un vuelco. Álvaro, mi marido, había salido temprano diciendo que tenía que comprar algo especial para la fiesta. No era raro en él desaparecer un rato, pero hoy… hoy sentía algo distinto en el aire.

Sofía apareció a mi lado con una sonrisa forzada. —Ven, Naomi, vamos a abrir los regalos —dijo, casi arrastrándome hacia el centro del salón.

Las risas llenaban la habitación mientras abría uno tras otro: un body diminuto con un osito, una manta tejida por mi abuela Carmen, un libro de cuentos firmado por todas mis amigas. Pero entonces Sofía me entregó una caja pequeña, envuelta en papel dorado. Al abrirla, encontré una pulsera de plata con un colgante en forma de corazón. Dentro, una foto diminuta: Álvaro y… Sofía.

Me quedé helada. Miré a Sofía buscando una explicación. Ella tragó saliva y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Naomi, yo…

En ese instante, la puerta se abrió y Álvaro entró con un ramo de flores. Se detuvo al vernos a todas mirándole, expectantes. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, fingiendo normalidad.

—¿Tienes algo que decirme? —le espeté, mostrando la pulsera.

Álvaro miró a Sofía y luego a mí. Su rostro se descompuso. Nadie se atrevía a moverse. Mi madre se tapó la boca con las manos y Lucía me agarró del brazo para sostenerme.

—Naomi… no quería que te enteraras así —murmuró Sofía entre sollozos—. Pero no puedo seguir callando. Álvaro y yo…

No necesitaba escuchar más. El mundo se me vino abajo. Sentí cómo mi bebé daba una patadita dentro de mí, como si intentara recordarme que debía mantenerme fuerte.

—¿Desde cuándo? —pregunté con voz temblorosa.

Álvaro bajó la cabeza.—Desde hace unos meses… Fue un error, Naomi. Yo te quiero a ti. No sé cómo pasó…

Las palabras resonaban en mi cabeza como martillazos. Sofía lloraba desconsolada y las demás invitadas murmuraban entre sí, incómodas ante el espectáculo inesperado.

Me levanté como pude y salí al jardín, buscando aire. Lucía me siguió y me abrazó fuerte.

—No estás sola —me susurró—. Pase lo que pase, tienes a tu familia.

Las horas siguientes fueron un torbellino de emociones: rabia, tristeza, incredulidad. Mi madre intentaba calmarme mientras mi padre discutía acaloradamente con Álvaro en el salón. Sofía se marchó llorando y las invitadas se fueron despidiendo una a una, algunas sin atreverse a mirarme a los ojos.

Esa noche no dormí. Sentada en la cama, acariciando mi vientre, repasaba cada momento de los últimos meses: las ausencias de Álvaro, las miradas esquivas de Sofía, los silencios incómodos en las cenas familiares. ¿Cómo no lo vi antes?

A la mañana siguiente, Álvaro intentó hablar conmigo.

—Naomi, por favor… No quiero perderte. Fue un error horrible. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para arreglarlo.

Le miré fijamente. Sentí pena por él y por mí misma, pero sobre todo por nuestro hijo, que aún no había nacido y ya tenía que cargar con el peso de nuestras decisiones.

—No sé si puedo perdonarte —le dije—. Ahora mismo solo quiero pensar en nuestro hijo y en mí.

Durante semanas viví en una especie de limbo emocional. Lucía venía cada día a casa para ayudarme; mi madre cocinaba mis platos favoritos y mi padre me traía flores del mercado para animarme. Pero el vacío seguía ahí.

Un día recibí una carta de Sofía. Decía que no esperaba mi perdón pero que necesitaba explicarse. Que nunca quiso hacerme daño y que su amistad conmigo era lo más valioso que había tenido nunca. No supe qué responderle.

El parto llegó antes de lo previsto. Fue duro y solitario; Álvaro estaba en la sala de espera pero yo no quería verle dentro del paritorio. Cuando por fin tuve a mi hijo en brazos —un niño precioso al que llamé Mateo— sentí una paz extraña, como si todo el dolor se hubiera transformado en amor puro por esa criatura indefensa.

Álvaro vino a verme al hospital. Lloró al ver a Mateo y me pidió otra oportunidad. Yo le escuché en silencio; aún no sabía qué hacer con todo lo que sentía.

Los meses pasaron y aprendí a vivir con la herida abierta pero también con la certeza de que podía salir adelante sola si era necesario. Sofía me escribió varias veces más; finalmente le respondí agradeciéndole su sinceridad pero diciéndole que necesitaba tiempo para sanar.

Hoy Mateo tiene seis meses y sonríe cada vez que le canto nanas o le paseo por el Retiro. Álvaro sigue intentando recuperar mi confianza; va despacio, sin presionarme. A veces pienso en todo lo que perdí aquel día del baby shower, pero también en lo que gané: descubrí una fuerza dentro de mí que no sabía que existía.

¿Es posible reconstruir una vida después de una traición así? ¿Vosotros habríais perdonado? A veces me pregunto si el dolor es el precio inevitable del amor verdadero.