La noche en la que mi marido comparó mi tortilla con la de su madre: una cena que lo cambió todo

—¿Por qué no le pones cebolla, como hace mi madre? —me soltó Luis mientras cortaba el pan, sin mirarme siquiera.

El cuchillo se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un estrépito. El olor a tortilla de patatas recién hecha flotaba en la cocina, mezclado ahora con algo más denso: el silencio. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con furia, como si quisiera entrar y ser testigo de lo que estaba a punto de pasar.

—¿Otra vez con la dichosa cebolla? —le respondí, intentando que mi voz no temblara. Pero tembló. Y lo notó.

Luis dejó el pan sobre la mesa y me miró por fin, con esa mezcla de cansancio y resignación que últimamente era más frecuente entre nosotros que las risas.

—No es por nada, Lucía. Pero es que la de mi madre… no sé, tiene otro sabor. Más jugosa. Como la de Carmen, la mujer de Pablo. ¿Te acuerdas? La del otro día en su casa…

Ahí estaba otra vez. La comparación. La maldita comparación. Como si yo fuera una concursante en un programa de cocina y él el jurado implacable. Como si mi tortilla tuviera que competir con la de su madre, la de su cuñada, la de cualquier otra mujer menos yo.

Sentí una punzada en el pecho. No era solo por la tortilla. Era por todas las veces que me había sentido insuficiente desde que nos casamos. Por todas las veces que había callado para evitar una discusión. Por todas las veces que había sentido que no era suficiente para él.

—¿Sabes qué? —le dije, apartando el plato—. Si tanto te gusta la de tu madre, ¿por qué no cenas allí?

Luis me miró con sorpresa, como si no entendiera el alcance de sus palabras. Pero yo sí lo entendía. Porque no era solo la tortilla. Era todo lo demás: las expectativas, las comparaciones, los silencios.

—No te pongas así, Lucía. Solo era un comentario —intentó suavizarlo, pero ya era tarde.

Me levanté de la mesa y fui al salón. La televisión seguía encendida, pero no escuchaba nada. Solo oía mi propio corazón latiendo fuerte, como si quisiera salirse del pecho.

Recordé a mi madre, a cómo siempre intentaba contentar a mi padre con sus guisos. A cómo él nunca decía nada bueno ni malo, solo comía en silencio. Y cómo ella se esforzaba cada día más, esperando una palabra amable que nunca llegaba.

¿Me estaba convirtiendo en ella?

Luis entró al salón y se sentó a mi lado, pero dejó un espacio entre los dos. Ese espacio era todo lo que nos separaba últimamente: los reproches no dichos, los sueños postergados, las palabras que dolían más por no decirse.

—Lucía…

—No sigas —le interrumpí—. ¿Sabes cuántas veces he intentado hacer la tortilla como tu madre? ¿Cuántas recetas he buscado? ¿Cuántas veces he preguntado a tu hermana cómo la hace? Pero siempre hay algo que falla. Siempre falta algo para ti.

Luis bajó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, parecía vulnerable.

—No sabía que te afectaba tanto…

—Pues sí —le dije—. Me afecta. Porque siento que nunca voy a estar a la altura de tus recuerdos ni de tus expectativas.

La lluvia seguía golpeando los cristales, ahora más suave. Como si también ella se hubiera cansado de tanto ruido.

Luis suspiró y se pasó la mano por el pelo.

—No es justo para ti —admitió—. A veces ni me doy cuenta de lo que digo. Supongo que echo de menos cosas de antes… pero eso no significa que no valore lo que haces.

Me quedé callada un momento. Pensé en todas las veces que yo también había echado de menos cosas: mi independencia, mis amigas, mis tardes sola leyendo sin tener que pensar en cenas perfectas ni en expectativas imposibles.

—¿Y si dejamos de intentar ser perfectos para los demás? —le pregunté—. ¿Y si empezamos a ser nosotros mismos?

Luis me miró y asintió despacio.

—Me gustaría intentarlo —dijo—. Pero necesito tu ayuda.

Me acerqué un poco más a él y apoyé mi cabeza en su hombro. Por primera vez en mucho tiempo sentí que estábamos juntos en esto, aunque fuera difícil.

Esa noche cenamos la tortilla fría y sin cebolla, pero juntos. Hablamos de nuestras familias, de lo que nos pesaba y de lo que nos gustaría cambiar. Lloré un poco y él también.

Al día siguiente llamé a mi madre y le conté todo. Ella se rió y me dijo:

—Hija, los hombres siempre comparan porque no saben expresar lo que sienten. Pero tú vales mucho más que una tortilla.

Colgué y me sentí un poco más ligera.

Ahora, cada vez que hago tortilla —con o sin cebolla— pienso en esa noche y en todo lo que aprendimos sobre nosotros mismos.

¿Hasta qué punto dejamos que las expectativas ajenas definan nuestra felicidad? ¿Cuántas veces callamos para evitar conflictos y acabamos perdiéndonos a nosotros mismos?