Entre Dos Mundos: ¿Volver al Pueblo o Irme para Siempre?
—¿De verdad crees que aquí tienes algo mejor que en el pueblo? —La voz de Zoila retumbó en el pequeño salón, mientras yo apretaba los puños para no responderle con la rabia que hervía en mi pecho.
No era la primera vez que me lo insinuaba, pero nunca había sido tan directa. Me miró con esa mezcla de lástima y superioridad que sólo ella sabía usar. —Ivana, la familia es lo único que importa. ¿Para qué quieres ese piso viejo en Madrid? Véndelo, vuelve con los tuyos. Aquí sólo eres una más, allí eres nuestra.
Me quedé muda. Sentí cómo se me encogía el estómago, como cuando era niña y escuchaba a las vecinas del pueblo cuchichear sobre mi madre, la forastera. Veinticinco años en Madrid, y aún así, ni aquí ni allí sentía que encajaba. ¿De verdad pensaban que podía dejarlo todo y volver como si nada?
Zoila se fue sin esperar respuesta, dejando tras de sí un silencio espeso. Me senté en el sofá, mirando las paredes llenas de fotos: mis hijos pequeños en el Retiro, mi primer trabajo en la biblioteca municipal, la boda de Esteban…
Esa noche apenas dormí. Soñé con el pueblo: la plaza polvorienta, el olor a pan recién hecho de la panadería de doña Carmen, los inviernos interminables junto a la estufa de leña. Pero también recordé las miradas de reojo, los comentarios sobre mi acento madrileño cuando volvía en verano, la sensación de ser extranjera entre los míos.
Al día siguiente, mientras desayunaba un café frío y una tostada a medio comer, sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba Esteban, mi hermano mayor. Llevaba una cesta de manzanas rojas y verdes, recién cogidas del huerto de papá.
—Pensé que te vendrían bien —dijo, sin mirarme a los ojos.
Le hice pasar. El silencio entre nosotros era incómodo, como si las palabras se hubieran quedado atascadas en algún punto del camino entre Segovia y Madrid.
—Zoila me ha contado lo que pasó —empezó él, finalmente—. No quería que te lo tomases así…
—¿Así cómo? ¿Como una patada en el orgullo? —le interrumpí, la voz temblorosa.
Esteban suspiró.—Sabes que mamá está mayor. Y el pueblo… bueno, cada vez queda menos gente. A veces pienso que nos estamos quedando solos allí.
—¿Y crees que yo puedo arreglar eso? —pregunté, casi en un susurro.
Él bajó la cabeza.—No lo sé. Pero eres mi hermana. Y te echo de menos.
Me mordí el labio para no llorar. Recordé los veranos corriendo juntos por los campos, las peleas por el último trozo de tarta de manzana, las noches hablando bajo las estrellas. Pero también recordé cómo me sentí cuando decidí marcharme a Madrid: libre y aterrada a la vez.
—Aquí tengo mi vida —dije al fin—. Mis hijos, mi trabajo… No puedo dejarlo todo atrás.
Esteban asintió.—Lo sé. Pero tampoco puedes vivir siempre con esa herida abierta. O perdonas o te marchas para siempre.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier reproche de Zoila. ¿Era capaz de perdonar? ¿O era más fácil seguir huyendo?
Durante días no pude pensar en otra cosa. En el trabajo estaba distraída; mis hijos notaban mi tristeza y me preguntaban si estaba enferma. Me sentía dividida entre dos mundos: el pasado del pueblo y el presente de la ciudad.
Una tarde, mientras paseaba por el parque del Oeste, vi a una anciana sentada sola en un banco. Me recordó a mi madre, esperando cada verano a que yo volviera aunque fuera unos días. Sentí una punzada de culpa.
Esa noche llamé a Esteban.—Voy a ir al pueblo este fin de semana —le dije—. Pero sólo para hablar. No prometo nada más.
El viaje fue un torbellino de emociones. Al llegar, todo me parecía más pequeño: las casas encaladas, la iglesia donde hice la comunión, el bar donde papá jugaba al dominó. Mamá me abrazó como si no quisiera soltarme nunca más.
La cena fue tensa. Zoila apenas me miraba; mis sobrinos cuchicheaban entre ellos. Sentí que todos esperaban algo de mí: que volviera para cuidar de mamá, para mantener viva la casa familiar, para ser la hija ejemplar que nunca fui.
Después de cenar salí al patio y miré las estrellas. Esteban se acercó en silencio.
—¿Te quedarás? —preguntó con voz baja.
Me encogí de hombros.—No lo sé. Aquí me siento extranjera… pero en Madrid tampoco soy del todo feliz.
Él me puso una mano en el hombro.—Quizá no se trata de elegir un sitio u otro. Quizá se trata de hacer las paces contigo misma.
Esa noche lloré como hacía años que no lloraba. Lloré por lo perdido y por lo que nunca tuve; por la niña que quería pertenecer y por la mujer que aún busca su lugar.
Al volver a Madrid sentí algo diferente: no había tomado una decisión definitiva, pero por primera vez entendí que no tenía por qué elegir entre dos mundos. Podía ser hija del pueblo y mujer de ciudad; podía perdonar sin olvidar quién soy.
Ahora miro las manzanas que Esteban me trajo y pienso: ¿Cuántos de nosotros vivimos entre dos mundos? ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo o el miedo nos impidan reconciliarnos con nuestro pasado?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que no perteneces a ningún sitio? ¿Qué harías tú en mi lugar?