Cuando el amor pesa más que la rutina: Mi grito ahogado en casa
—¿Otra vez la cena sin preparar, Carmen? —La voz de Luis retumba en el pasillo mientras yo intento calmar a Lucía, que llora porque no encuentra su peluche favorito.
Miro el reloj: son las nueve y media de la noche. Hoy he salido tarde del hospital, como casi siempre últimamente. El cansancio me pesa en los párpados y en los hombros, pero aún tengo que bañar a los niños, recoger los juguetes del salón y preparar la comida de mañana. Luis está sentado en el sofá, móvil en mano, con la tele puesta de fondo. Suspiro y me acerco a la cocina, donde los platos del desayuno siguen apilados en el fregadero.
—Luis, ¿puedes ayudarme un poco? —pregunto con voz temblorosa, intentando que no se note mi desesperación.
Él ni siquiera levanta la vista del móvil.
—Carmen, llevo todo el día trabajando. Déjame descansar un rato, ¿vale?
Me muerdo el labio para no gritar. ¿Acaso yo no trabajo? ¿No llevo también todo el día corriendo de un lado a otro, atendiendo pacientes, resolviendo problemas, y luego viniendo a casa para enfrentarme a otra jornada interminable?
Recuerdo cuando éramos novios y soñábamos con una vida juntos. Nos reíamos imaginando cómo serían nuestros hijos, cómo decoraríamos nuestra casa en Alcalá de Henares. Pero nadie nos advirtió que el amor puede ahogarse entre montañas de ropa sucia y discusiones sobre quién saca la basura.
—Mamá, tengo hambre —dice Mateo desde la puerta de la cocina.
Le sonrío con ternura, aunque por dentro me siento al borde del colapso.
—Ahora mismo te preparo algo, cariño.
Mientras caliento una tortilla francesa y corto un poco de pan, escucho a Luis reírse con un vídeo del móvil. La rabia me sube por dentro como una ola. ¿Por qué todo recae sobre mí? ¿Por qué él no ve lo que yo veo?
Cuando los niños por fin están dormidos, me siento en la cama con las manos temblorosas. Luis entra en la habitación y se tumba sin mirarme.
—¿Vas a estar mucho con esa cara? —me dice con tono seco.
—Estoy cansada, Luis. No puedo más. Necesito que me ayudes en casa. No es justo que todo lo haga yo —le respondo por fin, dejando salir lo que llevo semanas guardando.
Él se incorpora y me mira como si le hablara en otro idioma.
—Carmen, cada uno tiene sus cosas. Yo trabajo mucho también. No entiendo por qué te quejas tanto últimamente.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas. Me siento invisible. Como si mis esfuerzos fueran aire, como si mi agotamiento no existiera.
Al día siguiente, en el hospital, le cuento a mi compañera Pilar lo que pasa en casa.
—Eso pasa en muchas casas, Carmen —me dice ella mientras se ajusta la bata—. Pero no tienes por qué aguantarlo. Habla claro con él. Si no cambia, tendrás que tomar decisiones.
Pero hablar claro no sirve de nada. Cada vez que saco el tema, Luis se pone a la defensiva o me ignora. Mis padres me dicen que tenga paciencia, que los hombres son así y que lo importante es que los niños estén bien. Pero yo ya no puedo más.
Un sábado por la mañana, mientras recojo la ropa de los niños, escucho a Lucía llorar porque su hermano le ha quitado un juguete. Luis está viendo el partido del Atlético de Madrid y ni se inmuta. Me acerco a él y apago la tele de golpe.
—Luis, esto no puede seguir así. O empiezas a ayudar en casa o no sé qué va a pasar con nosotros.
Él se levanta enfadado.
—¿Me estás amenazando? ¿Ahora resulta que soy el malo porque quiero descansar?
—No te estoy amenazando —le digo con voz rota—. Te estoy pidiendo ayuda porque estoy al límite.
Esa noche duermo en el sofá. Me despierto con dolor de espalda y el corazón encogido. Los niños me preguntan por qué papá está tan serio y yo no sé qué contestarles.
Los días pasan y nada cambia. Luis sigue sin mover un dedo en casa. Yo cada vez estoy más cansada y más triste. Me miro al espejo y casi no me reconozco: ojeras profundas, mirada apagada, sonrisa forzada para que los niños no noten nada.
Un domingo por la tarde decido irme a casa de mi hermana Ana con los niños. Necesito respirar otro aire, sentirme comprendida aunque sea unas horas.
—Carmen, tienes derecho a ser feliz —me dice Ana mientras jugamos con los pequeños en el parque—. No puedes cargar tú sola con todo esto.
Esa noche escribo una carta para Luis. Le explico cómo me siento, lo mucho que le quiero pero también lo mucho que me duele su indiferencia. Le pido que piense en nuestra familia, en nuestros hijos, en lo que podríamos perder si seguimos así.
Cuando vuelvo a casa al día siguiente, Luis está sentado en la mesa del comedor con la carta entre las manos. Me mira con ojos cansados pero sinceros.
—No sabía que estabas tan mal —me dice bajito—. Pensé que exagerabas… pero ahora veo que te estoy perdiendo.
No sé si cambiará de verdad o si solo es un momento de lucidez pasajera. Pero por primera vez en mucho tiempo siento que mis palabras han llegado a algún sitio.
¿De verdad es tan difícil entender que una familia es cosa de dos? ¿Cuántas mujeres más tendrán que gritar en silencio para ser escuchadas?