Cuando mi hija eligió el amor sobre el dinero: una madre frente a sus prejuicios
—¡No pienso permitirlo, Lucía! —grité, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. El eco de mis palabras retumbó en el salón, entre las fotos familiares y los muebles heredados de mi madre. Mi hija me miraba, firme, los labios apretados y la barbilla temblorosa.
—Mamá, te lo pido por favor… Diego me hace feliz. ¿Eso no debería bastar?
Pero para mí no bastaba. No después de todo lo que había vivido. Había crecido en un barrio obrero de Sevilla, viendo a mi padre romperse la espalda en la construcción y a mi madre limpiar casas ajenas para que yo pudiera estudiar. Juré que mi hija nunca pasaría por lo mismo. Por eso trabajé años en la farmacia, ahorrando cada euro, soñando con verla casada con alguien como Javier, el hijo del notario, o Alejandro, el ingeniero del barrio alto.
Pero Lucía se enamoró de Diego. Diego, el hijo del panadero, que apenas había terminado la ESO y trabajaba en la panadería familiar desde los dieciséis. Un chico bueno, sí, pero sin futuro, sin ambición —o eso pensaba yo entonces—.
La noticia corrió como pólvora en la familia. Mi hermana Pilar fue la primera en llamarme:
—Carmen, ¿has perdido la cabeza? ¿Vas a dejar que tu hija tire su vida por la borda?
Mi madre, desde su sillón, solo suspiraba:
—El amor no da de comer, hija.
Las semanas pasaron entre silencios incómodos y cenas frías. Lucía apenas hablaba conmigo. Yo me refugiaba en el trabajo y en mis amigas del club de lectura, donde todas compartían historias de hijos exitosos y bodas en fincas de ensueño. Sentía una mezcla de vergüenza y rabia. ¿Por qué mi hija no podía aspirar a más?
Una tarde de otoño, volviendo del mercado, vi a Lucía y Diego sentados en un banco del parque. Reían como si el mundo no existiera. Me acerqué sin que me vieran y escuché a Diego decir:
—No puedo prometerte lujos, pero sí que cada día haré todo lo posible para verte sonreír.
Lucía le apretó la mano:
—Eso es todo lo que necesito.
Me marché antes de que me vieran. Esa noche no pude dormir. Recordé a mi propio marido, Antonio, fallecido hacía ya diez años. Tampoco teníamos mucho cuando nos casamos, pero nunca me faltó su cariño ni su apoyo. ¿Me estaba volviendo una madre egoísta?
El día que Lucía me anunció que se casarían por lo civil en el ayuntamiento, sentí que me arrancaban el corazón. No habría vestido blanco ni banquete en el Parador. Solo una comida sencilla en la casa de Diego. Me negué a ir.
La mañana de la boda, mientras planchaba compulsivamente una camisa que nadie iba a ponerse, mi nieto pequeño —hijo de mi otra hija, Teresa— entró corriendo:
—Abuela, ¿por qué estás triste? Mamá dice que hoy es un día bonito.
Me miró con esos ojos grandes y sinceros. Sentí una punzada de culpa. ¿Qué ejemplo le estaba dando?
Corrí al ayuntamiento justo cuando Lucía y Diego salían entre aplausos y arroz lanzado por los amigos del barrio. Lucía me vio y corrió a abrazarme.
—Mamá…
—Perdóname —le susurré al oído—. Solo quiero verte feliz.
La fiesta fue humilde pero llena de alegría. Vi a Diego bailar con su madre, reír con sus amigos, cuidar cada detalle para Lucía. Noté cómo todos lo querían y respetaban. Por primera vez entendí que el valor de una persona no está en su cuenta bancaria sino en su capacidad de amar y ser amado.
Con el tiempo, Diego demostró ser un hombre trabajador y honesto. Abrió una pequeña cafetería con Lucía y juntos sacaron adelante el negocio. No tenían lujos, pero sí una vida digna y llena de cariño. Yo aprendí a quererlo como a un hijo.
Hoy miro atrás y me avergüenzo de mis prejuicios. ¿Cuántas veces dejamos que el miedo al qué dirán nos impida ver lo esencial? ¿Cuántas madres como yo han perdido momentos irrepetibles por orgullo?
Quizá no le di a mi hija la boda de cuento que soñé para ella, pero aprendí algo mucho más valioso: el amor verdadero no entiende de clases ni de dinero.
¿Y vosotros? ¿Hasta dónde llegaríais por proteger a vuestros hijos? ¿Os atreveríais a dejar atrás vuestros miedos para verlos felices?