El Vecino Invasor: Cuando los Límites se Desdibujan
—¿Puedes recoger a Marcos hoy del colegio? Es que tengo médico y no llego —me preguntó Lucía, la madre de Marcos, con esa voz suya que mezcla urgencia y costumbre.
No era la primera vez. De hecho, últimamente parecía que cada semana había una excusa nueva: una cita, un recado, un imprevisto. Al principio no me importaba. Mi hijo, Álvaro, estaba encantado con su nuevo amigo y yo pensaba que ayudar a una vecina era lo correcto. Pero aquella tarde, mientras subía las escaleras del portal con los dos niños riendo y saltando a mi alrededor, sentí un nudo en el estómago. ¿Hasta dónde llega la obligación de ser amable?
Mi marido, Sergio, lo notó enseguida. —¿Otra vez con el niño? —me preguntó mientras dejaba las llaves en la mesa—. ¿No crees que se está aprovechando?
Me encogí de hombros. —Solo es por hoy…
Pero no era solo por hoy. Lucía empezó a aparecerse en mi puerta sin avisar: “¿Te importa si Marcos se queda a cenar?”, “¿Podrías bajar a comprarme pan? Es que estoy fatal de tiempo”, “¿Tienes leche? Se me ha acabado y no puedo bajar ahora”. Al principio, respondía con una sonrisa, aunque por dentro sentía cómo mi paciencia se iba desgastando.
Una tarde de sábado, mientras preparaba la merienda para los niños, escuché voces en el pasillo. Lucía estaba discutiendo por teléfono. La puerta de su casa estaba entreabierta y, sin quererlo, escuché: —…pues claro que puedo contar con ella, siempre está ahí para lo que haga falta…
Me sentí utilizada. No éramos amigas; apenas sabíamos nada la una de la otra más allá de los horarios del colegio y las alergias de nuestros hijos. Sin embargo, parecía que yo era su solución para todo.
La gota que colmó el vaso llegó una noche de lluvia. Llamaron al timbre a las diez y media. Era Lucía, empapada y nerviosa.
—Perdona, ¿puedes quedarte con Marcos? Tengo que salir urgentemente…
No pregunté por qué. Asentí y le abrí la puerta. Marcos entró en pijama, con los ojos llenos de sueño y miedo. Álvaro le abrazó y le llevó a su habitación. Cerré la puerta y me quedé mirando el pasillo vacío.
Sergio apareció detrás de mí.
—Esto no puede seguir así —dijo en voz baja—. Tienes que poner límites.
Pero ¿cómo se ponen límites cuando hay niños de por medio? ¿Cómo le explicas a tu hijo que su amigo no puede venir más porque su madre abusa de tu buena voluntad?
Al día siguiente, Lucía vino a buscar a Marcos como si nada. Ni una explicación, ni un gracias sincero. Solo un “¿todo bien?” mientras miraba el móvil.
Esa noche no pude dormir. Me sentía atrapada entre la culpa y el enfado. Recordé las veces que mi madre me había advertido sobre la gente que confunde amabilidad con servilismo. Pero también recordé lo sola que me sentí cuando llegamos a este barrio, lo difícil que fue hacer amigos, lo mucho que me costó integrarme.
Los días siguientes intenté evitarla. Bajaba al parque a otras horas, cambié la ruta al colegio, incluso fingí estar ocupada cuando llamaba al timbre. Pero Lucía era persistente.
Un viernes por la tarde apareció en mi puerta con una tarta casera.
—He pensado que podríamos tomar un café juntas —dijo sonriendo—. Los niños pueden jugar y nosotras charlamos un rato.
Acepté a regañadientes. Mientras los niños jugaban en el salón, Lucía empezó a hablarme de su vida: su divorcio reciente, la falta de apoyo familiar, el miedo constante a no llegar a todo.
—A veces siento que me ahogo —confesó—. No tengo a nadie aquí… Solo tú.
Me quedé en silencio. Por primera vez vi a Lucía como algo más que una vecina aprovechada; vi a una mujer rota, sola y asustada. Pero también supe que eso no justificaba su comportamiento.
—Lucía —le dije con voz suave pero firme—, entiendo por lo que estás pasando, pero necesito que entiendas que yo también tengo mis límites. No puedo estar siempre disponible.
Ella bajó la mirada y asintió lentamente.
—Lo siento —susurró—. No quería agobiarte…
A partir de ese día, nuestra relación cambió. Seguimos viéndonos en el parque y los niños continuaron siendo amigos, pero aprendí a decir “no” sin sentirme culpable. Lucía empezó a buscar otras soluciones y poco a poco dejó de depender tanto de mí.
A veces me pregunto si hice lo correcto al poner distancia o si debería haber sido más comprensiva desde el principio. ¿Dónde está el equilibrio entre ayudar y dejarse pisar? ¿Hasta qué punto debemos cargar con los problemas ajenos solo porque están cerca?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Hasta dónde llega la obligación de ser buen vecino?