Lágrimas en las páginas: El sueño de Lucía y los libros para el hospital infantil
—Mamá, ¿me prometes que no dejarás que los demás niños se aburran aquí?— La voz de Alba, apenas un susurro entre las sábanas blancas del Hospital Niño Jesús de Madrid, me atravesó como un cuchillo. Tenía nueve años y los ojos grandes, llenos de una tristeza que no le correspondía. Yo apretaba su mano, temblando, mientras el gotero marcaba el ritmo de nuestra nueva vida.
No supe qué responder. ¿Cómo se le explica a una niña que la vida a veces es cruel, que los sueños se rompen sin avisar? Pero Alba no quería compasión. Quería libros. Quería historias para ella y para todos los niños que, como ella, pasaban días enteros entre paredes grises y el olor a desinfectante.
—Prometido —le dije, tragando lágrimas—. Lo haré por ti.
La noticia de la leucemia llegó como un trueno en mitad de un verano madrileño. Mi marido, Sergio, se encerró en sí mismo. Mi madre, Carmen, rezaba a escondidas en la cocina. Yo solo podía mirar a Alba y preguntarme por qué a ella. ¿Por qué a nosotros?
Las semanas se convirtieron en meses. Alba reía menos, pero seguía leyendo. Los libros eran su refugio: «Manolito Gafotas», «El pequeño Nicolás», «Fray Perico y su borrico»… Cada vez que terminaba uno, lo dejaba en la mesilla del hospital para el siguiente niño. Un día me miró con esa seriedad suya y dijo:
—Mamá, ¿y si juntamos muchos libros? Para todos los niños del hospital. Para todos los hospitales de España.
Así nació su sueño: 15.000 libros para hospitales infantiles. Una cifra imposible, pensé. Pero Alba insistía. Y yo no podía negarme.
Empecé por lo pequeño: mensajes en grupos de WhatsApp del colegio, carteles en la biblioteca municipal de Vallecas, llamadas a amigos y familiares. Al principio llegaron unos pocos libros: cuentos usados, novelas juveniles, cómics gastados. Pero la voz de Alba era poderosa incluso desde una cama de hospital.
—¿Por qué haces esto? —me preguntó Sergio una noche, cuando creía que Alba dormía.
—Porque es lo único que puedo hacer por ella —le respondí—. Porque si no lucho por su sueño, ¿qué me queda?
La noticia corrió como la pólvora. Un periodista del barrio vino a entrevistarnos; la historia salió en la radio local. Pronto empezaron a llegar cajas desde toda España: desde Sevilla hasta Oviedo, desde pueblos perdidos en Castilla hasta barrios humildes de Barcelona. Cada libro era una promesa, una esperanza.
Pero la enfermedad no espera. Alba empeoraba cada día. Yo sonreía delante de ella y lloraba en el baño del hospital. Mi madre me abrazaba fuerte cuando creía que nadie miraba.
—No puedes salvarla —me susurró una tarde—. Pero puedes salvar su sueño.
El día que Alba murió, el hospital entero guardó silencio. Los médicos lloraron conmigo; las enfermeras dejaron flores en su cama. Yo sentí que me arrancaban el alma.
Durante semanas no pude tocar un libro. No podía entrar en su habitación sin romperme en mil pedazos. Sergio y yo apenas hablábamos; cada uno encerrado en su dolor.
Pero un día encontré una nota entre las páginas de «Celia, lo que dice»:
«Mamá, si lees esto es porque ya no estoy. No estés triste. Haz reír a los niños con mis libros. Hazlo por mí. Te quiero mucho. Alba.»
Fue como si me devolvieran el aire después de meses bajo el agua. Llamé a Sergio y le enseñé la nota. Lloramos juntos por primera vez desde su muerte.
Volví a la lucha con más fuerza que nunca. Organizamos recogidas en colegios, librerías y bibliotecas de toda la Comunidad de Madrid. Mi amiga Pilar convenció a su empresa para donar cientos de ejemplares nuevos; mi hermano Andrés recorrió media España en furgoneta recogiendo cajas.
Un día recibí una llamada inesperada:
—¿Eres Lucía? Soy Marta García, directora del Hospital Sant Joan de Déu en Barcelona. Hemos oído hablar del proyecto de tu hija… Queremos participar.
Sentí que Alba sonreía desde algún lugar.
Llegó el día en que alcanzamos los 15.000 libros. Los apilamos en el salón de actos del hospital: montañas de cuentos, novelas y cómics esperando nuevas manos pequeñas que los abrieran.
En la ceremonia de entrega, rodeada de niños con batas azules y padres con ojeras eternas, hablé por primera vez sin llorar:
—Estos libros son el sueño de mi hija Alba. Son para todos vosotros, para que nunca os falten historias ni esperanza.
La ovación fue larga y cálida; sentí que el corazón se me recomponía poco a poco.
Hoy sigo recogiendo libros cada año. Cada vez que veo a un niño sonreír con un cuento entre las manos siento que Alba sigue aquí, viva en cada página.
A veces me pregunto: ¿cuántos sueños pueden nacer del dolor? ¿Cuántas vidas pueden cambiarse con un solo gesto?
¿Y vosotros? ¿Qué haríais por cumplir el último deseo de alguien a quien amáis?