Sábado en el supermercado: el día que mi confianza se rompió
—¿Dónde está mi cartera? —susurré, sintiendo cómo el calor me subía por la nuca mientras rebuscaba frenéticamente en el bolso. La cola detrás de mí crecía, la cajera —una chica joven llamada Lucía, que siempre me sonreía los sábados— me miraba con una mezcla de paciencia y lástima. Noté las miradas de los demás clientes, algunos impacientes, otros curiosos. Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar el murmullo de la tienda.
No era solo la vergüenza de no poder pagar la compra. Era algo más profundo: la certeza de que esa cartera había estado en mi bolso al salir de casa. Recordé cómo mi hija, Marta, había entrado corriendo en la cocina esa mañana, buscando su móvil, y cómo mi marido, Antonio, me pidió veinte euros para el pan. Todo parecía normal, pero ahora todo era sospechoso.
—¿Quiere que le guardemos la compra mientras vuelve a casa? —preguntó Lucía, con voz suave.
Asentí, sin poder articular palabra. Salí del supermercado con las manos vacías y el alma hecha trizas. Caminé por las calles de mi barrio en Madrid como si flotara, repasando cada gesto, cada palabra de esa mañana. ¿Había dejado la cartera en la mesa? ¿La cogió alguien? ¿Podría haber sido un descuido mío?
Al llegar a casa, la tensión era palpable. Antonio estaba sentado en el sofá viendo el fútbol, Marta encerrada en su habitación con los cascos puestos. Me temblaban las manos cuando pregunté:
—¿Habéis visto mi cartera?
Antonio ni siquiera apartó la vista de la pantalla.
—No, ¿por qué? ¿La has perdido?
—No la encuentro. Estaba segura de que la tenía al salir —dije, intentando sonar tranquila.
Marta salió de su cuarto, molesta por la interrupción.
—¿Otra vez perdiendo cosas, mamá? Siempre igual…
Sentí una punzada de rabia y tristeza. No era la primera vez que me hacían sentir torpe o despistada. Pero esta vez era distinto. Había dinero en esa cartera, sí, pero también fotos de mis padres ya fallecidos, el carnet de conducir que tanto me costó sacar, y una nota que me escribió mi hijo Pablo antes de irse a estudiar a Salamanca.
Busqué por toda la casa: debajo de los cojines, en los cajones de la cocina, incluso en el cubo de la basura. Nada. La cartera había desaparecido como si nunca hubiera existido.
Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces para volver a buscar en los mismos sitios. Al amanecer, decidí ir a comisaría a poner una denuncia. El policía que me atendió fue amable, pero noté ese tono condescendiente que usan con las mujeres de mediana edad.
—¿Está segura de que no la ha perdido usted misma? —preguntó.
Salí de allí sintiéndome aún más pequeña. Al volver a casa, encontré a Antonio hablando por teléfono en voz baja. Cuando entré en el salón, colgó rápidamente y me miró con una expresión extraña.
—¿Con quién hablabas? —pregunté.
—Con mi madre —respondió demasiado rápido.
No le creí. Desde hacía meses notaba algo raro entre nosotros: silencios incómodos, miradas esquivas. Ahora todo cobraba un nuevo sentido. ¿Y si Antonio había cogido mi cartera? ¿Y si necesitaba dinero para algo que no quería contarme?
Durante los días siguientes, la desconfianza se instaló en casa como un huésped indeseado. Marta empezó a llegar tarde y evitaba mirarme a los ojos. Antonio se encerraba en el baño con el móvil durante horas. Yo me convertí en una sombra, espiando sus movimientos, revisando sus cosas cuando no estaban.
Una tarde encontré un recibo de una tienda de electrónica por 300 euros escondido en el cajón de Antonio. No era para mí ni para Marta. Cuando le pregunté, se enfadó:
—¿Ahora me registras los cajones? ¡Esto es absurdo!
—¡Absurdo es que desaparezca mi cartera y nadie diga nada! —grité por primera vez en años.
Marta apareció en el pasillo con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Dejad de gritar! ¡No puedo más!
Me acerqué a ella y vi algo brillar en su mochila: mi carnet de conducir. Me quedé helada.
—¿Por qué tienes esto? —le pregunté con voz temblorosa.
Marta rompió a llorar.
—Lo cogí sin querer… Quería enseñárselo a mis amigas porque decían que eras muy guapa de joven… Luego se me olvidó devolvértelo y tenía miedo de que te enfadaras…
La abracé mientras llorábamos las dos. Pero seguía faltando la cartera.
Esa noche Antonio me confesó entre susurros que había pedido un préstamo sin decírmelo y estaba pagando las cuotas a escondidas. El recibo era suyo; necesitaba un móvil nuevo para el trabajo y no quería preocuparme más.
La verdad salió a la luz poco a poco: nadie había robado mi cartera; simplemente la había dejado olvidada en el banco del parque cuando fui a sacar dinero antes del supermercado. Un vecino la encontró días después y me la devolvió intacta.
Pero el daño ya estaba hecho. La desconfianza había abierto grietas profundas entre nosotros. Aprendí que una simple pérdida puede destapar secretos y resentimientos guardados durante años.
Ahora miro a mi familia y me pregunto: ¿cuántas veces dejamos que pequeños incidentes destruyan lo más importante? ¿Cuánto cuesta reconstruir la confianza cuando se ha roto?
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que todo se tambalea por algo aparentemente insignificante?