Entre la fe y el olvido: El despertar de Carmen

—¿Otra vez llegas tarde, Carmen? —La voz de Antonio retumbó en el pasillo, seca, como si cada palabra pesara más que la anterior.

Me quedé quieta, con las llaves aún en la mano y el abrigo empapado por la lluvia de Madrid. Miré el reloj: las nueve y cuarto. Había perdido la noción del tiempo en la iglesia, sentada en el último banco, rezando por algo que ni yo misma sabía nombrar. ¿Paz? ¿Valor? ¿Un poco de aire?

—He estado en misa —respondí, intentando que mi voz no temblara.

Antonio bufó y se perdió en el salón. Los niños, Lucía y Marcos, ya estaban dormidos. La casa olía a sopa fría y a cansancio. Dejé el bolso sobre la mesa y me senté en la cocina, mirando mis manos agrietadas por los años y el detergente. ¿En qué momento había dejado de ser Carmen para convertirme solo en «mamá» o «la mujer de Antonio»?

Durante años, mi vida fue una sucesión de rutinas: levantarme antes del alba, preparar desayunos, llevar a los niños al colegio, limpiar, hacer la compra, cocinar, volver a limpiar. Antonio trabajaba en una gestoría y llegaba siempre tarde, con el ceño fruncido y pocas palabras. Yo le esperaba con la cena caliente y una sonrisa forzada. Mis amigas de juventud se habían ido perdiendo entre mudanzas y excusas. Solo quedaba mi madre, Rosario, que me llamaba cada domingo para preguntarme si era feliz.

—¿Feliz? —me preguntaba yo después de colgar—. ¿Qué es eso?

Una tarde de noviembre, mientras recogía los restos de la merienda del suelo, Lucía me miró con sus ojos grandes y serios:

—Mamá, ¿por qué nunca ríes?

No supe qué contestar. Me encerré en el baño y lloré en silencio. Aquella noche recé como no lo hacía desde niña. No pedí nada concreto; solo hablé con Dios como quien habla con una amiga perdida.

Así empezó mi rutina secreta: cada jueves por la tarde, cuando Antonio aún no había vuelto y los niños estaban en actividades extraescolares, me escapaba a la iglesia de San Isidro. Allí encontraba un silencio tan profundo que podía oír mis propios pensamientos. Al principio solo rezaba por mis hijos, por su salud y su futuro. Pero poco a poco empecé a pedir por mí: por mi alegría, por mi fuerza, por mi derecho a existir más allá del servicio a los demás.

Un día, al salir de misa, me crucé con Teresa, una vecina viuda que siempre iba vestida de luto riguroso.

—Te veo mucho por aquí últimamente —me dijo con una sonrisa cómplice—. ¿Buscas algo?

—No lo sé —admití—. Quizá solo busco sentirme viva otra vez.

Teresa me invitó a tomar un café en su casa. Hablamos durante horas sobre la vida, los hijos, los sueños rotos y los que aún quedaban por cumplir. Me di cuenta de que no estaba sola; muchas mujeres del barrio vivían historias parecidas a la mía.

A partir de entonces empecé a ir a las reuniones del grupo parroquial. Allí encontré un espacio donde podía hablar sin miedo al juicio ni al reproche. Compartíamos nuestras penas y alegrías; rezábamos juntas; nos apoyábamos unas a otras.

Pero en casa las cosas empeoraban. Antonio empezó a sospechar de mis salidas.

—¿Qué haces tanto tiempo fuera? —me preguntó una noche mientras cenábamos en silencio.

—Voy a la iglesia —contesté—. Necesito estar allí.

Él se rió con desprecio:

—¿Ahora te ha dado por rezar? ¿No tienes bastante con todo lo que tienes aquí?

Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. Por primera vez en muchos años le sostuve la mirada:

—No es suficiente. Yo también necesito algo para mí.

Aquella noche dormimos espalda contra espalda. Al día siguiente Antonio no me dirigió la palabra. Los niños notaban la tensión y Lucía empezó a tener pesadillas.

Me sentí culpable. ¿Era egoísta por querer algo más? ¿Por buscar mi felicidad aunque eso significara romper el equilibrio familiar?

En una reunión del grupo parroquial, Teresa me abrazó fuerte:

—No eres egoísta, Carmen. Eres valiente. Nos han enseñado a servir siempre a los demás, pero también tenemos derecho a vivir nuestra propia vida.

Sus palabras me dieron fuerzas para seguir adelante. Empecé a estudiar por las noches un curso online de auxiliar administrativa. Quería trabajar fuera de casa, tener mi propio dinero, sentirme útil más allá del hogar.

Cuando se lo conté a Antonio, estalló:

—¿Y quién va a cuidar de los niños? ¿Quién va a hacer todo lo que tú haces?

—Podemos organizarnos —le dije—. No soy solo una criada.

Él salió dando un portazo. Esa noche lloré hasta quedarme dormida.

Pasaron semanas difíciles. Los niños estaban confusos; Antonio cada vez más distante. Pero yo seguía adelante con mis estudios y mis reuniones en la iglesia. Poco a poco fui recuperando mi risa y mi energía. Lucía lo notó primero:

—Mamá, ahora pareces más feliz.

Un día recibí una llamada: había conseguido unas prácticas en una pequeña oficina cerca de casa. Cuando se lo conté a mi madre, lloró de alegría:

—Por fin te has acordado de ti misma, hija.

Antonio no celebró mi logro; al contrario, se encerró aún más en su mundo. Pero yo ya no podía volver atrás.

Hoy escribo esto desde mi pequeño escritorio en la oficina. Sigo rezando cada día; no para pedir milagros imposibles, sino para dar gracias por haber encontrado mi voz y mi lugar en el mundo.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven aún atrapadas en el olvido de sí mismas? ¿Cuándo aprenderemos que también merecemos ser felices?