La boda de mi hermana nos rompió: Cuando la abuela se mudó, todo cambió

—¿Por qué no puedes ser como tu hermana? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, justo cuando cerraba la puerta de mi habitación. Afuera, los tacones de Lucía resonaban en las baldosas, mezclándose con las risas y los brindis del salón. Era su boda, el día que todos esperaban. Menos yo.

Me llamo Marta y, aunque nadie lo diga en voz alta, siempre he sido la hija que se queda. La que recoge los platos, la que escucha los suspiros de mamá cuando papá llega tarde, la que aguanta el peso invisible de las expectativas. Pero esa noche, mientras Lucía bailaba con su nuevo marido y los flashes capturaban sonrisas perfectas, yo sentí que algo se rompía dentro de mí.

No fue solo la boda. Fue lo que vino después. Al día siguiente, la abuela Carmen llegó con dos maletas y una bolsa de plástico llena de medicamentos. «Solo será por un tiempo», dijo mamá, pero todos sabíamos que no era cierto. La abuela ya no podía vivir sola desde que se cayó en la cocina y nadie la encontró hasta la mañana siguiente. Papá no dijo nada, solo asintió y ayudó a subir las maletas al cuarto pequeño, el que antes era mío.

—Marta, ¿puedes ayudarme con esto? —La voz temblorosa de la abuela me sacó de mis pensamientos. Me acerqué y le sonreí, aunque por dentro sentía una rabia sorda. ¿Por qué siempre me tocaba a mí?

Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas nuevas: preparar el desayuno para todos, acompañar a la abuela al baño, escuchar sus historias repetidas sobre la guerra y los tiempos del hambre. Mamá empezó a trabajar más horas en la tienda del barrio; papá se refugiaba en el periódico y en el fútbol. Y yo… yo me convertí en la sombra de todos.

Una tarde, mientras ayudaba a la abuela a peinarse frente al espejo, ella me miró fijamente:

—Tú no eres feliz aquí, ¿verdad?

Me quedé helada. No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que me sentía atrapada entre el deber y el deseo de huir? Que cada vez que veía las fotos de Lucía en Instagram —ella sonriendo en París, en Roma, en cualquier sitio menos aquí— sentía una punzada de envidia y culpa.

Las discusiones empezaron pronto. Mamá y papá se gritaban por cosas pequeñas: quién había olvidado comprar leche, quién debía llevar a la abuela al médico. Una noche, escuché a mamá llorar en la cocina. Me acerqué y le puse una mano en el hombro.

—¿Por qué no le pides ayuda a Lucía? —susurré.

Mamá me miró como si le hubiera propuesto una traición.

—Lucía tiene su vida ahora. No podemos molestarla.

Me mordí los labios para no gritarle que yo también quería mi vida. Que yo también soñaba con irme lejos, con estudiar fuera, con ser algo más que «la hija que se queda».

La abuela empeoró con el paso de los meses. Las noches eran largas; a veces gritaba nombres de personas que ya no estaban. Una madrugada, mientras le cambiaba las sábanas empapadas de sudor, sentí que me ahogaba. Salí al balcón y lloré en silencio para no despertar a nadie.

Un domingo por la tarde, Lucía vino a casa con su marido. Traían regalos y sonrisas forzadas. La abuela apenas los reconoció.

—¿Quiénes son estos? —preguntó bajito.

Lucía me abrazó fuerte en el pasillo.

—Lo siento, Marta… Sé que esto es duro para ti.

Quise decirle tantas cosas: que la envidiaba, que la necesitaba cerca, que estaba cansada de ser invisible. Pero solo asentí y le devolví el abrazo.

Esa noche hubo otra discusión. Papá quería llevar a la abuela a una residencia; mamá se negó rotundamente.

—¡No voy a abandonar a mi madre! —gritó entre lágrimas.

Yo solo escuchaba desde mi cuarto, sintiendo cómo las paredes se cerraban sobre mí.

Las semanas pasaron y todo empeoró. Empecé a faltar a clase; mis amigas dejaron de llamarme porque nunca podía salir. Un día recibí un mensaje de Lucía:

«¿Quieres venirte unos días conmigo? Aquí hay sitio para ti».

Lo pensé durante horas. Hacer las maletas y marcharme sería fácil… pero ¿quién cuidaría de todos? ¿Quién soportaría el peso del silencio?

Esa noche hablé con la abuela mientras le daba su medicación.

—Tienes derecho a ser feliz, Marta —me dijo con una lucidez inesperada—. No te quedes por obligación. La familia es importante, pero tú también lo eres.

Me quedé mirándola largo rato. Por primera vez sentí que alguien me veía de verdad.

Hoy escribo esto desde mi habitación, mientras escucho los pasos cansados de mamá y los suspiros de papá frente al televisor. No sé qué haré mañana. No sé si tendré el valor de irme o si seguiré aquí, sosteniendo a todos como siempre.

Pero me pregunto: ¿Hasta dónde llega nuestro deber hacia la familia? ¿Cuándo empieza nuestro derecho a vivir nuestra propia vida? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?