A veces la distancia es el único refugio: una verdad incómoda sobre la familia
—¿Por qué no contestas, Lucía? ¡Es tu madre! —La voz de Sergio, mi marido, sonaba tensa mientras el móvil vibraba por quinta vez en menos de una hora.
Me quedé mirando la pantalla, el nombre de mi madre brillando como una alarma. Era la una de la madrugada. Llevábamos seis años en Madrid, lejos de Sevilla, donde crecí. Sergio, por su parte, venía de Zaragoza. Nos conocimos en la universidad, nos enamoramos y decidimos quedarnos en la ciudad, lejos de las familias que tanto nos asfixiaban con sus expectativas y reproches.
—No puedo ahora, Sergio. Seguro que es otra vez lo de mi hermano —susurré, sintiendo el peso de la culpa y el alivio a partes iguales.
Pero la llamada no cesaba. Finalmente, contesté.
—¿Lucía? —La voz de mi madre era un susurro tembloroso—. Ha pasado algo con tu padre. Está en el hospital.
El mundo se detuvo. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Sergio me abrazó sin preguntar, sabiendo que las palabras no servían de nada en ese momento.
El viaje a Sevilla fue un torbellino de emociones. Durante el trayecto, recordé todas las veces que había deseado estar lejos, todas las discusiones familiares, los silencios incómodos en la mesa, los reproches por no ser la hija perfecta. Y ahora, la distancia me dolía como una herida abierta.
Al llegar al hospital, mi madre me recibió con los ojos hinchados. Mi hermano, Andrés, estaba sentado en una esquina, con la mirada perdida. Nadie hablaba. El médico salió y nos informó que mi padre había sufrido un infarto, pero estaba estable.
—¿Por qué no estabas aquí antes? —me soltó mi madre, sin mirarme a los ojos.
—No lo sabía, mamá. Me llamaste hace unas horas…
—Siempre tan lejos, Lucía. Siempre tan ocupada. —Su voz era un látigo.
Sentí la rabia crecer en mi pecho. ¿Acaso no era suficiente con estar allí, con haber dejado todo para venir? Pero no dije nada. Me limité a sentarme junto a mi padre, que dormía, y a observar cómo mi familia se desmoronaba en silencio.
Las horas pasaron lentas. Sergio intentaba animar el ambiente, pero era inútil. Mi madre no le dirigía la palabra. Andrés apenas me miraba. Me sentía una extraña en mi propia casa.
Al día siguiente, mientras mi padre dormía, salí a tomar aire al pasillo. Allí me encontré con mi tía Carmen, la hermana de mi madre.
—Lucía, hija, no te lo tomes a pecho. Tu madre está asustada. Pero ya sabes cómo es esta familia…
—¿Y cómo es, tía? ¿Siempre esperando que una haga lo imposible? ¿Siempre culpando a los demás?
Carmen suspiró.
—La distancia a veces es necesaria. Yo también me fui a Valencia hace años por lo mismo. Aquí todo se magnifica. Los problemas, las discusiones…
Me quedé pensando en sus palabras. ¿Y si la distancia era lo único que nos permitía querernos? ¿Y si estar lejos era la única forma de no destruirnos?
Esa noche, mientras Sergio dormía en el sofá del hospital, escuché a mi madre llorar en silencio junto a la cama de mi padre. Me acerqué y le puse una mano en el hombro.
—Mamá, estoy aquí ahora. No sé si es suficiente, pero lo intento.
Ella me miró, los ojos rojos de tanto llorar.
—Siempre pensé que si te ibas, dejarías de querernos. Pero quizá… quizá es mejor así. Cuando estáis lejos, os echo de menos. Cuando estáis cerca, solo discutimos.
No supe qué decir. Nos abrazamos, torpemente, como dos desconocidas que intentan recordar cómo era el cariño.
Los días siguientes fueron una sucesión de silencios y pequeñas reconciliaciones. Mi padre mejoró y volvió a casa. Sergio y yo ayudamos en lo que pudimos, pero la tensión seguía ahí, como una sombra.
Antes de volver a Madrid, mi hermano me pidió hablar a solas.
—¿De verdad eres feliz allí? —me preguntó, con una mezcla de envidia y tristeza.
—No siempre. Pero sí soy más libre. Aquí siento que no puedo respirar.
Andrés asintió, comprendiendo más de lo que decía.
En el tren de vuelta, miré a Sergio y le confesé lo que llevaba días pensando.
—¿Y si la distancia es lo único que nos salva? ¿Y si estar lejos es la única forma de seguir queriendo a los nuestros sin hacernos daño?
Él me apretó la mano y sonrió con tristeza.
Ahora, de vuelta en Madrid, cada llamada con mi familia es más tranquila. La distancia ha puesto un filtro entre nosotros, uno que nos protege de nosotros mismos. A veces me siento culpable, pero otras veces pienso que es la única manera de sobrevivir a los lazos familiares sin romperse del todo.
¿Vosotros también sentís que la distancia os ayuda a querer más y discutir menos? ¿O creéis que la familia solo se cuida estando cerca? Me gustaría saber si soy la única que ha encontrado refugio en la lejanía.