Mi mundo se rompió cuando Fernando me dejó sola con nuestros gemelos autistas: ¿puedo volver a creer en el amor?

—¡No puedo más, Elena! ¡No puedo! —gritó Fernando mientras estampaba la puerta del salón. El eco de su voz aún retumba en mi cabeza, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante. Los gemelos, Lucas y Mateo, estaban sentados en el suelo, ajenos al drama, alineando sus coches de juguete una y otra vez. Yo solo podía mirar la puerta cerrada, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba.

No fue una sorpresa total. Llevábamos meses discutiendo, sobre todo desde que los médicos nos confirmaron que los niños tenían autismo. Fernando no lo aceptaba. Decía que era una moda, que los médicos exageraban, que los niños solo eran «raros». Yo, en cambio, sentía el peso de la responsabilidad hundiéndome cada día más.

La familia de Fernando nunca me apoyó. Su madre, doña Carmen, siempre decía: —Eso es culpa tuya, Elena. Los niños necesitan una madre fuerte, no una que se pase el día llorando. —Y yo me tragaba las lágrimas para no darle la razón.

El día que Fernando se fue, supe que estaba sola. Mis padres viven en un pueblo de Castilla-La Mancha y apenas pueden venir a Madrid. Mis amigas desaparecieron poco a poco; ninguna sabía cómo ayudarme o qué decirme. Me convertí en la madre rara del barrio, la que nunca va a las reuniones del AMPA porque siempre tiene una crisis en casa.

Las noches eran lo peor. Lucas no dormía más de dos horas seguidas y Mateo tenía terrores nocturnos. Yo me sentaba en el pasillo entre sus habitaciones, con una taza de café frío en la mano y el móvil en la otra, buscando foros donde otras madres contaban historias parecidas. A veces lloraba en silencio para no despertarles.

Un día, después de una noche especialmente dura, llamé al centro de salud para pedir ayuda psicológica. La trabajadora social me dijo: —Hay lista de espera de seis meses para atención infantil y familiar. ¿Ha pensado en buscar ayuda privada? —Me reí por no llorar. Con mi sueldo de administrativa a media jornada y la pensión ridícula que Fernando me pasa, apenas llego a fin de mes.

En el colegio tampoco fue fácil. La tutora de los niños, la señorita Pilar, me llamó un martes por la tarde:
—Elena, necesitamos hablar. Lucas ha tenido una crisis y ha mordido a un compañero.
—¿Qué puedo hacer? —pregunté desesperada.
—Quizá debería plantearse buscar otro centro más especializado —me sugirió con voz fría.

Salí del colegio con los gemelos de la mano y sentí todas las miradas clavadas en mi espalda. En el parque nadie se acercaba a nosotros. Los otros niños evitaban a Lucas y Mateo; sus madres cuchicheaban a mi paso.

Una tarde de otoño, mientras empujaba el columpio vacío porque mis hijos solo querían mirar las hojas caer, se me acercó Ana, una vecina del bloque:
—He oído lo de Fernando… Si necesitas algo…
—Gracias —le respondí sin mirarla a los ojos. No quería su compasión.

Pero Ana insistió. Un día me trajo una tortilla recién hecha y se sentó conmigo en el banco del parque.
—¿Sabes? Mi hermano también es autista. Mi madre luchó mucho por él cuando nadie entendía nada —me confesó.

Por primera vez en meses sentí que alguien me comprendía. Hablamos durante horas. Me contó cómo su madre había peleado con colegios, médicos y hasta con su propio marido para que su hermano tuviera una vida digna.

Esa noche lloré de alivio. No estaba tan sola como pensaba.

Con el tiempo, Ana me animó a apuntarme a una asociación de familias con hijos autistas. Allí conocí a otras madres: Rosa, que lleva diez años peleando con la administración; Marta, que dejó su trabajo para cuidar a su hija; y Teresa, que se divorció porque su marido tampoco pudo soportarlo.

En esas reuniones encontré consuelo y fuerza. Compartíamos trucos para calmar crisis, recomendaciones de terapeutas y hasta recetas rápidas para cuando no tienes tiempo ni de respirar.

Pero el dolor seguía ahí. Cada vez que veía a Fernando recoger a los niños un fin de semana sí y otro no —siempre con prisas, siempre mirando el reloj— sentía una mezcla de rabia y tristeza.

Un domingo por la tarde, después de dejar a los niños con él, le pregunté:
—¿Alguna vez te has arrepentido?
Fernando bajó la mirada:
—No lo sé… No estaba preparado para esto.
—¿Y yo sí? —le respondí casi gritando— ¿Crees que alguna madre lo está?

Se encogió de hombros y se fue sin decir nada más.

A veces me pregunto si podré volver a confiar en alguien. Si algún día podré mirar a un hombre sin pensar que también saldrá corriendo cuando lleguen las dificultades. Si podré amar sin miedo.

Pero luego veo a Lucas sonreír cuando consigue encajar dos piezas de Lego o a Mateo abrazarme después de una crisis y siento que todo este dolor tiene sentido.

La vida no es como nos la contaron: ni fácil ni justa. Pero aquí sigo, luchando cada día por mis hijos y por mí misma.

¿De verdad es tan difícil entendernos? ¿Alguna vez podré volver a creer en el amor sin sentir miedo?